ALFONSO XIII Y LOS PARTIDOS POLÍTICOS DURANTE LA II REPÚBLICA
ALFONSO XIII Y LOS PARTIDOS POLÍTICOS DURANTE LA II REPÚBLICA
1. Introducción
Durante los primeros meses de 1931, Alfonso XIII intentó recomponer el modelo de la Restauración, llegando a ofrecer en varias ocasiones la Presidencia del Consejo a opositores a la dictadura como Santiago Alba y Sánchez Guerra, e incluyendo en sus últimos gobiernos a figuras pretéritas como Romanones o García Prieto. Pero ya nos dice González Calleja que una de las principales herencias de la dictadura fue la destrucción de “los partidos dinásticos con voluntad renovadora, desde el PSP al ala izquierda del liberalismo, la Lliga o el Partido Reformista”1, así como precipitar “la escisión ideológica entre una derecha fiel a los procedimientos liberal-parlamentarios y otra de corte netamente autoritario”[1]. La primera de estas derechas desaparecería hasta los años setenta y la segunda se proyectaría “al futuro con la UMN y luego Acción Española, AN, RE, la CEDA o el propio Movimiento Nacional”1. Sí durante su reinado el monarca tuvo un papel esencial en el sistema de partidos, una vez derribado el sistema solo serán los partidos de esa nueva derecha autoritaria los que busquen en ocasiones su patrocinio. El objetivo de este trabajo es investigar la relación de Alfonso XIII en el exilio con estos nuevos partidos, desde el momento de proclamación de la República hasta el inicio de la Guerra Civil. Nos preguntamos si fue un activo para los mismos, su grado de identificación con estas nuevas ideologías, o si más bien se dejó cortejar sin una clara hoja de ruta.
Junto con la bibliografía que detallo, utilizaré dos fuentes hemerográficas. La primera será la edición madrileña de ABC que durante este periodo ejerció como el más claro propagandista y portavoz de Alfonso XIII y toda la constelación monárquica. La segunda será el Heraldo de Madrid, el principal diario defensor del sistema republicano, muy crítico con el exrey y los monárquicos.
2. Estado de la Cuestión
Tusell y Queipo de Llano decidieron subtitular su biografía de Alfonso XIII como El Rey polémico. La historiografía reciente también refleja esa disparidad de visiones respecto a su personalidad, papel o acciones. En un lado del espectro encontraríamos las diferentes biografías de Seco Serrano que nos dan una imagen del Rey en el exilio como un personaje triste y doloroso, abandonado y traicionado por la ingrata clase política, mientras él se muestra generoso, integrador y patriota, “solo quiso ser cauce abierto de los anhelos profundos – reales- de su pueblo”[2]. Tusell y Queipo de Llano sin llegar a esos excesos también indican el amor a España y su patriotismo como centro de su actuación, si bien durante sus últimos años habría sido un personaje ambivalente, sin hacer declaraciones públicas estridentes y constantemente necesitado de lograr una reivindicación. Inciden mucho en un desdoblamiento de posiciones entre Alfonso XIII y Juan de Borbón, donde este último habría experimentado “un mucho mayor impacto de las nuevas doctrinas antidemocráticas”[3]. Respecto a los políticos y partidos, “jugaba a dos barajas, que era probablemente el único procedimiento para llegar a una Restauración […] Pero tenía una idea infinitamente menos clara de cual debía ser el objetivo final respecto de la configuración del futuro Estado”[4].
Desde otro punto de vista, González Calleja se muestra sumamente crítico respecto a su actuación durante la República. Pese a sus muestras conciliadoras públicas, en realidad el rey habría jugado constantemente al descredito y la erosión republicana. Muestra la tendencia del exrey a “manejar según su personal conveniencia varias alternativas políticas de forma simultánea, sin reparar en las contradicciones y tensiones internas que tal actitud pudiera generar”[5]. Su “obsesión con no ser ‘borboneado’ por sus partidarios más impacientes enconó el enfrentamiento entre las tendencias que convivían en el seno del alfonsismo”[6]. Se nos presenta un personaje torpe, errante, altanero y superficial. En definitiva, se habría producido una progresiva marginación de su figura en el debate político planteado en el seno de las derechas españolas, no habiendo sido su papel determinante en ningún momento, más allá que para el porvenir político de sus propios partidarios. Cardona también se muestra muy crítico con la actuación del monarca durante su exilio, conspirador constante buscando derrocar las instituciones republicanas, suya habría sido la responsabilidad de decapitar la derecha civilizada e ignorar los nuevos movimientos sociales. Tras el susto inicial que le supuso el destierro, buscó la forma de regresar a España, apoyándose en formaciones antidemocráticas y en el estamento militar, del que habría sido gran defensor durante todo su reinado.
