Historia

Castelar en la Restauración

Castelar en la Restauración

Es evidente que Emilio Castelar fue uno de los personajes más populares y celebrados de la segunda mitad del siglo XIX. En Julio de 1908, el entonces Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura, inauguró el monumento que aún podemos ver en mitad del Paseo de la Castellana madrileño. En él, Benlliure plasmó muchas de las características que para sus coetáneos representó la figura de Castelar. El gran orador congelado en un momento de exaltación discursiva entre dos bancos del Congreso, la Elocuencia (o la Verdad o la Inspiración según las fuentes) rendida a los pies del orador. Cicerón y Demóstenes deslumbrados ante la grandeza del patricio. Un obrero, un soldado y un estudiante (el trabajo, la fuerza y el estudio) ascendiendo por su retórica y acción. Los artilleros agradecidos, los esclavos liberados gracias a la Patria, y las Tres Gracias, diosas de la creatividad (y representantes de las tres virtudes masónicas: la belleza, la sabiduría y la fuerza), coronando el conjunto. Eso sí, más allá de la triada revolucionaria, Libertad, Igualdad, Fraternidad, sobre la que se encaraman las gracias, echamos en falta cualquier referencia al principal adjetivo que caracterizó la carrera castelarina: republicano. Tampoco encontramos referencia religiosa alguna en el mismo. Quizá resultara polémica en un homenaje a quien durante décadas fue el paladín de la separación Iglesia/Estado, pese al considerarse a si mismo el propio Castelar como profundamente católico y religioso.

Este monumento simboliza como pocos la integración en el régimen de la Restauración de uno de sus principales opositores. Nos dice Tusell: “el que en la capital se elevara un monumento a un personaje que había sido de la oposición contraria al régimen significa que aquel régimen pretendió atraer a los que estaban en sus márgenes, aunque fuera en la letra, en papel escrito, y no en el fondo, porque España no estaba preparada entonces para un sistema verdaderamente democrático, estable con capacidad de funcionar”[1]. Y ese es el propósito de este Estado de la Cuestión, reflexionar respecto a la evolución de Castelar durante la Restauración, desde aquel 3 de enero de 1874 en que pierde la Presidencia del Poder Ejecutivo, y la misma República, hasta el momento en que fallece en 1899, convertido en Padre de la Patria.  Veinticinco años de presencia constante en la primera línea de la vida pública, con enorme protagonismo pese a estar alejado del poder, pero con cierta influencia respecto a la evolución del propio régimen monárquico, sin dejar de ser nunca un personaje polémico, admirado y denostado al mismo tiempo. Detallaré en este estado de la cuestión la principal bibliografía existente sobre su figura y las diferentes visiones que nos aportan del personaje. Me centraré en su justificación ideológica y política durante el periodo, en el corpus argumental que le llevó a “aceptar” la institución monárquica, y de paso intentar esclarecer si la evolución fue mayor en el régimen y en la propia institución o en el entramado retórico del mismo Castelar.  Por necesidades de espacio, prácticamente no entraremos en detalle en múltiples facetas del personaje, como su relación con el resto del republicanismo, su concepción de la política exterior o el colonialismo, sus relaciones con el ejército, o su proyección internacional.

. Fotografía de MUÑOZ DE BAENA. El presidente del Consejo, D. Antonio Maura, en el momento de descubrir el monumento a Castelar. Madrid. HOJAS REVISTA MADRID. 8 de Julio de 1908

Nos avisa Tusell también que “si vemos a Emilio Castelar en claroscuro es porque todavía no ha tenido un gran biógrafo”[2].  Quizá esta falta resida en la ingente producción del personaje y la dificultad que puede provocar sumergirse en tal cantidad de libros publicados, artículos, discursos y epistolarios. Pero tiene razón Tusell, la bibliografía centrada en Castelar es escasa y repetitiva. Si bien en la bibliografía del sexenio aparece con un papel principal, en las obras generales sobre la Restauración solo se muestra como un personaje secundario, citado constantemente, pero al que se dedica poca atención en si mismo. Apenas podemos encontrar dos biografías editadas, y algún pequeño ensayo introductorio, frente a cientos de artículos de fondo glosando el personaje, pero que prácticamente no aportan novedades.

