Familia Real Española (1931-1945)

8.3. El camino a Lausanne. El cambio de posición y la ruptura.

POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)

8.3. El camino a Lausanne. El cambio de posición y la ruptura.

Cuando Franco respondió, la situación internacional había dado un giro sorprendente. EE.UU había entrado en guerra y los aliados desembarcaban en el norte de África. Si hasta aquel momento la superioridad del eje podía hacer sospechar su victoria, en ese mismo mes de mayo de 1942 los bombarderos americanos habían trasladado la propia guerra al interior de Alemania. Franco[1] le remitió al pretendiente un larguísimo tratado sobre la evolución de la institución monárquica y el carácter de las personas que la ejercen. “No son las instituciones, parece, las que han de hacer a España capaz de cumplir su misión histórica; sino los jefes que dirijan la revolución nacional” y “ese sentimiento monárquico que os quieren hacer ver existente en nuestro pueblo es falso”. En resumen, le solicitaba que meditara “y os identifiquéis con la Falange Española Tradicionalista y de las JONS y prohibáis a cuantos se titulan vuestros amigos el estorbar o retrasar este propósito”. De forma muy educada, y hasta cariñosa, no solo se negaba a la regencia propuesta sino que le enseñaba el camino que tendrá que recorrer su hijo Juan Carlos veinticinco años después.

La contestación del pretendiente se retrasó 10 meses más, hasta marzo de 1943, y en ella sí encontramos por fin una confrontación directa. La situación geoestratégica había girado vertiginosamente, tanto respecto a la evolución de la guerra como a los apoyos del pretendiente. Hitler acababa de ser derrotado en Stalingrado y el eje iba perdiendo paulatinamente su posición en el norte de África. Serrano Suñer había caído el verano anterior y Franco comenzó un discreto giro hacia los aliados, especialmente hacia Inglaterra y EE.UU. En junio de 1942 también se produjo el definitivo exilio de Sainz Rodríguez y Vegas Latapié, ahora ya enfrentados directamente al régimen, y convertidos junto a otro exiliado, Gil Robles, en los principales consejeros del pretendiente. Las advertencias de Franco se habían cumplido, y Juan de Borbón estaba rodeado de enemigos de la “cruzada”, si bien se trata más de figuras enfrentadas al dictador o a la élite franquista que a verdaderos opositores doctrinales al régimen. Antes de esta carta, el 11 de noviembre, el Journal de Genéve publicó unas declaraciones del heredero, que posteriormente los juanistas denominarán el Manifiesto de Ginebra[2], donde por primera vez expresaba públicamente su voluntad de ser “el Rey de una España en la cual todos los españoles, definitivamente reconciliados, podrán vivir en común” e incluso prometía “acordar todas las medidas que puedan contribuir a una más justa distribución de la riqueza”. Pedía la solución pacífica de las controversias internacionales, una “absoluta neutralidad” para España en la IIGM, pero advirtiendo que si alguna potencia no la respetaba, su “espada de soldado español estaría al servicio de mi patria”. Redactado por Sainz Rodríguez, esta sí fue la primera muestra de ruptura por parte del pretendiente, que abandonaba toda identificación con el régimen, e identificaba por primera vez su visión de la monarquía como una institución de carácter democrático, imparcial y de reconciliación, en perfecta continuidad con el Manifiesto de su padre en 1931. Detrás de este cambio de actitud vemos la conveniencia de presentar un proyecto que pueda resultar del agrado de los aliados. Juan de Borbón había decidido jugar la carta de una restauración liberal ante un posible desmoronamiento del régimen franquista, tras la previsible derrota de sus aliados europeos.

Su carta del 8 de marzo de 1943[3], desarrollaba todos los puntos expuestos en la anterior declaración al periódico suizo. Definía el régimen como “provisional y aleatorio” que exponía a “riesgos gravísimos a España” debido a la situación internacional, la “división profunda” en que se encuentran los españoles y sobre todo a “la vinculación exclusiva del poder en una sola persona sin estatuto de base jurídica institucional”. Le echaba en cara el “aplazamiento sine die” a la hora de encarar su “transformación”, negándose a identificarse con el ideario de Falange, pues la monarquía no podía regresar “como gobierno oportunista de un momento histórico o de ideologías exclusivas y cambiantes, sino como símbolo excelso de una realidad nacional permanente y garantía de la reconstrucción, por la concordia.” Le recordaba el manifiesto de su padre en 1931 asegurando que éste le legó “una misión sagrada: procurar la Restauración monárquica en una España reconciliada y unida para lograr su ideal: ser Rey de los españoles y un español más; sin distingos de clases sociales ni de partidos y banderías”. Por último apelaba a la “conciencia española de V.E.” advirtiéndole de la “grave responsabilidad en la que, como arbitro supremo de los destinos de nuestra patria en esta coyuntura, habría de incurrir ante la Historia”.