3. El Gobierno Provisional
Cuenta Tusell que Alfonso XIII hizo el primer trayecto de su exilio, entre Cartagena y Marsella, acompañado de su primo Alfonso de Orleans y Borbón. Este le habría dado dos consejos aquella noche: que fuera cariñoso con la Reina en la desgracia y “desde el punto de vista político le sugirió la dedicación a la tarea de poner en marcha la restauración manteniendo todo tipo de entrevistas políticas con sus fieles y con personas que pudieran llegar a ser ministros, como si temiera que el monarca pudiera perderse en la ociosidad”[7]. No parece que le hiciera caso en ninguna de las dos exhortaciones.
ABC se convertirá en el eje de todos los mensajes, comunicaciones y movimientos que Alfonso XIII dé en esos primeros días. El 17 de abril[8] publicará su manifiesto a la nación del día 14, así como una extensa y elogiosa crónica de sus primeros pasos en el exilio y sus primeras manifestaciones: “Créame […]. Hace falta más valor para hacer lo que yo he hecho que para cargar al frente de un escuadrón. […] Después de las elecciones generales veremos”[9]. Durante los siguientes días son constantes las crónicas narrando los movimientos, visitas y nombramientos en el entorno de la familia real[10]. El 5 de mayo concederá una entrevista en Londres al director del diario donde se mostrará más conciliador aún: el Gobierno republicano es el gobierno de España, solo el sufragio y la voluntad popular son los que decidirán la vuelta de la monarquía, “los monárquicos que quieran seguir mis indicaciones deben, no solo abstenerse de obstaculizar al Gobierno, sino apoyarle en cuanto sea patriótico” [11], Por encima de la monarquía o la república está España. “No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar”. Eso sí, no puede oponerse a que estos monárquicos se organicen en “comité central, una junta o como quiera llamársele, con fines electorales”. Remarca de nuevo que no ha abdicado ni hay cesión alguna en sus derechos dinásticos, que puede haberse equivocado alguna vez, pero siempre cegado por su amor a España, que ha hecho el mayor sacrificio de su vida, así como que su salida de España fue buscando no derramar sangre. No reprocha nada a nadie, no tiene odio ni animadversión.
El posicionamiento y las declaraciones a ABC son contestadas por la prensa republicana. Así, podemos encontrar en la portada de El Heraldo de Madrid de dos días después multitud de artículos de opinión y editoriales descalificando al monarca y al propio ABC[12]. Existe un clima antimonárquico que estallará el día 10 de mayo con la inauguración de un Círculo Monárquico en Madrid y que tendrá la propia sede de ABC como principal objetivo. Se rompe la “luna de miel” o al menos la inicial falta de agresividad entre los monárquicos y la República, un cambio de actitud que dará paso a una oposición radical al nuevo régimen. Y del mismo modo, muchos republicanos comenzarán a ver a los monárquicos como extremistas antisistema. Miguel Maura, Ministro de Gobernación, declarará que estos hechos evidenciarían “el maridaje absurdo y suicida de los elementos monárquicos y comunistas”[13].
