Historia

México / España (1910-1936). Relaciones Bilaterales

México / España (1910-1936). Relaciones Bilaterales

1.    Introducción

En marzo de 2019 se hizo pública una carta del recién nombrado presidente mexicano López Obrador a Felipe VI, donde le solicitaba reconocer los atropellos de la conquista, como única forma posible de lograr una reconciliación plena ante la celebración del 5º Centenario de la caída de Tenochtitlán en 2021: “Envié una carta al rey de España y al Papa por el relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce derechos humanos, matanzas, en la llamada Conquista, que se hizo con la espada y con la cruz. Se edificaron las iglesias arriba de los templos, y bueno, se excomulgó a nuestros héroes patrios, a los padres de la patria, a Hidalgo y a Morelos”[1].

Fue este un episodio que recordaba un aspecto adormecido de la historia de las relaciones exteriores entre los dos países, caracterizada por una especial conflictividad, con numerosos periodos de tensión y desencuentro, junto a otros de normalización y entendimiento, hasta el restablecimiento completo de relaciones en 1977. Pese a haber sido en 1836 la primera república latinoamericana reconocida por España y uno de sus principales focos económicos y migratorios durante el siglo XIX y buena parte del XX, las relaciones hispano-mexicanas siempre se resintieron por el intervencionismo español, los problemas de identidad mexicanos, y la inestabilidad política de ambos países. El objetivo de este ensayo es reflexionar sobre un periodo concreto de esta relación, aquel que va desde el inicio de la Revolución Mexicana, 1910, hasta el estallido de la Guerra Civil española, en 1936. Elegimos este periodo al estar algo menos debatido y estudiado que otros en este campo, como el anterior correspondiente al ascenso liberal y el Porfiriato, o el posterior, con la recepción del exilio. Además, este cuarto de siglo ejemplariza perfectamente nuestra historia común, con momentos de gran conflictividad y otros de perfecta armonía y entendimiento, pudiendo desgranar buena parte de las principales características que han definido nuestras relaciones bilaterales: los problemas de identidad de ambos países, la hispanofobia en México y el desprecio desde España, los flujos económicos, los intentos de intervencionismo por parte española, los posicionamientos geoestratégicos, la colaboración entre gobiernos, la integración de la colonia española en México, etc…

Me basaré en toda una serie de fuentes secundarias que detallo en la bibliografía. Tras un estado de la cuestión que nos servirá para resumir los principales procesos y características, estructuraré cronológicamente los principales hitos y características de este periodo circular de las relaciones hispano-mexicanas, donde veremos cómo serán óptimas en sus puntos de partida y llegada, mientras por el camino asistirán a todo tipo de contratiempos. El núcleo principal de mi investigación será la primera década, donde encontraremos los mayores vaivenes y conflictos entre ambas partes.

2.    Estado de la Cuestión

Desde España, la principal monografía publicada en los últimos años es la Historia de las Relaciones entre España y México, 1821-2014 (2015), de Sánchez Andrés y Pérez Herrero. Es una obra completa y minuciosa, que tuvo como antecedente un Informe Elcano realizado años antes por los mismos autores. Detallan cronológicamente la evolución de las relaciones bilaterales, dedicando al periodo sus capítulos V y VI. Estamos ante un ensayo académico, frio e imparcial, con gran atención a las fuentes cuantitativas y los hechos, sin establecer juicios de valor aparentes. Parten de una imagen de “edad de oro” para la colonia española en México que habrían supuesto los gobiernos de Porfirio Diaz. Estas buenas relaciones oficiales se habrían mantenido hasta la caída de Victoriano Huerta, habiendo tenido tanto la diplomacia como la colonia española (muy identificada con el orden porfirista) un papel principal en las diferentes insurgencias contrarrevolucionarias de los primeros años. Este papel y la fuerza del sentimiento nacionalista y “antiespañol” de buena parte de los revolucionarios, pese a los intentos del gobierno español de mantener comunicación con todos los bandos, habrían supuesto un deterioro de las mismas, poniéndolas al borde de la ruptura. Los primeros años revolucionarios habrían supuesto la práctica desaparición de españoles en el campo mexicano, el regreso a España de buena parte de la élite colonial y la perdida de una prosperidad para los empresarios españoles que no recuperarán hasta bien entrada la década de los años 20. Con Carranza y Obregón se irán normalizando las relaciones, mejorando con Elías Calles y su posterior Maximato, que coinciden en el tiempo con el gobierno de Primo de Rivera y su intento de potenciar las relaciones iberoamericanas dentro de una concepción hispanoamericanista conservadora. La República corregirá la situación entre los dos países, abandonando la pretensión hegemónica de la dictadura, y llegándose a un momento de total armonía en el momento en que Lázaro Cárdenas alcanza la presidencia en 1934. Los gobiernos radical-cedistas mantendrán también buenas relaciones con el gobierno mexicano, pese a los amagos de confrontación, pero será el triunfo del Frente Popular el que marque un fugaz momento de comunión entre ambos gobiernos. En definitiva, España y México mantendrán durante estos veinticinco años unas relaciones marcadas por el pragmatismo, la confrontación cuando los intereses españoles son atacados o los impulsos nacionalistas son exacerbados, pero siempre manteniendo ciertos canales de comunicación y buscando el asentamiento de unas relaciones que ambas partes consideran importantes, si bien no estratégicamente fundamentales. En realidad, Europa y Marruecos son el foco de preocupación internacional español, los Estados Unidos el mexicano.

