Introducción a la Política Internacional- Pierre Renouvin / Jean-Baptiste Duroselle
Introducción a la Política Internacional- Pierre Renouvin / Jean-Baptiste Duroselle
Procedo a realizar la recensión de Introducción a la Política Internacional, editada en Madrid por Ediciones RIALP en 1968. Originalmente se publicó en Paris en 1964 por la editorial Librairie Armand Colin, bajo el título Introduction á l’histoire des relations internationales. Estamos ante una obra elaborada por Pierre Renouvin y Jean-Baptiste Duroselle. La traducción española es de Manuel Camacho de Ciria. He utilizado la primera edición de 585 páginas.
En una obra tan personal como la que analizamos, creo que es muy necesario detallar extensamente las carreras y contexto de sus autores. Pierre Renouvin (Paris, 1893) estudió derecho e historia en la Soborna, donde le sorprenderá la Gran Guerra nada más graduarse, incorporándose a ella con el grado de teniente. En 1916 es herido en combate perdiendo el pulgar de una mano y al año siguiente volverá a ser herido perdiendo el bazo contrario. Ese mismo año, 1917, el parlamento francés establecerá la creación de una biblioteca relacionada con la guerra que se convertiría al mismo tiempo en un laboratorio de historia. El gobierno encargará en 1920 a Renouvin, quien ejerce como profesor de secundaria en Orleans, la dirección del Servicio de Documentación de esta biblioteca inscrita en esta recién creada Sociedad de Historia de Guerra. Su llegada se produjo tras la publicación de un artículo donde Renouvin exponía la necesidad de estudiar las “causas profundas” de la guerra: “proponemos insistir en los aspectos económicos y morales de la guerra. Tendremos que iluminar (particularmente) la búsqueda de las causas fundamentales, pues la Historia, tal y como la concebimos aquí, no tiene como único objetivo recopilar y agrupar empíricamente buenos materiales, sino que tiende a una interpretación de síntesis que tiene en cuenta los diversos factores explicativos”[1]. La carrera de Renouvin quedará unida indisolublemente a esta institución que llegará a dirigir, y que posteriormente derivará en la Bibliothèque de Documentation Internationale Contemporaine, BDIC, hoy conocida como La Contemporaine, uno de los mayores centros de investigación mundiales sobre el siglo XX, aunando su gran biblioteca, un museo de la guerra y el archivo central francés sobre el siglo XX, y todo ello conectado a la Universidad de la Sorbona. Desde 1922 simultaneará su trabajo al frente del BDIC con la impartición de cursos sobre la historia de la guerra en la Sorbona, convirtiéndose en profesor estable de la misma en 1931, ya centrado en el estudio de las Relaciones Internacionales, y donde hoy existe un Instituto Pierre Renouvin en su memoria. Mediante su labor como redactor jefe de la Revue d’histoire de la Guerre mondiale entre 1923 y 1939, así como con la publicación en 1925 de Les origines inmédiates de la guerre (28 juin – 4 août 1914) y en 1934 de La crise européenne et la Grande Guerre (1914-1918), Renouvin se convierte en el historiador de referencia para la Primera Guerra Mundial, marcando claramente toda la historiografía francesa posterior. Hasta la década de los años 30 la historiografía estará aún muy centrada en la historia diplomática, política y militar. Sobre estas bases, y desde su cátedra en la Sorbona, Renouvin inaugura la disciplina de Historia de las Relaciones Internacionales, buscando ir más allá que el estudio de las meras relaciones diplomáticas, buscando esas “fuerzas profundas” que afectan a aquellos que toman las decisiones y destacando el papel que las propias Relaciones Internacionales desempeñan en el curso de los acontecimientos. Tras numerosas monografías sobre la materia, durante los años cincuenta y sesenta dirige para la editorial Hachette una Histoire des relations internationales desde la Edad Media a la actualidad, en ocho volúmenes de los que escribe los dos últimos que abarcan el periodo 1914 a 1945. Será también a finales de los años cincuenta cuando se convierta en presidente de la Fundación Nacional de Ciencias Políticas. El año de su jubilación en la Sorbona, 1964, publica junto con Jean-Baptiste Duroselle, esta Introduction à l’histoire des relations internationales que culmina su labor de décadas en la materia. Fallecerá en Paris en 1974.