Aunque existían algunas biografías coetáneas, como dos de su secretario Gines Alebróla, la de Manuel González Araco en el mismo 1900, o la de Luis Guarner en 1930, la biografía canónica de Castelar fue publicada en 1966 por Carmen Llorca. Se trata de una hagiografía minuciosa, amplia y bien documentada, pero muy ideologizada y repleta de sentencias y afirmaciones extemporáneas, más propias del entorno y el contexto en el que fue redactada. El tono es ampuloso, parece querer imitar la prosa del propio biografiado. En todo momento justifica y defiende su actuación sin ningún tipo de reserva, Castelar es para Llorca “la combinación de un gran historiador que ve el futuro y de un hombre de gobierno que no puede convencer a su época […] ahora se tiene la impresión de que fue un profeta”[3]. Políticamente, tras el golpe de enero de 1874, cree que a Castelar le falta audacia, pues era ampliamente ensalzado tanto por los golpistas como por la opinión publica. Muy por el contrario, él ya estaría pensando en otras generaciones, no tiene prisa, se mantiene expectante a los acontecimientos y habría optado por formar su propio partido ante la experiencia del anterior partido republicano, donde sus principales componentes habían estado ligados por las ideas, pero eran incompatibles en su proceder. Castelar adopta en entonces la divisa “Nada por el poder, todo por la nación”. Estaría convencido en regresar al poder por aclamación popular, pero las maniobras (principalmente) de Sagasta y la indecisión de Serrano lo imposibilitan. Tras Sagunto, guardaría un airoso silencio tras comprobar su soledad, en un momento en que no puede contar con ninguno de sus amigos republicanos. Al desterrar Cánovas a Ruiz Zorrilla, se ausenta de España como protesta y en solidaridad republicana (la Restauración es una “reacción desenfrenada), pero dejando siempre las puertas abiertas. En ese momento, no tendría más aspiración que formar parte de la oposición en la nueva asamblea a convocarse, Cortes que más que por el terror, se caracterizarían por el temor de los presentes al pasado, a tener que dar explicaciones sobre sus comportamientos anteriores. Una vez en ellas, Castelar busca abrir una grieta en aquella uniformidad de criterios, defenderse de las acusaciones y proclamar su fe republicana. Es la voz de la oposición, de la crítica, con numerosas intervenciones escandalosas, pero en el fondo la presencia de Castelar será un éxito para Cánovas, quien a su vez le protege, pues se convierte en un lujo imprescindible, una necesidad retórica, el elemento que hace parecer aquellas Cortes liberales. Su posibilismo es un partido de románticos, con posibilidades mínimas de alcanzar el poder, pese a las numerosas ocasiones en que lo habría acariciado y los constantes vaivenes y alianzas. Su programa es de estricta legalidad, el lenguaje revolucionario debe sustituirse por una actitud diplomática. En el fondo, buscaría modificar el pensamiento español, hacer vibrar la sensibilidad de las masas. Para Llorca todos los que antes de 1868 se denominaban demócratas ahora se llamarán republicanos. “La República de Castelar se diferenciaba de una monarquía constitucional en principios teóricos que representaban la modernidad histórica de la democracia y la vejez, digámoslo así, de la monarquía como régimen”[4]. Sus grandes batallas desde ese momento serán el sufragio universal, la libertad de asociación y el Jurado, su programa se basa en restablecer la Revolución de Septiembre. La crítica a la institución y la dinastía será constante, pero Castelar es un perfecto caballero, y así se comportará especialmente durante la Regencia. Al final, la autora nos dice que Sagasta buscaba un credo político y se apropió del de Castelar. Su retiro en 1888 estaría más provocado por el cansancio que por una claudicación, “debido a la paz en su vida política y el declive en su vida biológica. Se da cuenta, y tiene razón, que las libertades que el Gobierno Sagasta se ve obligado a conceder son el producto [de su] esfuerzo revolucionario”[5]. Frente a las críticas, “se contradecía más en la apariencia que en el fondo”[6], su discurso es de conciliación y satisfacción, cree en el triunfo de su idea evolucionista. Su etapa final será la de un patriota, convertido en un recuerdo del pasado, en un héroe del porvenir.