Desde el punto de vista mexicano destacamos la obra de Lorenzo Meyer, El Cactus y el Olivo. Las relaciones de México y España en el siglo XX.  Lo subtitula “una apuesta equivocada”. Este es un ensayo más analítico y subjetivo, y analiza el periodo que va desde la Independencia a la instauración de la II República española en 1931. Los años de nuestro estudio ocupan la mayor parte del libro. Para el autor, la Revolución Mexicana es una tormenta que se desataría en la misma España veinte años después, sumiendo en “la incertidumbre, el conflicto, la irritación, el resentimiento y la recriminación mutua, a la relación hispano-mexicana”[2]. Las relaciones fueron siempre asimétricas, el efecto de los problemas españoles entre los mexicanos fue mínimo, al contrario que la repercusión de los procesos mexicanos sobre los intereses de España y los españoles en México. Además, los capitales españoles siempre ocuparon un lugar central en la economía mexicana, de la misma forma que ejercieron también una amplia influencia política y cultural, sobre todo en las élites mexicanas. Pese a ser la colonia española muy reducida en comparación con otras repúblicas como Argentina, fue siempre la mayor europea en México, y al relacionarse directamente con las clases populares (ya fuera como patrones o comerciantes) se habrían reforzado los estereotipos negativos en ambos colectivos. Durante la Revolución, la apuesta de la diplomacia y la colonia española fue equivocada y contraproducente. Frente al desarrollo del sentimiento nacionalista del momento, España y los españoles habrían apostado sistemáticamente por la contrarrevolución, lo que llevó a una etapa de malas relaciones y que a ojos de los revolucionarios fueran tratados como enemigos hasta el cambio radical de 1931. Esta imagen negativa también se habría dado en España respecto a México, ante la violencia y los vaivenes de su proceso político, con ideas de superioridad moral e intelectual, y en muchos casos como reacción a los ataques y humillaciones a los que se vieron sometidos. Por parte española, su incapacidad de utilizar la fuerza y su irrelevancia internacional, sumado a los daños provocados a sus intereses, provocaron que siempre intentara negociar lo mejor posible sus diferencias con los gobiernos revolucionarios. Solo con la llegada de la Republica se podrá reconducir la situación, gracias a las afinidades políticas de ambos gobiernos, y buscando aliados en un contexto internacional cada vez más conservador. Finalmente, solo con la transición a la democracia mexicana de finales del siglo XX, no con el restablecimiento, se llegarían a unas relaciones normalizadas y en un plano de igualdad.

En las obras generales dedicadas a la historia de nuestras relaciones exteriores, México aparece de forma muy tangencial. Pereira nos cuenta como España mantuvo una representación permanente desde 1838, elevándose al grado de embajada en 1931, y estas relaciones habrían sido una de las más importantes en la región, “más en relación con el valor simbólico de las mismas, que por su cuantificación material”[3]. La Dictadura de Primo de Rivera y la República aparecen como los periodos de mayor relación diplomática y cordialidad entre ambos países, pero sorprendentemente sería el franquismo el periodo durante el cual se materializarían la mayor cantidad de tratados y acuerdos bilaterales. Respecto a las características de nuestra política exterior hacia Latinoamérica, Pérez Herrero estudia la evolución del hispanismo, desde el panhispanismo finisecular, exaltador del catolicismo y el pasado imperial, al hispanismo regeneracionista más progresista o comprensivo de los liberales, y el hispanismo conservador de Primo de Rivera, antecedente de la hispanidad franquista. La Republica habría modificado las relaciones con las repúblicas latinoamericanas, pero asumiendo que América siguió “siendo una preocupación prioritaria entre los hispanistas y secundaria entre los progresistas” [4]. Del Arenal destaca que el hispanoamericanismo estará en la base de todas las corrientes que buscan desde mediados del sg XIX una intensificación de las relaciones con la América hispana, si bien tras la pérdida de las últimas colonias, Latinoamérica “no estaría entre las prioridades de la acción exterior”[5] Primo de Rivera buscará una política internacional de prestigio, acercándose a la idea de conformar un bloque de naciones hispánicas donde España se reservaría la posición de líder. La República traerá un intento de imponer una concepción democrática a las relaciones internacionales, con una nueva generación liberal y regeneracionista. Será el primer momento en que el hispanoamericanismo regeneracionista tendrá el apoyo oficial de los gobiernos, si bien a partir de 1933 estos irán olvidando sus objetivos iniciales.

Lajous Vargas, hasta hace unas semanas embajadora de México en España, nos ofrece una visión general sobre las relaciones exteriores mexicanas. Durante el periodo que analizamos, seguirán monopolizadas casi en exclusiva por su relación con los Estados Unidos. Porfirio Diaz habría llegado a soñar en su momento con la anexión de Cuba, pero sin llegar a enturbiar las reconstruidas buenas relaciones con España. La Revolución traería una nueva constitución “que afectó poderosos intereses extranjeros, acostumbrados a una situación de privilegio durante el antiguo régimen”[6]. España fue de las primeras (y escasas) en reconocer el gobierno de Huerta mediante una carta de felicitación de Alfonso XIII. Carranza lograría el reconocimiento del gobierno español, pero “no su simpatía, […] los sucesivos representantes diplomáticos de España consideraban que prevalecía un ambiente profundamente xenófobo y antiespañol en México alentado desde el gobierno”[7]. Los gobiernos de Obregón y el Maximato intentarán revertir el aislamiento internacional derivado del nacionalismo revolucionario y finalmente tras el ingreso en la Sociedad de Naciones en 1931, será Cárdenas quien más se identifique con el régimen republicano español, llegando en el momento de la guerra y “a diferencia del resto de los gobiernos de América Latina, [iniciando] una activa política de solidaridad con la República de España”[8].