Para muchos, Renouvin fue aplicando gradualmente los fundamentos de la Escuela de los Annales a la historia diplomática, pese a numerosas discrepancias públicas con destacados miembros de la misma. Será reconocido internacionalmente como un gran experto en la materia, ayudado en buena medida por su rigor, imparcialidad y su gran don de lenguas que le ayuda enormemente a trabajar sobre todo tipo de fuentes, pero curiosamente casi hasta el final de sus días mantendrá silencio sobre su experiencia en la guerra, “nunca pensó que su experiencia en el combate pudiera ayudarle de algún modo a reflexionar sobre el conflicto”1,. En el epílogo a su Histoire des relations internationales encontramos toda una declaración de principios respecto a su labor como historiador de las Relaciones Internacionales: “la política exterior está vinculada a toda la vida de los pueblos, a todas sus condiciones materiales y espirituales, al mismo tiempo que a la acción personal de los estadistas. En la búsqueda de explicaciones, que sigue siendo el objetivo esencial del trabajo histórico, el error principal sería aislar uno de estos factores y darle prioridad, o incluso querer establecer una jerarquía entre ellos. Las fuerzas económicas y demográficas, las corrientes de la psicología colectiva y el sentimiento nacional, las iniciativas gubernamentales se complementan y penetran entre sí; su respectivo porcentaje de influencia varía según los tiempos y según los estados. La investigación histórica debe tratar de determinar cuál ha sido esta participación. Ofrece así la oportunidad de reflexiones necesarias; pero no pretende dar recetas, mucho menos dictar lecciones.”[2].
Por su parte, la carrera de Jean-Baptiste Duroselle (Paris, 1917) está indisolublemente unida a la de su maestro Renouvin. En 1939 lo encontramos como su alumno en la Sorbona, pasando a ser su asistente personal en 1945, y decidiendo en ese momento su especialidad en Relaciones Internacionales. Tras desarrollar su carrera en las universidades de la Sorbona, Sarre y Lille, en 1964 heredará la cátedra de Historia Contemporánea de Renouvin en Paris donde enseña hasta 1984. Simultanea esta labor con el puesto de conferenciante en el Instituto de Estudios Políticos entre 1946 y 1983. El gobierno francés de la postguerra le encargará la presidencia de la comisión para la publicación de toda la documentación relacionada con la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose también en presidente del Instituto de Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas e incluso al final de su vida en presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas francesa. Así mismo en los años cincuenta fue el fundador del Center for Studies in International Relations, CERI con sede en Paris, siendo toda la vida un europeísta convencido. Falleció en Arradon en 1994.
Duroselle publicó numerosas obras sobre los siglos XIX y XX enfocadas en las Relaciones Internacionales, la historia de Europa y monografías sobre figuras como Clemenceau. Primero discípulo y posteriormente colaborador de Renouvin, muchos consideran a Duroselle el mejor ejemplo de la escuela francesa de Relaciones Internacionales, responsable de haber superado la influencia de la Escuela de los Annales, acercando la disciplina hacia el pluralismo. A su vez habría expandido el concepto de “fuerzas profundas” de Renouvin, poniendo en su lugar dos conceptos, “finalidades” y “causalidades”, que permitirían una explicación sistemática de estas Relaciones Internacionales. “Buscando crear un vínculo entre teoría e historia, y anclados en la defensa del método empírico de observación histórica, Duroselle aboga por el análisis de las Relaciones Internaciones identificando sus recurrencias. Las ‘regularidades’, las ‘reglas temporales’ y las ‘recetas’ son las expresiones conceptuales para esta comprensión”[3]
La publicación del libro que aquí tratamos supondría una renovación metodológica de gran calado en el estudio de las Relaciones Internacionales. Supuso la ruptura de “la primacía del documento escrito, básicamente el diplomático, como fuente histórica única; apostando por un enfoque científico, la “historia como problema”; basándose en el conocimiento interdisciplinar para la comprensión y explicación de los hechos históricos, especialmente de las relaciones internacionales, la sociología y la ciencia política y aceptándose la perspectiva “totalizadora” de acuerdo a los presupuestos de la ‘Nueva Historia’ […] De este modo la ‘escuela francesa’ de Historia de las Relaciones Internacionales, se impuso principalmente en Europa Occidental”[4].
El volumen se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera escrita por Renouvin y denominada “Las Fuerzas Profundas” intenta desgranar todas esas causas fundamentales que influirían determinantemente en las Relaciones Internacionales. En la segunda parte, “El Hombre de Estado”, Duroselle analiza el papel que han desempeñado la personalidad, las condiciones ambientales y las ideas de los dirigentes.