Nos dice González Cuevas que “Tras el cambio de régimen, los partidos dinásticos y los demás grupúsculos que desde la caída de la Dictadura habían intentado reconstruir las fuerzas monárquicas desaparecieron por completo”[14] Por el contrario, Cambó cuenta en sus memorias el optimismo reinante entre los círculos del exilio respecto a un futuro éxito electoral[15]. Parece que Alfonso XIII lo fiaría todo en aquel momento a la precariedad del régimen republicano y la capacidad de sus seguidores para imponerse en un censo y un procedimiento electoral con rasgos de caciquismo, donde un electorado monárquico y rural pudiera alcanzar una mayoría. Es así que durante las primeras semanas, el monarca primará más sus asuntos de intendencia, familiares, turísticos y de ocio que los políticos, no modificando sus mensajes iniciales de conciliación y generosidad. Finalmente, las elecciones del 28 de junio supondrán un desastre para las candidaturas monárquicas, consiguiendo solo 30 escaños en una cámara de 470.
4. El Bienio Progresista
La voluntad popular ha sido clara, rechazando las candidaturas monárquicas, situación que se repetirá constantemente a lo largo de todo el periodo republicano. Además, uno de los principales temas durante la campaña electoral habrá sido el asunto de las responsabilidades que afectaba muy directamente a la imagen del monarca. Serán meses de desconcierto, donde Alfonso XIII se mostrará a la defensiva, presentándose como injustamente agraviado y perseguido. Los monárquicos también afectaran el golpe, presentándose durante meses descabezados y en desbandada.
La principal iniciativa monárquica entonces será la creación de Acción Española, que verá su primer número en diciembre. Será el aglutinador de todos los sectores monárquicos de derechas, por encima de los partidos, dando uniformidad y doctrina a los diferentes grupos, imponiendo una beligerancia irredenta hacia la República y aproximando al alfonsismo más radical y el tradicionalismo carlista. Dentro estará todo el universo monárquico de aquellos años. Si bien la revista defendió constantemente el reinado y la figura de Alfonso XIII, no hay indicios de relación directa alguna. Eso sí, claramente la posición ideológica del monarca y sus manifestaciones se irían progresivamente alineando a esa teología política que presentará Acción Española. El antiguo rey liberal, jaleado por Canalejas y los intelectuales, ya había manifestado una evolución hacia posiciones más conservadoras tras el fin de la Gran Guerra. Pero antes del fin de la República y el inicio de la Guerra Civil, podemos intuir cierta conexión ideológica entre el exrey y la derecha más autoritaria, si bien nunca llegará a traspasar una línea de asunción pública de estos postulados.
El recurso armado fue también una de las estrategias seguidas por los monárquicos en aquellos primeros meses. Así se desprende de la conspiración golpista del General Orgaz en septiembre de 1931 y la Sanjurjada de agosto 1932. En ambas existieron tramas e intenciones monárquicas detrás y provocaron reacciones represivas por parte republicana. Pero si bien muchos monárquicos saludaron la intentona como una reedición del gesto de Pavía, ni hay constancia de la implicación real detrás de estos intentos[16], ni públicamente fueron jamás ensalzados por él: “no quiero parecer un conspirador a quien mueve el resentimiento”[17]. Hasta el 18 de julio del 36 siempre manifestará que quiere un cambio sin sangre y sin violencia: “se han acercado muchos a mí [conspiradores] A todos les he respondido igual: nada de violencias, nada de desorden, nada que pueda perturbar dolorosamente la vida de España”[18].
En noviembre del 31, las actuaciones de la Comisión de Responsabilidades y el Acta de Acusación al Rey, aprobado por aclamación en la Cámara, satanizarán aún más la figura del Rey y los monárquicos. Romanones asumió la defensa del monarca, pero a título personal, sin indicación alguna por parte de Alfonso XIII. Este solo se prestaría a enviarle un agradecimiento a posteriori, lo que nos indica la inexistencia de una organización o apoyos concretos en aquel momento. Posteriormente, la Ley de Defensa de la Republica penalizará toda simbología o exaltación monárquica, lo que también ayudará a radicalizar la posición alfonsina.