Respecto al análisis de los aspectos más concretos, los trabajos de Gil Lázaro y Sánchez Alonso han estudiado los flujos migratorios y la situación de la colonia española durante estos años, Pérez Acevedo nos da el mejor trabajo de historiografía al respecto. Pando Navarro y Moreno Lázaro investigan el peso de las relaciones económicas y de los empresarios españoles. Sevilla Soler nos ofrece un interesantísimo ensayo sobre la visión que la Revolución provoca en la prensa española (sevillana más concretamente), y Elvira Moreno examina la evolución de las relaciones culturales. Clara Lida y Sánchez Andrés han estudiado las relaciones durante el Porfiriato, Montero Caldera durante el periodo republicano. Por último, encontramos un interesante ensayo de Josefina Mac Gregor sobre la representación diplomática oficial española y sus agentes confidenciales durante los primeros años de la Revolución. 

Línea Temporal con los gobiernos y responsables diplomáticos principales o embajadores de cada país. Elaboración propia.

3.    El Punto de Partida

 

Arriba: Prendas de José María Morelos devueltas.

Abajo: Polavieja desfila hacia el Palacio Nacional durante el acto de entrega

El 27 de septiembre de 1910, el Congreso Mexicano ratificó la victoria de Porfirio Díaz en las últimas elecciones, inaugurando un nuevo periodo presidencial que debería haber llegado alcanzado hasta 1916. Este acto fue uno más de los programados durante las celebraciones del Centenario del Grito de Dolores y que al final se convertirían en el canto del cisne del régimen porfirista. Para los fastos se llegó a invitar a Alfonso XIII, quién declinó y envío a su lugar al General Polavieja y los restos del uniforme y armas de Morelos que se guardaban en el Museo de Artillería madrileño. La entrega se realizó directamente al Presidente en el Palacio Nacional, tras un gran desfile que encabezó Polavieja.

Este acto ejemplarizaba la consolidación de relaciones, e incluso la simpatía y el apoyo mutuo entre el gobierno mexicano y la colonia y el gobierno español. Frente al intervencionismo de la época imperial, las nuevas instrucciones de la diplomacia española resaltaron durante todo el periodo la intención de no inmiscuirse en la política interior mexicana. España había sido de las primeras en reconocer el régimen, y la colonia española se había convertido en un firme soporte del porfirismo. Pese a ser escasos los intercambios comerciales y financieros entre ambos países, la importancia económica e influencia de la colonia española y la convergencia de intereses geoestratégicos en el Caribe, frente al amenazante expansionismo estadounidense, habían convencido a ambas partes de la necesidad de mantener las mejores relaciones. Porfirio Diaz personalmente asumió la defensa de la colonia española, siendo uno los políticos mexicanos más favorables a las influencias de la “madre patria”. El México oficial puso todo su interés en no molestar la memoria histórica española, si bien se siguieron dando actitudes antiespañolas populares, llegando a ejemplos como el apedreamiento de establecimientos. Además, se habían conseguido solucionar los tradicionales contenciosos bilaterales, tras la asunción por México como deuda interior consolidada la antigua deuda española o la abolición de los obstáculos que los gobiernos españoles ponían a la emigración a México (intentando reorientarlo hacia Cuba).

Muchos denominan este periodo como la “Edad de Oro” de la colonia española en México. En 1910, pese a su reducido tamaño con 29.541 censados, un 0.2% de la población, suponía la mayor colonia extranjera (un 25,3%) y un 60,9 % de la colonia europea. Se concentraba en las grandes urbes (41,4% en la capital, seguida de Veracruz con un 18%). Gracias al impulso económico del periodo consiguió enriquecerse enormemente y además mediante un capital amasado en el propio país, no dependiente de las inversiones exteriores que fueron prácticamente inexistentes, la emigración española a México siempre provino de los estratos más pobres. Se aduce para esta mejoría económica el control por parte española de amplios sectores del comercio exterior (con gran importancia de la Compañía Trasatlántica Española), su influencia política y la fuerza de las redes de parentesco y solidaridad del colectivo (Moreno Lázaro[9]  estima que dentro del sector empresarial un 62,3% procedían solo de las provincias asturiana y cántabra). Los principales sectores de actividad española eran el sector secundario (sobre todo Alimentación, bebidas y tabaco, un 16,9% de la actividad total; y el Textil, un 20%), y el terciario (Comercio al por mayor y menor, un 40,1%). Esta especialización en el comercio y la alimentación, unido al monopolio de las casas de empeño, contribuiría a potenciar una imagen negativa del español como ávaro, tramposo, xenófobo, explotador y arrogante, sobre todo entre las clases más populares mexicanas. Pero frente al estereotipo del español tendero, la realidad es que también la colonia española tenía grandes intereses industriales y bancarios, estando detrás de la creación de varios bancos en la época o incluso como mayoría en el accionariado del Banco Nacional. Dentro de la élite económica mexicana destacan personajes como Iñigo Noriega o Antonio Basagoiti.

Junto a la fuerza económica, también la penetración española se dejó ver en aspectos sociales y culturales. La presencia de los diferentes Casinos Españoles y la Cámara de Comercio ejercieron un importante papel, tanto a la hora de aglutinar a los residentes españoles como a la de ejercer presión sobre las élites mexicanas. Durante estos años serán numerosos los periódicos propiedad de españoles que trascenderán el espacio de la propia colonia. También se reflejan numerosos contactos culturales, no solo educativos y universitarios, sino de intelectuales. La estabilidad de la representación mexicana en España permitió crear vínculos fluidos entre las dos orillas, con la presencia de personalidades como Riva Palacio, Payno, Icaza o el mismo Diego Rivera. Asimismo, se constata la influencia en México de figuras españolas como Castelar o Rafael de Altamira, quien realizaría una celebrada gira por México precisamente aquel 1910.