La segunda biografía fue elaborada por Jorge Vilches en 2001. Bien escrita, mucho menos ideologizada, nos presenta un personaje bien definido en su contexto, sin eludir ninguna de sus aristas y buscando cierta imparcialidad en su juicio pese a la defensa general que realiza de su actuación. Es una biografía narrativa, limpia y suficiente, pero en ocasiones sospechosamente similar a la de Llorca. Eso sí, dedica un mayor esfuerzo a desarrollar el argumentario político de Castelar. Su principal error fue estratégico. Para Castelar toda la Restauración sería un episodio más del sexenio, la opinión pública seguía anclada en el discurso revolucionario, y estaba convencido de que un más que probable triunfo de los constitucionales y los posibilistas llevarían como en 1973 a unas cortes radicales que acabarían imponiéndose al Rey. Alfonso XII fracasaría y la monarquía caería por “descomposición interior”, al igual que ocurrió con la República, la institución monárquica era incompatible con la democracia y la libertad. Simplemente tenía que presentar a la República como el régimen de paz, orden y libertad. Defendió un republicanismo de orden, conservador, separado de todas las “sectas” federales o socialistas, con la Constitución de 1869 como faro, la necesidad de una presidencia fuerte y larga (7 años) y ayudada por un bicameralismo libremente elegido. Confiaba absolutamente en la eficacia del sufragio universal, pues sería la herramienta que automáticamente convertiría el régimen en representativo, alcanzando el principio de soberanía nacional. Mientras tanto, había que introducir los principios democráticos en el régimen monárquico, mediante procedimientos electorales y pacíficos, con una estrategia legalista, con el parlamento y la prensa como únicos focos de atención, abandonando todo tipo de insurgencia que ahuyentara las clases medias y conservadoras. La democracia no debía ser el producto de una imposición, sino de la asunción de una conciencia y de un comportamiento por parte de la sociedad. El gran objetivo final era centrarse en resolver los problemas de la hacienda, la administración, las colonias y la enseñanza. Durante los primeros años de la Restauración habría visto todo tipo de signos, como las diferencias entre los ministeriales, la oposición de los moderados, las fricciones de Cánovas con el Rey, o incluso la actitud de Isabel II, que le convencían de la provisionalidad de la situación y la posibilidad inmediata de heredar el poder. Pero la supuesta interinidad ira consolidándose y Castelar modificando sus posiciones, pues defendía, tal y como escribió en El Globo, “la necesidad de la política positiva y práctica, fundada, no en las supersticiones e intereses de la escuela y secta, [sino] en la observación diaria de esta sociedad”[7] Así el giro hacia un gobierno liberal le confortará, cree ratificada su estrategia al llamar un borbón al poder a un partido que sostenía el principio de soberanía nacional. “Si el advenimiento de Sagasta hace que la República venga más tarde, también hace que la República venga mucho mejor”[8]. Refuerza el carácter gubernamental y ministerial de su movimiento y ve como positivo el paso de Martos y la Izquierda Dinástica a la monarquía. Para Castelar será fundamental su estrategia benévola, la vuelta a la situación del sexenio, a un Rey condicionado por una votación parlamentaria. Convencido realizará constantemente una cerrada defensa de la actuación de los primeros gobiernos sagatistas, pese a seguir contraponiendo el principio de legitimidad monárquico al principio de soberanía nacional. Castelar sigue insistiendo en que la Nación había sido usurpada por las ilegalidades de los conservadores, llegando a declarar que “Alfonso XII no se había comportado como un ‘rey moderno’, pues sostuvo sus ‘privilegios personales’ y una ‘autoridad’ como ‘cualquiera de nuestros reyes absolutos’”[9], pero aplaudiendo a la vez la decisión de la Regente de dar el gobierno a Sagasta. La Regencia era “una disminución de la monarquía y un aumento de la democracia”. La actividad legislativa del gobierno largo provocará el entusiasmo de Castelar que ve cumplido su programa máximo, derechos individuales, de asociación, imprenta, jurado, reformas del ejército, los empleados públicos, las leyes provinciales y municipales. El anuncio de aprobación del sufragio universal ve colmadas sus esperanzas y conduce a un lógico desenlace. Es el momento en que proclama que “antes que republicano soy español”[10]. Castelar se retiró en el momento álgido de la puesta en marcha del programa democrático, convencido de estar viviendo en “plena democracia. Y un porvenir de progreso lento, pero seguro y ordenado, nos sonríe como a ningún otro pueblo del Continente”[11]. La monarquía constitucional era igual que una república muy conservadora. En medio de su retiro, durante el Desastre, hubo un momento en que Castelar fantaseo con regresar convertido en el Thiers español, en medio de la aclamación popular y gracias a la buena imagen que tendría su nuevo republicanismo, pero ni su salud ni la realidad lo permitieron.