El fracaso del golpe de Sanjurjo conducirá a los alfonsinos a buscar mayor protagonismo y recomponer sus filas. Desde 1930 contaban con la UMN, heredera en cierta forma de la Unión Patriótica primorriverista, que integraba algunos de los que serían las principales figuras posteriores, ya con un programa de derecha autoritaria. Pero en las elecciones de 1931 solo conseguirán un escaño (Calvo Sotelo). Durante los meses siguientes los monárquicos se integrarán en Acción Nacional, pasando con posteridad a Acción Popular. En un principio Alfonso XIII se negó a la creación de Renovación Española hasta no estar seguro de la orientación que tomaría AP, que finalmente se decantará por una posición accidentalista. Es entonces cuando Goicoechea conseguirá una autorización escrita, “con la reserva de que se evitara a todo trance que el partido político que se iba a crear tuviera el menor choque con los otros partidos afines, y que la función de carácter político tuviese únicamente la actividad indispensable para justificar su existencia”[19]. En septiembre de 1932 habrá una reunión presidida por Alfonso XIII, estando presentes sus principales partidarios, y donde el monarca encarga su creación y liderazgo a Goicoechea, ya sin las reservas expuestas de un principio. Pero también otros como González Calleja, atribuyen a esta cumbre la decisión de apoyar sin reservas la labor intelectual que realizaba Acción Española, así como realizar una labor continuada de propaganda en el ejército, de cara a un futuro golpe de fuerza (donde Sanjurjo sería el posible caudillo[20]). “Según Vegas Latapie, ‘aprobó el rey nuestros planes y nos dijo que eran los más serios que le habían sometido desde la caída de la Monarquía. Nos prometió su discreto apoyo’”[21].
El proceso de ruptura con Acción Popular llega a su punto álgido en enero de 1933, cuando ABC publica una carta firmada por 76 personalidades monárquicas buscando “una federación de las derechas españolas”[22], con el “Sr. Goicoechea [asumiendo] la dirección de la cruzada”, quien presenta un extensísimo programa basado en una “monarquía no constitucional, sino tradicional”, caracterizada esencialmente por el derecho natural católico. En febrero se fundará RE, con una mayoría de integrantes que provienen del maurismo y el primorriverismo, y un evidente contenido contrarrevolucionario. El mismo mes se configura la CEDA, y asistiremos a una enorme animosidad de los monárquicos hacia el accidentalismo cedista. Está es la razón por la que Gil Robles se reunirá en junio en dos ocasiones con el monarca buscando una tregua, entrevista que permanecerá secreta hasta su revelación muchos años después por el propio Gil Robles. Alfonso XIII habría asegurado entonces que no causaría problemas a la CEDA, entendiendo su colaboracionismo con la República e incluso llegando a afirmar que “por el bien de España yo también sería republicano”[23]. La visión que nos da Gil Robles es coherente con el comportamiento posterior de Alfonso XIII, que siempre se negaría a romper las vías de entendimiento con los posibilistas.
En estos meses también se encauzan los problemas familiares y sucesorios. Tras la renuncia de sus dos primeros hijos, Juan asumirá el papel de heredero. Desde este momento se encadenarán diferentes intentos e iniciativas por lograr la abdicación del exrey en su hijo. Este será un punto de especial fricción con los monárquicos, pues Alfonso XIII siempre manifestará vehementemente su decisión de no abdicar hasta el momento en que regrese a España, pues se le debe reconocimiento a la injusticia que se le ha hecho: “Ni he hecho renuncia de mis derechos ni pienso hacerla, porque quiero que en la hora de una reivindicación, que espero, se me reconozca que como Rey he cumplido siempre mi deber […] el superior de la patria”[24]. El “asunto dinástico” será una constante desde el comienzo del exilio[25], habiendo momentos en que parece ceder posiciones (como ocurrirá en el pacto del Territet con los carlistas), aunque a la hora de la verdad siempre se mostrará firme en su determinación de mantenerse a la cabeza de la dinastía.
Cumpliéndose la promesa real, las relaciones entre las diferentes familias de derecha se normalizarán llegando a crearse un comité de enlace que coordinó las candidaturas y la coalición entre cedistas, alfonsistas y carlistas para las elecciones de noviembre. El triunfo de las derechas será arrollador, pero pese a las esperanzas de los monárquicos, las elecciones también dejarán clara la hegemonía accidentalista, RE solo consiguió formar una minoría parlamentaria de 16 escaños.