Este es el momento que marca el inicio de la confrontación frontal entre el pretendiente y Franco. Hasta febrero de 1944 se sucedieron otras seis comunicaciones del dictador, con cuatro contestaciones por parte del pretendiente, pero en ellas no encontraremos más que posiciones enrocadas de una y otra parte. Franco seguía dirigiéndose a Juan de Borbón de forma cariñosa y educada, paternal, remarcando una y otra vez que no hiciera caso de “elementos fracasados, extranjerizados o disidentes, apartados de la comunidad política nacional”[4], pero también vemos crecer su irritación. En las primeras de estas cartas se limitaba a adoctrinar y justificar su régimen y la necesidad por parte del pretendiente de adecuarse a sus tiempos y circunstancias. A continuación se centraba en pedirle “en servicio de la Patria, la máxima discreción en el príncipe, evitando todo acto o manifestación que pueda tender a menoscabar el prestigio y autoridad del régimen español ante el exterior y la unidad de los españoles en el interior”[5]. En las siguientes misivas acusó directamente a quienes le impulsan a “jugar la absurda carta de la ruptura […] Conozco los esfuerzos de los López Oliván, de los Gil Robles y de los Sainz Rodríguez para decidiros. ¡Cartas viejas, jugadas desacreditadas y perdidas!”, “No hagáis caso de lo que del extranjero puedan insinuaros; las promesas a Polonia, al Rey Pedro de Yugoslavia, al de Grecia, a Victor Manuel, a Giraud y a tantos otros, se esfumaron ante las realidades. Pesan más Stalin, Tito, los guerrilleros griegos o los comunistas franceses que los convencionalismos y las promesas a gobiernos y a monarcas.” [6]  En esta carta también insinuaba retirarle su condición de pretendiente oficial, pues su figura ya aparecía como “semejante a la del príncipe heredero”. El 7 de febrero de 1944 Franco escribió una última carta y envió un telegrama desde el Ministerio de AA.EE. donde tras las declaraciones del pretendiente a un periódico argentino, anunciaba la ruptura. “Mis cartas han tratado en todo momento de vencer vuestra obstinación y lamento de todo corazón divergencias fundadas en el evidente error de que no queréis salir”, su problema residía en “el desconocimiento absoluto de las realidades españolas, justificado precisamente por trece años de ausencia”, despidiéndose con un “que Dios ilumine vuestro entendimiento, os perdone vuestros errores y maldiga a quienes os apartan del recto camino.”[7]

Las contestaciones de Juan de Borbón son más exiguas y directas. Carecen de toda la retórica y la argumentación que utiliza el dictador, al que se dirige de forma más brusca y seca. Ante la situación internacional y la posibilidad de “un movimiento subversivo triunfante” en el propio interior de España, la única solución era la monárquica. Las condiciones que le ponía Franco eran inadmisibles, lo que le llevaba a la ruptura y “me obligaría a recurrir al único medio que las circunstancias me dejan: informar a la opinión pública con la plena exposición de los hechos.” [8] Si Franco le acusaba de desconocer la realidad española, él replicaba que “con unanimidad casi absoluta […] incluso las [figuras con las que ha contactado] más ligadas personalmente a V.E. y al régimen nacional-sindicalista, coinciden en sentirse gravemente angustiadas respecto al futuro de nuestra Patria”. Se negaba a identificarse “con el Estado falangista por estimar que ello era incompatible con la esencia misma de la Monarquía, que ha de ser genuina y absolutamente nacional y para todos los españoles” [9], quejándose del trato recibido y de la manipulación de la prensa franquista. Su última comunicación fue un telegrama donde le avisaba de las declaraciones a la prensa argentina que acababa de realizar, apelando a su patriotismo para llegar a un acuerdo que restaure en breve la Monarquía “y salvando a España de peligros una nueva guerra civil [sic]”[10]

[1] DE LA CIERVA (1997) p. 185-191

[2] Ibidem 250-251

[3] Ibidem p. 255-258

[4] SAINZ RODRÍGUEZ (1981) p. 355. La cita corresponde a su carta del 27 de mayo de 1943, respuesta directa a la del 8 de marzo.

[5] Ibidem p.359. Telegrama del 8 de agosto de 1943.

[6] Ibidem pp.359-361. Son citas de la carta del 25 de enero de 1944

[7] Ibidem pp.363-364

[8] Ibidem p.358. Las dos citas son de la carta del 3 de agosto de 1943

[9] Ibidem p.361-362. Ambas citas de la carta del 25 de enero de 1941

[10] SAINZ RODRÍGUEZ (1981)p. 363. Telegrama del 3 de febrero de 1944.