Para Renouvin las principales “fuerzas profundas” son las geográficas, las demográficas, las económicas y el sentimiento nacional. Detalla las mismas con infinidad de ejemplos que sobre todo se ocupan del periodo que va entre 1848 y 1939.
Los factores geográficos son la primera de las “fuerzas profundas” que estudia, descomponiéndolas en clima, relieve, hidrografía, riqueza del suelo y subsuelo, acceso al mar, el control de las vías de paso, la posición insular o el tamaño. Frente a los postulados de la geopolítica, su conclusión en este punto es que “el influjo de los factores geográficos en las relaciones no tiene el carácter de permanencia que, a primera vista, podría sentirse la tentación de atribuirle”[5]. El influjo humano y la revolución tecnológica se habrían conjugado para que dichos factores no tuvieran en la actualidad la importancia fundamental que habrían tenido en el pasado. De todos ellos solo el tamaño y la riqueza del subsuelo podrían considerarse aun como influencias fundamentales en las Relaciones Internacionales.
La explosión demográfica desde mediados del siglo XIX y la amplitud de las migraciones internacionales protagonizan su segundo capítulo. Respecto a la demografía, primero vincula la potencia demográfica al poder militar, si bien esta ecuación solo sería efectiva en aquellos casos donde se den condiciones sociales y económicas suficientes para mantener grandes efectivos militares. A continuación, vincula expansión demográfica con crecimiento económico, pero siempre bajo el peligro de sufrir una ‘superpoblación’, expone la necesidad de encontrar un óptimo poblacional que permita la sostenibilidad del sistema. Así, afirma que la superpoblación japonesa habría exacerbado el sentimiento de desigualdad social e influido por tanto en alentar el sentimiento imperialista. Por último, nos indica que la expansión demográfica podría modificar las tendencias de la “psicología colectiva”, por exceso de confianza o por la radicalidad o la impulsividad que podría significar una población excesivamente rejuvenecida. Sus conclusiones respecto a la influencia de la demografía en las Relaciones Internacionales no son concluyentes, pues encuentra ejemplos opuestos para rebatir cada una de estas tesis. Respecto a los movimientos migratorios constata que se producen grandes corrientes entre 1880 y 1914 y que estos tendrían grandes ventajas tanto hacia los países de destino como a los de acogida. En los países de origen estas ventajas serían el alivio de excesivas densidades poblacionales en determinadas regiones, un incentivo económico debido a las remesas, el incremento de las relaciones comerciales y el desarrollo de sus territorios coloniales, una garantía de paz interior al considerarse como una salida para aquellos “descontentos sociales” y el aumento de su influencia internacional al convertirse los inmigrantes en agentes de influencia cultural. Como inconvenientes estima la “perdida de sustancia” para el Estado originario, la aminoración del crecimiento demográfico en los mismos, y la disminución de los efectivos militares. En los países de destino, habrían ayudado al desarrollo de la economía agrícola e industrial, pero a la vez habrían supuesto inconvenientes como el freno de las condiciones salariales debido al exceso de la mano de obra o amenazas a la cohesión nacional. Tras 1919 encontraríamos una tendencia al cierre de fronteras que a su vez habría provocado graves tensiones internas en numerosos países europeos y asiáticos. Como conclusión, durante el libre desarrollo de las grandes migraciones, estas no habrían provocado los conflictos que sí podríamos constatar respecto a la materia a partir de 1919 cuando se restringe esta libertad de movimientos.