5. El Bienio Conservador y el Frente Popular
El primer objetivo de la minoría monárquica fue lograr la amnistía para los implicados en la sanjurjada. Se conseguirá en abril de 1934, cuando además regrese a España de su largo exilio Calvo Sotelo. Este es el momento en que nacerá la idea del Bloque Nacional, buscando aglutinar las derechas antirrepublicanas bajo una identidad contrarrevolucionaria y neotradicionalista.
Si hasta 1933, Alfonso XIII ha recorrido constantemente Europa, Oriente Medio e incluso la India, finalmente se ha instalado en Roma y parece retomar con mayor interés su papel político. En mayo de 1934 cortará en seco una campaña periodística que parece intentar persuadirle a tomar el camino de la abdicación. Son los primeros indicios de las tesis instauracionistas juanistas seguidas por las figuras en torno al Bloque[26]. En junio vuelve a crearse otra polémica dentro del grupo monárquico al publicar ABC una visita de Valiente, presidente de las Juventudes de Acción Popular al monarca, donde este le habría solicitado otra supuesta tregua de seis meses, ante la evidente ruptura entre alfonsinos y propagandistas. Tras el escándalo, Valiente llegará a dimitir[27], mientras que Alfonso XIII seguirá negando dicha reunión, si bien parece que siempre se pliega a las solicitudes cedistas. Las tensiones dentro de RE estallarán en octubre de 1935, durante la boda de Juan de Borbón, cuando Alfonso XIII afee directamente a Calvo Sotelo que “si tú has fundado el Bloque Nacional, conviene que sepas que Juan y yo somos también un bloque”[28].
Durante todo el bienio, Goicoechea, convertido en una especie de “testaferro” real, buscará alianzas que ensanchen el campo de acción monárquico. En 1934 firmará un acuerdo financiando a Falange y otro con los carlistas y el fascismo italiano, que se malogra tras la llegada de Fal Conde a la dirección tradicionalista. Son meses también donde hay continuos movimientos buscando un golpe militar que no acaba de llegar[29]. No ha quedado constancia alguna del papel de Alfonso XIII en todos estos procesos, si bien siendo protagonizados por Goicoechea es fácil intuir que contaron con su aprobación.
Ante las elecciones de febrero de 1936, todo parece indicar que Alfonso XIII siguió jugando a dos barajas. Toman visos de verosimilitud las famosas declaraciones que le haría a Cortes Cavanillas: “estimo mucho la labor de Renovación Española, pero hay que convencerse de que es un reducido y escogido grupo de monárquicos entusiastas, pero de salón, no podrán obtener grandes ventajas en el camino de la Restauración monárquica”[30]. Pese a ello, no cabe duda de que utilizó a Goicoechea y RE como su cauce de comunicación con España[31]. También Goicoechea será el elegido por el monarca para liderar de nuevo sus intereses cuando peligre la coalición electoral del 36 con Gil Robles, aun a costa de quedar diluidos en ella. En este momento llega incluso a negarse a firmar un manifiesto del bloque contrario a la colaboración con los cedistas, recibiendo el mismo día a representantes de dicho partido.
Son estos años en los que encontramos continuas manifestaciones suyas contra la deriva de la República, “desastrosa”, “espiritualmente desmembrada, divida, perdida la unidad moral”, “dividida en banderías”[32]. Aun así, no encontramos tampoco renuncias en su discurso al pasado liberal o identificaciones como las que realizará posteriormente con los sublevados militares. Declaraciones como la admiración que supuestamente muestra a Falange (en junio del 35) “que están enfrentándose en campo abierto, con valentía y heroísmo, contra los criminales de Moscú”[33] u otras contenidas en diferentes volúmenes, parecen más manipulaciones de sus autores que el tono público utilizado por el exmonarca.
El caso es que tras el triunfo frentepopulista, la figura de Alfonso XIII queda eclipsada ante la desbandada de RE y la estrella ascendente de Calvo Sotelo durante aquellos meses. El comienzo de la Guerra Civil le encontrará de cacería en Checoslovaquia, completamente ajeno a la conspiración militar al igual que la mayoría de dirigentes monárquicos. Así, no habrá en la prensa madrileña ninguna manifestación suya respecto al asesinato del propio Calvo Sotelo y la sublevación encontrará a la mayoría de dirigentes de RE en Madrid completamente indefensos.