Probablemente el análisis más denso e interesante respecto a Castelar lo encontramos en la Introducción que Dámaso de Lario realiza en su edición de la Crónica Internacional. Además de seleccionar y editar los textos que Castelar publicó en los últimos diez años de su vida, nos ofrece un amplio estudio del personaje, centrándose en sus presupuestos ideológicos. Su juicio es más negativo que los anteriores: “no supo resignarse a desempeñar el papel de perdedor y de forastero al sistema emergente, y busco la justificación que le permitiera estar en el sistema, sin pertenecer a él, centrando su lucha en lograr introducir ‘cuñas democráticas’, que hicieran menor ese mal mayor que representaba la Restauración. […] Si la teoría política castelariana era buena, su praxis no lo fue y con ello el desprestigio de su autor fue in crescendo. Se equivocó […] al colaborar con un régimen que chocaba con su ideario y conducía irremisiblemente al país a la situación anterior al sexenio revolucionario”[12]. Para De Lario el dramático hundimiento de la República le llevó a justificar la política de la Restauración hasta extremos insospechados. Castelar habría aceptado el papel de padre de la patria, siendo a veces contradictorio y poco coherente. En líneas generales, estaba enormemente preocupado por la mejora y el progreso de la sociedad española y su credo partía de los procesos revolucionarios franceses, siendo un fiel heredero de 1848: respeto al individuo, sufragio universal, libertad de imprenta, inviolabilidad del domicilio, asociación pacifica, libertad de crédito y de comercio, libertad religiosa. Tres habrían sido sus principios capitales, la libertad (obsesión presente en toda su producción y desarrollada en libertad de pensamiento e imprenta, religiosa y de asociación, siendo la abolición de la esclavitud una de sus principales batallas ), la democracia (con un sentido idílico, de base cristiana, conservadora, gubernamental, tan alejada de la monarquía como del socialismo) y la Republica (que entiende como la forma suprema de libertad y derecho, que supone la consecución de la justicia social). Para Castelar el origen de la república tiene naturaleza católica, es la monarquía quien tiene orígenes paganos. La conjunción democracia con libertad solo puede resolverse en el seno de una República, pero esta ni puede ser radical – pues se convertiría en una dictadura cesarista-, ni anticatólica – pues llevaría a la reacción monárquica. Su república debe ser conservadora, la única solución de la dicotomía tradición y derecho es la práctica de la soberanía por sus pueblos. De Lario también destaca el enorme componente religioso de su pensamiento. Su catolicismo estaría en la base de esa triada libertad, democracia, república. Eso sí, rechaza el integrismo y la intolerancia, su Dios es el Dios del amor, el de la fraternidad de las naciones. Es necesario compaginar catolicismo y libertad, de ahí su antijesuitismo y el apoyo que presta a las nuevas doctrinas de León XIII. Como sus demonios personales se configurarán el socialismo (destructor de la libertad) y el federalismo (retroceso respecto a la idea de nacionalidad- caben las federaciones entre nacionalidades formadas, no al revés). Por otro lado, Castelar habría tenido siempre muy presente el ejemplo francés, equiparando lo sucedido en la II República con el final de la suya propia y buscando soluciones a la situación actual en la evolución de la III República. Al final, se retira de la vida política al coincidir el gobierno liberal con su pensamiento. El mismo Castelar considera que traído el espíritu conservador a la democracia española, aunando el liberalismo radical y el republicanismo: “he podido democratizar [la monarquía] desde el Parlamento y no puedo servirla desde el Gobierno”[13]. Es el momento en que declara que la monarquía democrática es la fórmula de nuestra generación: “pues en el republicanismo español no hay más que sextas y sectarios”[14], del mismo modo que la experiencia democrática de Cánovas ha sido generadora de “una paz profunda y de una libertad sin límites”13. Pero hasta el final de sus días, seguirá considerando que la república es la fórmula ideal para el gobierno de los pueblos. Eso sí, pese a atacar monarcas y monárquicos, Castelar se cuidará mucho en sus últimos años de atacar la propia monarquía española. Pensamiento versus praxis.