A los factores económicos, Renouvin dedica los siguientes tres capítulos. Los divide entre política comercial, políticas de cooperación y políticas financieras. Las políticas comerciales son tratadas en términos de conflicto y superioridad, las denomina “lucha económica entre los Estados: variaciones acaecidas en la política de intercambios; competencias entabladas en torno a los mercados de exportación, a las reservas de materias primas o a las grandes vías de comunicación marítima; guerras de tarifas aduaneras y medidas de embargo o de boicot encaminadas a paralizar las relaciones comerciales”[6]. El proteccionismo será el gran argumento a la hora de proteger las economías nacionales, con la excepción de Gran Bretaña que por su dominio comercial no la emplearía. Tras la Primera Guerra Mundial, este proteccionismo se radicalizaría con ejemplos como el ruso, el alemán o Italia, donde se llegaría a la autarquía. La imposición colonial de las grandes potencias, la creación de zonas de influencia económica, el control de las grandes vías de comunicación y la lucha por la obtención de materias primas serán los grandes campos de batalla. Las guerras aduaneras, los embargos, boicots comerciales serían las armas utilizadas por las potencias en esta lucha económica. No obstante, aquí también Renouvin se limita a mencionar estos factores, pero afirma que “es imposible, por tanto, aislar la significación del factor económico […] hay que procurar averiguar si su papel ha sido preponderante o simplemente subordinado: unas veces ha determinado u orientado la acción política; otras, le ha servido de arma”[7]. A las políticas de cooperación las denomina “Ententes”. Cree que son condiciones favorables para la colaboración política, pero se pregunta si tienen utilidad a la hora de mantener la paz internacional. Así las diferentes uniones aduaneras le han parecido fracasadas, así la germánica habría sido un simple instrumento en manos de la superioridad prusiana, del mismo modo que habría sucedido con casos como el franco-belga o el búlgaro-serbio. Otras formas de cooperación habrían sido los condominios coloniales y los repartos de zonas de influencia, el “reparto del mundo” por parte de los grandes Estados Industriales. Si hubieran supuesto mejores influencias para las Relaciones Internacionales la creación de “cárteles internacionales” en sectores como la metalurgia o la potasa. Pero vuelve a ser pesimista al respecto: “la acción económica, lejos de poder orientar la acción política, queda limitada a esperar su impulso”[8] . Para terminar con los factores económicos, dedica un capítulo a las cuestiones financieras y la expansión del mercado de capitales a partir de mediados del siglo XIX. Las inversiones de capital provendrán tanto de manos privadas como, y sobre todo, de la acción de los diferentes estados mediante la ayuda financiera. Ambas sí se configuran como influencias fundamentales en el desarrollo de las Relaciones internacionales, tanto como factor de paz como de conflicto. Aliviando la miseria de países subdesarrollados, pero a la vez potenciando políticas de armamentos, la expansión de zonas de influencia coloniales o ahogando financieramente a aquellos países “insolventes”. Como en el resto de los casos, Renouvin encuentra ejemplos contradictorios para demostrar la bondad o la perversidad, la influencia decisiva o la subalternidad de los diferentes movimientos financieros.
Renouvin desarrolla la identidad en dos capítulos, dedicados a “El Sentimiento Nacional” y “Los Nacionalismos”. Define el sentimiento nacional como la manifestación más allá de la identidad grupal o familiar de “ideas o de emociones colectivas que se desenvuelven en el seno de una comunidad humana, cuyos miembros tienen conciencia de la solidaridad de intereses o de tradiciones que les une y están dispuestos- en caso de choque con las comunidades vecinas- a sacrificas sus intereses individuales a los del grupo a que pertenecen”[9]. Territorio, raza, lengua, historia, tradición, religión, economía, son elementos que habrían ido configurando un conflictivo concepto de nación. Pero todos ellos son problemáticos, pues si en algunos casos componen un elemento esencial de cohesión, encontramos también ejemplos contrarios donde se difuminan. Por otra parte, la historia europea del siglo XIX y XX estaría marcada por el movimiento de las nacionalidades, en ocasiones de forma asociativa, en otros casos disociativa. Fuera de Europa, el sentimiento nacional encontraría elementos diferenciadores, no pudiendo relacionar claramente los procesos en países tan diferentes como EEUU, Brasil, China, la India o las diferentes naciones del despertar árabe tras la descomposición otomana. Para Renouvin, el sentimiento nacional, incluso el “principio de nacionalidades” wilsoniano ha significado “una causa profunda de perturbaciones en las Relaciones Internacionales”[10]. El nacionalismo es presentado como la exaltación del “sentimiento nacional”, y por tanto la visión que presenta del mismo es claramente negativa. Es irrespetuoso con los derechos de las demás naciones, expansionista, y suprematista. Habría un momento en que la izquierda se habría hecho pacifista, recogiendo por tanto la derecha como suyo todo el campo nacionalista, desde entonces enfrentado radicalmente al internacionalismo. Este último sería un nacionalismo pesimista, ansioso, defensivo y conservador. Aun así, cada nación tendría un nacionalismo con rasgos diferenciadores al resto, siendo sus principales móviles económicos, el “temperamento” de cada pueblo, la creencia en un “destino manifiesto”, o las afinidades ideológicas o religiosas.