6. Conclusiones
Desgraciadamente el espacio atribuido a este ensayo me ha obligado a esquematizar en demasía un tema tan extenso y complejo. Quizá la mayor dificultad al enfrentarse al mismo sea la disparidad y parcialidad de las fuentes directas existentes. Las propias declaraciones del monarca nos parecen en la mayoría de las ocasiones forzadas e interesadas, según sea el interlocutor o el momento de realizarlas.
Respecto a la actuación personal del exrey durante estos años concluiríamos que, pese a sus exhortaciones de humildad, concordia o magnificencia, en realidad se podría caracterizar más por la altanería, el interés personal y el disimulo constante. Pese a referirse una y otra vez a una presunta voluntad de servicio, siempre se comportará con arrogancia y soberbiamente en sus relaciones con sus propios partidarios o ante la mínima contradicción que se le enfrente, hay evidentes muestras de falta de generosidad. Más allá de un supuesto interés nacional, colocará preferentemente el suyo, el personal, por encima incluso del familiar o el dinástico, y en muchas ocasiones de forma caprichosa y egoísta. En sus relaciones políticas mantendrá abiertas todas las vías posibles, sin comprometerse decididamente con ningún proyecto o mostrar ningún tipo de un análisis complejo, llegando incluso a comportarse de forma incoherente, contradictoria y manipuladora, como tantas veces se le acusó durante su reinado. No parece que el exilio cambiara radicalmente la forma de actuar de Alfonso XIII, absolutamente consciente de su papel, desconfiado y decidido a tener siempre la última palabra, actuando sin pensar mucho en las consecuencias y siempre con el objetivo dinástico detrás de cada una de sus acciones.
Parece evidente también el papel esencial que habría tenido en RE. Sin su figura difícilmente se entienden su creación y desarrollo. Pero intuimos que más que una emanación directa del monarca, éste se vio impelido a aceptar a todos aquellos partidarios dispuestos a defender su causa. Probablemente habría preferido un grupo más amplio y variado, o más en concordancia con la clase política de su reinado. Pero son sus partidarios los que imponen un proyecto que el monarca acepta, en un momento en el que no puede permitirse el lujo de renunciar a ningún apoyo. Parecen los propios “monárquicos” los que le empujan hacia una ideología y unos procedimientos que el monarca intentará reconducir cuando crea que van demasiado lejos. De ahí, pese a sus muestras de apoyo a RE o el papel de Goicoechea como representante oficial, su incapacidad de enfrentarse directamente a los instauracionistas, también vemos su indefinición respecto a la unificación con el tradicionalismo carlista o la vía militar, y sobre todo sus relaciones con los propagandistas. Creemos que Alfonso XIII hubiera preferido mantener su posición por encima de los partidos, pero las circunstancias le obligaron a aceptar la única solución que le ofrecieron: RE. Solo tras el golpe de 1936, cuando el panorama político se polarice y defina claramente, tomará un posicionamiento público claro, decidido y sin ambigüedades.
Por último, ideológicamente, es difícil discernir sus verdaderas motivaciones. Públicamente, durante todo el periodo republicano mantendrá las premisas que marcó en el manifiesto y la entrevista a ABC del 5 de mayo. Solo se dolerá constantemente respecto al trato recibido y la deriva revolucionaria en la que cree ha caído la República. Hay evidentes muestras de su rechazo a las posiciones democráticas o izquierdistas, constantemente definidas por él como revolucionarias, dictatoriales y contrarias a su idea de patria. Su posicionamiento respecto a la religión, la autoridad, el orden establecido, el papel del ejército, la unidad de la patria o el peligro de las luchas de clases nos presentan un personaje claramente conservador. Pero tenemos la impresión de que, durante el periodo republicano, en ningún momento aceptó la instauración de una monarquía tradicional (pese a los innumerables textos que posteriormente asegurarían lo contrario). Creemos que mantuvo una idea de la monarquía cercana a su propia experiencia, si bien aceptaba la necesidad de establecer cambios en la línea autoritaria que reflejaban las nuevas derechas de los años treinta. Aun así, fue incapaz de manifestar claramente un proyecto concreto.