De los estudios generales del periodo, destacamos la obra de Suarez Cortina dedicada al conjunto de los republicanos entre 1874 y 1930, que nos permite hacernos una idea de Castelar en relación con su entorno ideológico. Para el autor, el republicanismo tuvo que integrarse en una situación internacional compleja por el cambio político que supusieron los años 70, caracterizados por el miedo a la revolución social tras la Comuna y la capacidad de reacción de los sectores conservadores. Castelar, como muchos otros republicanos, bebe de un historicismo apoyado en el idealismo alemán. En numerosas ocasiones lo califica de democratacristiano. “El posibilismo nació como un partido que intentaba compatibilizar la democracia política con el conservadurismo social; de ahí sus postulados establecidos sobre la Constitución de 1869; […] y, sobre todo, alejamiento de cuantas medidas acercasen su experiencia política a la radicalización ya territorial, […] ya social”[15]. Castelar sería un personaje secundario de la cosmología republicana para Suarez, siendo el krausismo, tan denostado por él, la verdadera base del posterior republicanismo español. El republicanismo restauracionista, fuera del poder, habría diseñado fórmulas alternativas de reforma política, donde Castelar habría influido a la hora de establecer algunos logros liberales y democráticos. En juicio de Suarez, la monarquía mantuvo en su base el sistema doctrinario, en contraposición la República se consolidó como un ideal utópico para las masas y un amplio sector de la burguesía. La gran característica común al total de los republicanos sería la insistencia en buscar un sistema verdaderamente representativo.

La última de las fuentes que analizaré serán las ponencias de un congreso en torno a la figura de Castelar llevado a cabo en Petrer en 2001, donde varios especialistas presentaron diversos estudios en torno a su figura. Javier Tusell dio la conferencia inaugural. Para él, Castelar sería el modelo de orador barroco, y un protagonista de la política parlamentaria durante la Restauración. Equipara su idea de República a la civilización, con énfasis en la libertad, el sufragio universal y los derechos individuales inalienables, pero totalmente enfrentada a los excesos de una demagogia roja que serían los federales y otra demagogia blanca, que serían los carlistas. Quiso nutrir a la monarquía de un contenido compuesto por sus ideas básicas, pero presentándolas de un modo flexible: “mi conversión fue para asegurar el triunfo de la democracia, de su contenido programático, no de la cuestión del régimen propiamente dicho”[16]. Su partido y su acción no se definirían tanto por los contenidos sino por su procedimiento, el posibilista, lo que en cierto modo lo emparentaría con el posterior reformismo de Melquiades Álvarez. Si la República debió ser de orden, ahora la monarquía podría perdurar si se convierte en demócrata, y en buena medida esto sería producto de la evolución de la sociedad española. La Restauración se fue transformando y aplicando en el fondo el proyecto del mismo Castelar. Es un heredero de la revolución de 1848, un hijo de la de 1854 y el padre de la Gloriosa de 1868. Castelar en su muerte se convierte en vestigio universal, “por encima de su época […] una especie de héroe colectivo”[17].

Glicerio Sánchez Recio vincula la labor de Castelar a la aplicación en plena Restauración del programa máximo del Partido Demócrata isabelino. El partido fusionista, y después el liberal habrían sido el cauce seguido por los antiguos demócratas para integrarse en el régimen de la Restauración y desde dentro impulsar su liberalización. Castelar, tras perder el poder, habría entrado en una etapa en la que consiguió una plena autonomía política, amplia consideración social y el respeto de los dirigentes dinásticos, si bien todo esto condujo a acervadas críticas por parte del resto de republicanos. No habría abjurado de sus ideas y militancia republicana, sino que aceptó el régimen establecido, persiguiendo como primer objetivo político su democratización y aspirando a una futura República como régimen más idóneo para la consolidación de la democracia. Entre 1880 y 1891, momento evolutivo más importante del régimen, habría tenido una notable influencia.

Jorge Vilches también participó en este congreso con una ponencia donde situaba a Castelar dentro de la tradición revolucionaria republicana. Nos presenta su idea de Partido Demócrata Histórico castelarino como ejemplo del ideal conciliador, del orden con progreso que buscaba seducir a la izquierda liberal española. Castelar buscó acercar la idea republicana de orden a la opinión pública, introduciendo los derechos individuales y representativos mediante victorias electorales o parlamentarias, renegando en todo caso de cualquier tipo de insurrección. En todo caso, también constata una importante influencia de Castelar en la democratización del régimen.