En resumen, en el punto de partida encontramos una enorme identificación entre la élite colonial y el gobierno español con el régimen porfirista. Esta identificación se manifestó cuando un año después, camino del exilio francés, el barco que transportaba al expresidente hizo escala en Vigo, La Coruña y Santander. Las autoridades le agasajaron entonces con innumerables muestras de adhesión, incluso con el gobierno y el rey recibiéndole en Santander. Pero también tuvo que enfrentar las manifestaciones de grupos opositores en Vigo y La Coruña que le recibieron con gritos de tirano, asesino y genocida.

4.    1911/1920: La Convulsión

Los primeros pasos de la revolución no supusieron gran alarma para los intereses españoles. En un principio los sucesos fueron analizados más como un cambio de régimen, de gobierno, que como el movimiento radical de rebeldía que finalmente aconteció. La edad del dictador ya anticipaba un posible caos tras su desaparición, pero no la Revolución con la que se encontraron. Al frente de la Legación de España en México estaba un Ministro de Primera Clase, Bernardo Cólogan[10], que ejercía el cargo desde 1907, si bien ya había estado en la delegación entre 1875 y 1894. Él será el gran protagonista de nuestras relaciones bilaterales hasta la caída de Huerta en Junio de 1914. En sus informes a Madrid presentará en un principio a Madero como un peón de la Standard Oil, serán los yankees quienes alientan la revuelta. Con el paso de los meses y según vaya empeorando la situación de la colonia española, la Revolución se convertirá en una “barbarie indígena”, sin más motivo detrás que el robo y las venganzas personales, la resurrección del “México bárbaro” tras tres décadas de pax porfirista.

Un mes antes de la caída de Díaz se produce la primera señal de alarma para los españoles en una hacienda cercana a Puebla, llamada Atencingo. Diez son fusilados, falleciendo ocho, a manos de fuerzas zapatistas, parece ser que impulsadas por una rencilla de antiguos trabajadores. Tras la caída del porfiriato, se producirán más matanzas de en las cercanías de Puebla y a manos zapatistas, todas en fábricas de propiedad española: La Covadonga, Mayorazgo y La Carolina. Atencingo, La Covadonga, y su reparación se convertirán desde entonces en un casus belli para la diplomacia española. Además, se publicitaron numerosas turbas que saqueaban comercios españoles en Morelos o Chihuahua, en medio de un creciente resurgimiento de las actitudes hispanofóbicas reprimidas durante el régimen anterior. Todo esto llevará a una enorme conmoción en Madrid y una mezcla de sorpresa, furia y miedo en la colonia residente.

El gobierno de Madero actuaría con el objetivo de no provocar más a España. Realizó iniciativas como la Comisión Consultiva de Indemnizaciones para atender las demandas producto de las luchas civiles, pero manifestó constantemente su impotencia para frenar las agresiones o atender las reclamaciones en aquellas zonas fuera de su control. Desde muy pronto Madero había roto sus relaciones con Villa, Orozco y Zapata. Presentaba un programa para establecer un régimen democrático, pero en ningún momento buscaba modificar radicalmente la estructura socioeconómica del país, al contrario que buena parte de los rebeldes. Cólogan mantuvo durante los primeros años una política pragmática, y no intervencionista, de apoyo a la institucionalidad y evadiendo la presión directa. Le felicitaba constantemente por las victorias frente a los rebeldes, mientras solicitaba a Madrid su ayuda para que pudiera restablecer el orden interno. Incluso se llegó a aprobar una solicitud del gobierno mexicano para comprar armas españolas.

Pero ya desde 1912 encontraremos numerosos españoles involucrados en los diferentes levantamientos contrarrevolucionarios, como los protagonizados por Bernardo Reyes en el Norte o el de Félix Díaz en Veracruz. Además, la prensa española comenzó una serie de campañas antimaderistas, mientras la colonia española presionaba por los “interminables” saqueos y la persecución en buena parte del país de la que eran objeto. Finalmente, Cólogan se verá involucrado en la conspiración preparada por el embajador estadounidense para hacer caer a Madero. Será él quien en nombre del cuerpo diplomático anuncie al mandatario la necesidad de ceder el poder a Huerta y Díaz. Si bien hay dudas respecto a la implicación real o las motivaciones de Cólogan en este episodio, la historia oficial mexicana presentará desde entonces a los españoles como responsables de la llegada y el mantenimiento de la dictadura huertista.

El hecho es que la comunidad española recibió con los brazos abiertos el golpe contra Madero de febrero de 1913. De tal forma que cuando Cólogan regrese a España un año después, tras la caída de Huerta, reconocerá que en México existe una “gran animosidad contra los españoles, consecuencia de los pasados alardes antimaderistas de nuestros pudientes o acomodados, de ciertas jactancias de haber contribuido a derrocar al anterior gobierno, y del gravísimo daño causado por aquel nunca bien lamentado disparate y a la vez imprudencia, salidos del Casino Español en momentos de combate y exaltación”[11]. El gobierno español será de los primeros en reconocer al dictador e incluso Alfonso XIII mandará un texto autógrafo felicitándole, en la creencia de que solo un gobierno fuerte podría hacer frente a la situación. Huerta buscó la máxima cordialidad en las relaciones y a cambio recibió el apoyo financiero de la élite española, así como la adhesión y el apoyo de las principales instituciones y la prensa peninsular. Pero la luna de miel apenas duraría seis meses, desde octubre de 1913 la alarma cundirá en la diplomacia española ante la incapacidad del nuevo gobierno para solucionar la rebeldía de amplias zonas del país, así como por el aumento constante de la represión del régimen para solucionar el caos interno. Cuando los estadounidenses ocupen el puerto de Veracruz en abril de 1914, los españoles habrán perdido toda su fe en el dictador y buscarán establecer contacto con los insurgentes constitucionalistas, proclamando constantemente su neutralidad y desinteresada amistad con México.