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[1] GONZALEZ CALLEJA (2005) P. 389
[2] AMADO MIER, I. Carlos Seco reivindica la figura de Alfonso XIII como rey integrador. Madrid. El Pais. 23 mayo 2002
[3] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 11368
[4] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 11322
[5] MORENO LUZÓN (2003) p. 413
[6] MORENO LUZÓN (2003) p. 422
[7] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 11028
[8] Al País. ABC Madrid. 17 abril 1931. Portada
[9] Salida del Rey para Paris. Unas palabras de su majestad. ABC Madrid. 17 abril 1931. P.17
[10] Los reyes e infantes en Paris. ABC. 21 abril 1931. P.25
[11] Entrevista con D. Alfonso XIII, en Londres. ABC. 5 mayo 1931. P.26-27
[12] El Heraldo de Madrid. 7 de mayo 1931. Portada
[13] Hay que republicanizar la República. El Heraldo de Madrid. 12 de mayo 1931. Portada
[14] GONZALEZ CUEVAS (2000) p. 294
[15] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 11033
[16] ABC será clausurado desde el 11 de agosto al 30 de noviembre, y en su regreso evitará cualquier referencia a implicación, más allá de recoger visitas de Goicoechea al Penal del Dueso donde está preso Sanjurjo (ABC. 25 diciembre 1932. P.34). El Heraldo durante los días siguientes, si bien denomino constantemente “golpe monárquico” a la sanjurjada (pese a su autodenominación como republicano) y notifico las detenciones y deportaciones de numerosos monárquicos, tampoco implicó a Alfonso XIII de forma alguna. Aun así, según Sainz Rodriguez, Sanjurjo planeaba un plebiscito y posteriormente restaurar a Alfonso XIII con una nueva constitución pensando que en unos meses abdicaría en su hijo (LLEIXA 1985)
[17] CORTES CAVANILLAS (1956) p. 393
[18] CARRETERO NOVILLO (1934) p. 87
[19] LLEIXA (1985) p. 925, en una cita al libro de BELTRAN GUELL, Caudillo, profetas y soldados.
[20] GONZALEZ CUEVAS (2000) p. 315
[21] MORENO LUZÓN (2003) p. 412
[22] Hacia una federación de las derechas españolas. ABC Madrid. 13 de enero 1933. P. 27
[23] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 11301
[24] CORTES CAVANILLAS (1956) p. 394
[25] Incluso desde los primeros meses de la República, aparecen rumores de posibles conspiraciones juanistas (El Duque de Alba reúne a los aristócratas monárquicos y les da las normas del nuevo partido juanista. El heraldo de Madrid, 31de Julio 1931. Portada)
[26] El 23 de mayo de 1934 (P. 17) el propio ABC sale en defensa de las acusaciones de ‘complot contra Alfonso XIII’ tras publicar un editorial donde se indicaba a D. Juan como posible soberano en caso de restauración. En realidad hay varios artículos en días anteriores que van en esta dirección (Inicio de un Reinado, por Ramiro de Maeztu, 18 de mayo 1934; Discursos homenaje a Calvo Sotelo y Yanguas Messia , 22 de mayo 1934)
[27] De la visita del presidente de la Juventud de Accion Popular a Don Alfonso XIII. ABC Sevilla. 15 junio 1934. Pg 17)
[28] MORENO LUZON (2003) p. 425
[29] GONZALEZ CUEVAS (2000) p.343
[30] CORTES CAVANILLAS (2000) P. 418
[31] Así el donativo a ABC por medio de RE (1 noviembre 1934), o el agradecimiento tras la muerte del infante Gonzalo mediante carta a Goicoechea (27 septiembre 1934).
[32] CARRETERO NOVILLO (1934) p. 86
[33] CORTES CAVANILLAS (1956) p. 451