Enrique Martínez Ruiz insiste en la vocación europeísta de Castelar, en cierto modo contradictorio, siempre tensionado entre un patriotismo exacerbado y un nacionalismo europeísta de corte mazziniano. En 1869 ya habría declarado que solo por la Republica puede España cumplir sus destinos en Europa. En el fondo, su idea europea concuerda con el marco de las revoluciones burguesas: superar el viejo orden monárquico, canalizando su impulso a la constitución de nuevas repúblicas asentadas en el concepto de estado-nación.

Por último, Juan Ramón Valero Escandell indaga en el nacionalismo castelarino. Nos dice que Castelar varió notablemente su esquema de valores a lo largo de su carrera política, llegando a ser incoherente y contradictorio, pero siempre mantuvo la veneración por la nación española, anteponiendo el nacionalismo a cualquier otro concepto. Este nacionalismo sería exacerbado, de un patriotismo irrenunciable. En él la nación sería un ente superestructural, superior al propio pueblo que la integra: “una nación es cierta comunidad de intereses y de ideas, en la cual se unen los hombres aproximados por el espacio para realizar el ideal humano y presentarse como una sola personalidad ante la historia”[18]. Así la columna vertebral de su actuación política habría sido la indisoluble unidad de la patria. En sus escritos asimila y confunde conceptos como pueblo, nación, democracia y República. La monarquía no es solo una forma inadecuada de gobierno, sino que atenta contra la esencia misma de la nación. El principio de soberanía nacional es un principio levantado frente a frente de la antigua monarquía, el sufragio universal es la expresión pura de la voluntad nacional, y como tal precede a la propia idea republicana. Castelar es defensor de la idea de la raza, de las afinidades de sangre, incluso el autor nos dice que al final de su vida se dejará llevar por teorías etnocéntricas que predican el darwinismo social: “los pueblos mayores dominan a los pueblos inferiores intelectual, política, materialmente, por una ley providencial ineludible”[19]. Pero en definitiva no dejó de ser un burgués liberal que siempre fluctuó entre ideas conservadoras y progresistas, propias de la Europa que le tocó vivir.

BIBLIOGRAFÍA

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CASTELAR, E. Sobre las causas de la quiebra de la República y otros discursos. Madrid. Centro Editor PDA. 2008

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  • GUTIERREZ LLORET, R.A. Republicanismo y posibilismo en la Restauración. El Partido Posibilista en Alicante.
  • MARTINEZ RUIZ, E. Castelar y la idea de Europa en el siglo XIX
  • SANCHEZ RECIO, G. Demócratas y federales en la segunda mitad del siglo XIX
  • TUSELL, J. Emilio Castelar y la política de su tiempo (Conferencia Inaugural)
  • VALERO ESCANDELL, J.R. Emilio Castelar, nacionalista español
  • VILCHES GARCÍA, J. Castelar y la tradición revolucionaria republicana
  • ZURITA ALDEGUER, R. Los partidos dinásticos: entre la vieja y la nueva política.

SUAREZ CORTINA, M. El gorro frigio. Liberalismo, Democracia y Republicanismo en la Restauración. Madrid. Biblioteca Nueva. 2000

TUSELL, J. Historia de España. La edad contemporánea. Vol II. Madrid. Editorial Taurus. 2001

VILCHES GARCÍA, J. Emilio Castelar, la Patria y la República. Madrid. Biblioteca Nueva. Edición Kindle. 2001.

 

[1] SANCHEZ RECIO (2001) P. 25

[2] SANCHEZ RECIO (2001). P. 15

[3] LLORCA (1966) p. 343

[4] LLORCA (1966) P. 270

[5] LLORCA (1966) p. 303

[6] LLORCA (1966). P.305

[7] VILCHES GARCÍA (2001) Posición 3819

[8] VILCHES GARCIA (2001) Posición 3832

[9] VILCHES GARCIA (2001) Posición 4315

[10] VILCHES GARCIA (2001) Posición 4437

[11] CASTELAR, E. El Globo. 29 octubre 1888

[12] CASTELAR (1982) p. 87

[13] CASTELAR (1982) p. 34

[14] CASTELAR (1982) p. 44

[15] SUAREZ CORTINA (2000) P. 74

[16] SANCHEZ RECIO (2001) P. 22

[17] SANCHEZ RECIO (2001) P. 25

[18] SANCHEZ RECIO (2001) P. 105

[19] SANCHEZ RECIO (2001) P. 112