Detrás de este cambio de actitud, la verdadera preocupación en aquel momento son los atropellos sufridos por la colonia española en los territorios ocupados por los rebeldes. Si en el Sur se producen las mayores carnicerías, será en el Norte donde encontraremos las actuaciones más sistemáticas. En diciembre de 1913, Villa expulsa a todos los españoles de Chihuahua, excepto a un grupo de monjas, y confisca todos sus bienes. 400 españoles tendrán diez días para abandonar el país sin poder llevar consigo ninguna mercancía. El siguiente abril hará lo mismo en Torreón, de donde salieron según fuentes hasta 2.000 españoles. Pancho Villa materializa así su discurso antiespañol, basado en el amplio resentimiento de las clases populares frente a los explotadores gachupines. También habrá nuevos fusilamientos en la hacienda “El Palomar” o en Ciudad Victoria. Dato decidirá enviar en noviembre de 1913 al crucero Carlos V para proteger la colonia en Veracruz y Tampico, si bien en ningún momento llegarán a desembarcar tropas, pese a las presiones para hacerlo llegadas desde numerosos sectores.

En Julio de 1914 cae la dictadura, las tropas de Carranza y Villa entran en la capital, y Victoriano Huerta se exilia en Barcelona, convertido en un personaje incómodo para las autoridades españolas y ridiculizado por la prensa. Cólogan sale inmediatamente del país y España decide enviar toda una serie de agentes confidenciales tanto a los bandos carrancista como villista. El primero de ellos será Walls y Merino, un diplomático caracterizado por su estrechez de miras y sus prejuicios. En su correspondencia con la embajada española en Washington llegará a declarar que “de hecho creo que al español se le odia cordialmente [en México] por el hecho de ser no sólo superior sino necesario al mejicano. Como esta gente es la más falsa, la más viciosa, la más venal y haragana del Continente, […] que este país [México] es el más despreciable de la tierra y donde no hay que buscar honradez, ni pundonor, ni patriotismo, ni virilidad”[12]. Pese a lo equivocado de su nombramiento, lo cierto es que conseguirá hacerse hueco primero con Carranza y posteriormente con Villa, buscando cierta normalización en las relaciones. Saldrá en unos meses de México y el gobierno español nombrará diferentes agentes para cada bando, sin intentarlo siquiera con el zapatista, al que consideran demasiado exaltado. Ángel del Caso, un hacendado local, antiguo maderista, será el agente confidencial en el campo de Villa, consiguiendo revertir en cierto modo su antiespañolismo, pero finalmente se convertirá en un personaje incómodo para la diplomacia española al presentar una agenda propia y convertirse él mismo en crítico constante del resto de representantes. Pero durante el periodo convencional en la capital, Del Caso conseguirá destensar la situación entre la colonia española y los revolucionarios. A finales de año llegará José del Caro a la capital como máximo representante, siendo posteriormente expulsado por Carranza, y creando una crisis diplomática que no se solucionará hasta marzo de 1916. Durante todos estos meses, España apuesta equivocadamente por la victoria de Villa, descuidando las relaciones con el carrancismo, lo que creará una situación muy incómoda cuando en Julio de 1915, las fuerzas el Ejército Constitucionalista recuperen finalmente la capital.

Es este periodo más convulso para la colonia española durante la revolución. El carrancismo supuso un auge del nacionalismo mexicano. La prensa mexicana de principios de 1915 acusaba al unísono a los españoles de especuladores, acaparadores de alimentos y verdugos, alentando el saqueo a tiendas y panaderías. En medio de esta anarquía se producirá el mayor éxodo de españoles, pese a que en ningún momento se interrumpió la llegada de nuevos inmigrantes. Gil Lázaro[13] nos presenta los datos para el periodo. Vemos que entre 1914 y 1916 la tendencia es negativa, pero algo menor que lo que cabría esperar para la situación. Muchos de estos repatriados tuvieron que ser socorridos por una Junta Española de Repatriación, financiada por las élites coloniales y por el mismo gobierno español.

Aun así, España será de las primeras naciones en reconocer el nuevo régimen carrancista, pero las relaciones durante los siguientes años siempre estarían marcadas por la tensión. Pese a la estabilización de la situación, el cese de los ataques a la colonia española y los ofrecimientos de Carranza a analizar las reclamaciones por las luchas revolucionarias, los diferentes representantes españoles “consideraban que prevalecía un ambiente profundamente xenófobo y antiespañol en México alentado desde el gobierno”[14], además de mostrar muy poca confianza en la consolidación del carrancismo. Cuando España eleve la representación en Argentina a embajada en 1917, México se sentirá ultrajado, del mismo modo que el gobierno y la colonia española expresaran su molestia ante la Constitución recién aprobada y las numerosas expulsiones que se producirán hasta 1918.

La Constitución de 1917 establecía algunas disposiciones que entraban en colisión con los intereses españoles. Así se produjeron expulsiones de clero nacional y de grupos de españoles considerados como contrarrevolucionarios. Los artículos que establecían la propiedad del subsuelo, y que supusieron el principal escollo internacional con los EEUU o Gran Bretaña, no tuvieron tanta trascendencia en la colonia española por su ausencia del sector. Pero la intervención del sistema bancario, donde sí existían muchos intereses coloniales provoco numerosos incidentes que no irían a más. Carranza realizó numerosos gestos durante su mandato buscando mejorar las relaciones. Así levanto las restricciones revolucionarias a ciertas actividades de la colonia, devolvió la gran mayoría de las incautaciones hechas a los terratenientes y en 1918 creó la Comisión Nacional de Reclamaciones. Su gobierno consiguió normalizar las relaciones bilaterales, pero marcándolas de un carácter nacionalista que creaba fricciones con la diplomacia y la colonia española. En el contexto de la Primera Guerra Mundial establecerá los principios que regirán la política exterior mexicana desde ese momento, la conocida como Doctrina Carranza: igualdad soberana de los estados, principio de no intervención, igualdad de extranjeros y nacionales frente a la ley, y diplomacia y negociación como herramientas para promover los intereses internacionales. También Carranza será el impulsor de un vínculo en las repúblicas latinoamericanas, basado en políticas nacionalistas y que con el tiempo darían la imagen de México como vanguardia del progresismo americano. Cuando se produzca su muerte, el Marqués de González, encargado de la legación, reconocerá sus méritos pese a las tensiones constantes, manifestando que había pacificado el país, dándole cierta organización y que incluso la defectuosa Constitución revolucionaria tenía un fondo de legalidad.

El General Polavieja e Iñigo Noriega, en su hacienda de Xico. 1910

Pocos personajes ejemplifican mejor este periodo que Iñigo Noriega. Asturiano, al final del Porfiriato nos aparece como una de las principales fortunas mexicanas y el principal personaje de la colonia. Desde el mismo 1911 se presentarán toda una serie de acusaciones judiciales contra él, confiscaciones de sus bienes y denuncias como conspirador contrarrevolucionario. Se repatriará en medio de la dictadura de Huerta al considerar su situación “insostenible”.  Solo volverá a México en 1919, con la situación estabilizada y una vez conseguida la devolución de sus propiedades intervenidas. Pese a su posición, son los propios diplomáticos españoles los que llegan a presentar a Noriega como un estafador de incluso los mismos peninsulares, dando crédito a las denuncias presentadas contra él por los mexicanos.

5.    1921/1931: La Normalización

En 1921 con motivo del Centenario de Independencia, Valle Inclán realizó una gira por México. Ya desde los inicios de la Revolución existían contactos entre opositores al régimen de la Restauración y los revolucionarios, creando una red de relaciones que llegaría hasta la proclamación de la República. Pero Valle, gracias a las Sonatas y su estancia en el México porfirista era toda una figura, y en este caso no defraudo dando una serie de conferencias alabando la Revolución y despotricando contra la monarquía o el sistema español que fueron muy celebradas. El propio Obregón mantendría económicamente al escritor en años posteriores, quien en 1926 satirizaría en su Tirano Banderas el régimen porfirista y sobre todo la actuación de la colonia y la diplomacia española.

Valle Inclán y Obregón durante las celebraciones de 1921

No es de extrañar, por tanto, que la reacción por parte de España al ascenso de Obregón fuera lo más negativa posible. El general se había significado durante todos los años revolucionarios como una de las mayores figuras del ejército y un enemigo declarado de los intereses españoles. Para los diplomáticos en México, personificaba el partido más radical y con las ideas más avanzadas y disolventes. No obstante, desde el principio del su mandato, e incluso durante la presidencia provisional de De la Huerta, dio muestras evidentes de querer solventar los litigios pendientes y normalizar las relaciones con España. El reconocimiento llegaría inmediatamente, con motivo de la celebración del Centenario, y pese a la mala imagen que del régimen siguieron proporcionando los legados españoles, la realidad es que las relaciones bilaterales entraron en un periodo de cierta calma y mutuo respeto. La misma equivocación interpretativa ocurrirá con la posterior llegada al poder de Elías Calles, visto de nuevo como el ala más radical de la Revolución, impulsor del bolchevismo, quien además aceptaba el programa agrario de los zapatistas. Poco tiempo después, y pese al mantenimiento de un discurso oficial progresista y demagógico, los representantes españoles reconocieron que el régimen entraba en un proceso de orden y estabilización económica. El análisis incorrecto de la situación mexicana por parte de la diplomacia y los gobiernos españoles será una constante hasta el final del reinado de Alfonso XIII.  Tampoco verán la preponderancia de Elías Calles cuando deje el gobierno, reconociendo pasado el tiempo el giro derechista de la Revolución y sus ventajas. Continuamente transmitirán su pesimismo respecto a la situación, evaluando negativamente cualquier proceso político o dirigente mexicano, para con el tiempo reconocer los avances y añorar la situación que previamente habían demonizado. La política exterior española hacia México será pragmática y huirá del intervencionismo anterior, sobre todo con motivo de la crisis cristera. Habrá una mayor intención de establecer lazos más firmes a partir de 1926 con la nueva política exterior de prestigio de Primo de Rivera, pero continuamente se incumplirán las aspiraciones mexicanas de elevar la representación a rango de embajada. La política agraria y anticlerical serán los grandes ejes sobre los que pivotará la diplomacia española durante estos años.

La colonia española se irá modificando también según avance la década, pero sin recuperar nunca la influencia que tuvo durante el Porfiriato. En 1930 el censo refleja una cifra récord de 47.239 españoles, la mayoría con el comercio como ocupación. A partir de ese momento se estancaría la llegada de emigrantes debido a las leyes restrictivas a la inmigración para “trabajos corporales de salario o jornal” emitidas tras la crisis de 1929 y no volvería a crecer hasta los años del exilio. Los españoles seguirán siendo la mayor colonia extranjera en México, hasta que a finales de los años 30 les superen los norteamericanos. Durante estos años seguirán siendo objeto de descalificación y enfrentamiento por amplias capas de la sociedad mexicana e incluso por un discurso antiespañol oficial por parte del gobierno, pero también serán años de asimilación en el país de acogida. Cada vez será mayor la distancia entre el español común de la colonia y la aristocrática legación española, incapaz de encontrar soluciones a sus problemas.

Económicamente es una época de crecimiento para ambos países y de reestructuración económica de la colonia. Prácticamente abandonará el campo, pero conseguirá entrar con fuerza en el nuevo tejido industrial mexicano y reforzar su posición en el sistema bancario. Las expropiaciones agrarias de Obregón y Calles tendrán gran incidencia en los terratenientes españoles que traspasarán su capital a otros sectores. La deuda por las indemnizaciones seguirá siendo uno de los leit motiv del periodo. Pando Navarro[15] nos cuenta como España está a la cabeza de las reclamaciones. En 1927 se constituye la Comisión Mixta de Reclamaciones entre España y México, pero finalmente la solución llegaría en los años 30 mediante el pago de una suma global por parte del gobierno mexicano, abandonando el estudio de cada caso concreto.

La Guerra Cristera y la política anticlerical mexicana también causarán conflictos en este periodo. Vuelven a ser numerosas las expulsiones de españoles, sobre todo aquellos vinculados al clero. Ideológicamente, la colonia española simpatizaba con la Iglesia, pero se hicieron enormes esfuerzos para no volver a caer en la identificación de etapas anteriores. Por último, culturalmente son años de mayor vinculación, especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera. Habrá constantes iniciativas bilaterales y mayor comunicación entre los intelectuales de ambas orillas. La ostentosa participación de México en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929 será la mayor muestra de acercamiento entre ambos países desde la caída del porfiriato. Aun así, seguirán existiendo continuos conflictos y malentendidos, como la indignación española ante los murales de Diego Rivera en el Palacio de Cortés en Cuernavaca.

El Presidente Ortiz Rubio saluda a

Millán Astray, 1930

Si en 1921 asistíamos a la visita de Valle Inclán, en 1930 nos encontraremos con Millán Astray, un representante de la derecha española y los sectores más conservadores. Esta visita ejemplariza la normalización de relaciones que se habrá producido durante la década. Los dirigentes mexicanos ya no son los enemigos bolcheviques que la prensa española reflejaba años atrás, los militares españoles pueden ser recibidos en el Palacio Nacional con toda tranquilidad. Se han logrado solucionar las principales disputas tras la institucionalización de la Revolución y establecido las bases de una relación más coherente con las tendencias del nuevo orden mundial postbélico.

6.    1931/1936: La Cordialidad

Pese a sus dos años escasos como canciller (1930-1932), Genaro Estrada será el mayor referente histórico de la diplomacia mexicana. No solo conseguirá que la Revolución fuese asimilada por el sistema internacional, sino que instituyo una escuela, la Doctrina Estrada, de enorme trascendencia no solo para la tradición mexicana, sino para la evolución misma del Derecho Internacional. Complementando la Doctrina Carranza, enunció el principio de abandonar la fórmula de reconocimiento de los gobiernos concretos, para limitarse a mantener o retirar las representaciones diplomáticas en cada caso. De esta forma, enfrentándose radicalmente a la Teoría Tobar, hegemónica en aquel momento, permitía la posibilidad de tener relaciones diplomáticas con todo tipo de gobiernos, sin necesidad de calificar su legitimidad, apoyándose en los principios de no intervención y el de autodeterminación de los pueblos. Respecto a la aceptación del régimen revolucionario, una vez solucionado el reconocimiento completo por EEUU y Gran Bretaña, la sorpresiva proclamación de la República en España acelerará la conversión de la legación en embajada, hecho que se producirá en el mismo abril de 1931. Y en septiembre completará su misión con la admisión unánime de México como miembro de la Sociedad de Naciones, donde presionará en alianza con España buscando reducir la influencia estadounidense y conseguir que la organización se implicara en los conflictos regionales americanos.

La afinidad de intereses entre ambas naciones será total durante el bienio progresista. Álvarez del Vayo, socialista, es nombrado primer embajador en México, y el propio Estrada hará lo mismo en Madrid a partir de 1932. La oficialidad mexicana realizará un giro radical en su discurso hispanófobo y nacionalista, mostrando una clara simpatía con la nueva elite política e intelectual española, afín ideológicamente y a la que intentará convertir en su mayor aliado internacional. Desde España los gestos serán similares, llegando el embajador Álvarez a solicitar la condonación de la deuda por las expropiaciones, si bien en 1932 se llega a un acuerdo por el cual el gobierno mexicano abonará 4.000.000 de pesetas al español para cerrar el asunto. Asimismo, las Cortes españolas aprobarán un crédito de 70 millones para la construcción de cinco cañoneros y diez patrulleras en astilleros españoles. En ambos países se presentan las relaciones como la lógica alianza del México revolucionario con la nueva república de trabajadores española.

El cambio en la actitud diplomática de España es de 180º. Se establecen nuevas directrices para Latinoamérica, abandonando anteriores pretensiones hegemónicas, y con el Plan P, aunque fallido, asistiremos por primera vez al intento de instituir una política exterior uniforme, coherente y con objetivos hacia la región. La llegada del bienio radical-cedista traerá cierto enfriamiento en las relaciones, sobre todo ante el rebote de diversos episodios de antiespañolismo y la influencia en el nuevo gobierno de la Iglesia Católica. Aun así, en 1935, desde el Ministerio de Estado, Lerroux intentará una mediación entre el gobierno revolucionario y el Vaticano que no llegará a buen puerto. Los retrasos de los pagos en los barcos, los episodios de hispanofobia y el continuo anticlericalismo serán utilizados por los sectores más conservadores españoles como arma arrojadiza en sus discursos, presentando la llegada de Cárdenas en 1934, como la radicalización una vez más del régimen mexicano.

Estos son años donde el peso político de la colonia española se reduce, profundizándose el proceso de asimilación de los españoles a la sociedad mexicana, que se acelerará cuando llegue el exilio y cambien para siempre su estructura y la percepción pública y oficial de la misma. Pese a todas estas buenas intenciones y la retórica común, solo veremos avances consistentes en la colaboración cultural y la política. Se incrementaron exponencialmente los intercambios culturales y académicos, pero la firma de un deseado tratado comercial se frustrará en un entorno caracterizado por el proteccionismo. Incluso asistiremos a una pequeña guerra comercial entre ambas naciones que finalizará en el momento que el Frente Popular alcance el poder. Durante los meses que preceden al inicio de la guerra la identificación entre ambos gobiernos es absoluta, de forma que Cárdenas será el primero en mostrar su apoyo a la República agredida y durante toda la guerra y el posterior exilio presentará a México como el gran soporte de los republicanos. Pero las relaciones entre ambos países volverán a entrar en barrena durante todos los decenios que dure la dictadura franquista. Ya en el momento del alzamiento militar, el entonces embajador en México, Pérez Treviño, pudo percibir este futuro aislamiento, al ver como se unían al golpe los secretarios primero, segundo y tercero de la embajada.

7.    Conclusiones

Al margen de las características y la evolución que hemos ido desgranando, podríamos emitir dos conclusiones tras analizar el periodo. La primera es el total desequilibrio entre ambas partes. México no ejerce influencia en los procesos internos españoles, mientras que los intereses españoles sí tuvieron papeles protagónicos en la evolución mexicana. La historia de estos años es la de un país, España, que busca mantener una posición superior y de prestigio (sin ninguna base sólida para justificarla) y otro, México, que busca situarse en un plano de igualdad y autonomía. Solo en los últimos años podemos encontrar un intento de romper esa asimetría, y posiblemente esto solo sucederá más adelante, durante el desarrollo de la Guerra Civil, cuando sea México el requerido por el gobierno de España. Pero al sumergirnos en las fuentes bibliográficas solo encontraremos el análisis de la influencia de la primera sobre la segunda, nunca al revés. Y dicha superioridad derrama sus efectos sobre todos los aspectos de estas relaciones bilaterales.

La segunda conclusión es la caracterización de la diplomacia española, decimonónica, sobrepasada e inoperante para incluso los estándares de aquel momento. Por el contrario, la mexicana intentará desde los gobiernos de Carranza establecer una política exterior más coherente y modernizada, de defensa de sus intereses, asentada en principios del nuevo Derecho Internacional, con objetivos concretos y cierta estabilidad. Por parte española asistimos a un ejemplo de improvisación, vaivenes constantes, falta de dirección y objetivos claros y concretos, falta de medios y marcado carácter aristocrático, e incluso despectivo hacía su huésped. La diferencia entre los diversos representantes en cada capital es muy descriptiva. Los mexicanos tendrán mayor estabilidad, manteniéndose incluso durante cambios gubernamentales. Buscarán personalidades de prestigio, intelectuales, de carácter moderado y que actuarán constantemente con el objetivo de mantener los cauces abiertos e intentar solucionar los litigios existentes, con perfiles bajos y siempre expresando el respeto e incluso la admiración hacia España. Por el contrario, en el campo español nos encontramos con una enorme cantidad de legados aislados de la realidad mexicana, que llegan a entorpecer la normalización de las relaciones. Son personalidades marcadamente elitistas, en muchos casos desconectadas con la propia colonia. Sus actuaciones suelen responder a un pragmatismo improvisado, cediendo continuamente en la defensa de los intereses españoles en aras de mantener una supuesta grandeur. Solo durante el periodo republicano asistiremos a un verdadero cambio de política exterior en la diplomacia española. Aunque sin grandes resultados, será el momento en que ambas se alineen en un camino más cercano a lo que hoy entendemos por Relaciones Internacionales.

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[1] AMLO envía carta al rey de España y al Papa para que pidan perdón por abusos en la Conquista. EL FINANCIERO. México D.F. 25 marzo 2019

[2] MEYER (2001) Posición 75

[3] PEREIRA, CERVANTES (1992) P. 265

[4] PEREIRA (2017). Capítulo 18. PEREZ HERRERO, P. Las relaciones de España con América Latina (1810-2010): Discursos, políticas y realidades. P. 422

[5] DEL ARENAL (2011) P. 25

[6] LAJOUS (2013) Posición 1997

[7] LAJOUS (2013) Posición 2331

[8] LAJOUS (2013) Posición 2810

[9] MORENO LÁZARO (2007). P. 122

[10] Antes de su llegada a México, Cólogan era una figura conocida por haberse batido en duelo con un mariscal griego, tras abofetearlo en presencia del monarca en Atenas. Posteriormente, entre 1894 y 1902 fue Ministro Plenipotenciario en China. Será precisamente Cólogan, como decano del cuerpo diplomático, quien presidió las negociaciones con la corte imperial durante la rebelión de los boxers. Alfredo Mayo le interpretó en 55 días en Pekín.

[11] MEYER (2001) Posición 1661

[12] MEYER (2001) Posición 2240

[13] GIL LAZARO (2010) P. 271

[14] LAJOUS (2013) Posición 2335

[15] PANDO NAVARRO (1986) P. 64