El último capitulo de la primera parte lo dedica al “sentimiento pacifista”, al que vincula con el cosmopolitismo del siglo XVIII y el internacionalismo posterior. Sería un sentimiento humanitario y de conciencia moral, teniendo sus anclas en los reformadores sociales y religiosos. Aquí es esencial la influencia de las doctrinas socialistas, las diferentes internacionales defenderán un concepto de la pobreza como gran causante de la guerra y del interés de la clase obrera en el mantenimiento de la paz. En este punto el debate principal será la posibilidad o no de establecer un sistema internacional con capacidad de imponerse de forma coercitiva que evite el recurso a la guerra.
Duroselle inicia la segunda parte con el estudio de la “Personalidad del Hombre de Estado”. Tras describir varios intentos de establecer una tipología del carácter, se decide por la escuela de la caracterología, que establece que el ser humano se caracteriza por su emotividad, actividad y repercusión. La personalidad por su parte se compondría de factores innatos y adquiridos. En base a estos cimientos, procede a definir y ejemplarizar diferentes personalidades. Así encontramos el doctrinario (Hitler/Lenin), el oportunista (Bismarck/Lloyd George), el luchador (Clemenceau/también Bismarck), el conciliador (Briand), el idealista (Wilson), el cínico (otra vez Bismarck/ Hitler/Mussolini), el rígido (Hoover), el imaginativo (F.D. Roosvelt), el jugador (Mussolini/Napoleón), el prudente (Luis Felipe). Duroselle concluye tras su enumeración que pese a ser imposible enumerar completamente los hombres y sus personalidades, “el interés de conocer, en cuanto sea posible, la personalidad de los hombres de Estado no ha sido nunca ajeno a los gobiernos ni a los diplomáticos”[11].
En el siguiente capítulo analiza la noción de “interés nacional”, en oposición al particular “interés del príncipe”. Este interés nacional solo podría vincularse al desarrollo de las instituciones democráticas. Sería el National Interest wilsoniano frente a los Special Interests. Así la “finalidad” aparece como principal determinante en el hombre de Estado. Esta finalidad puede ser moral, económica o ideológica. Aquí asistimos al combate entre estas posiciones idealistas con las realistas que personifica Morgenthau. Dos dicotomías a resolver son la posibilidad de ver si moral privada y este “interés nacional” puede coincidir con el interés de toda la humanidad, y por otra parte si este “interés nacional” no es más que el enmascaramiento de intereses más egoístas. Ejemplos de ello sería la supremacía electoral en las democracias parlamentarias, la existencia de “misiones civilizadoras” a la hora de considerar el colonialismo, o la discusión socialista respecto a la imparcialidad o la instrumentalización del Estado por parte de la burguesía. Por último, el “interés nacional” tiene a la vez connotaciones de seguridad, soberanía, o promoción de determinada ideología. El concepto de “seguridad colectiva” se establece como un desarrollo lógico del propio interés nacional.
Dedica dos capítulos a la relación entre las fuerzas profundas que Renouvin definió anteriormente y los hombres de Estado. El ser humano soporta claramente múltiples presiones, sean estas directas, indirectas, sociales o ambientales. Entre las directas destaca la gestión diaria que estos hombres de Estado hacen de sus asuntos, en las indirectas la influencia de los diferentes grupos de presión a su alrededor. Dentro de las ambientales el hombre de Estado debe informarse y tener en cuenta la situación de la opinión pública y la coyuntura económica, la presión social se referiría más a los grupos sociales, lingüísticos, religiosos o geográficos donde se reclutan estos hombres de Estado. La educación del estadista aparece aquí como un elemento esencial. Pero si bien la sociedad imprimiría su huella en el individuo, Duroselle también establece como conclusión que el estadista puede modificar todas esas fuerzas exteriores. De este modo, en el segundo capítulo analiza las formas en que estos hombres de Estado pueden actuar sobre dichas fuerzas, sobre los acontecimientos concretos. Quiere establecer si es posible “transformar de modo decisivo las estructuras profundas de la nación, o si tales estructuras están sometidas a grandes leyes ineluctables”[12]. Frente a las certezas del materialismo histórico, establece que, si de forma general no podemos resolver el problema de la acción del hombre sobre las estructuras, si debemos analizar aquellos casos donde los gobernantes sí han intentado transformar las “fuerzas profundas”. Utiliza el caso francés y el mexicano como ejemplo de casos donde sí podemos encontrar reformas radicales, y en oposición a las fuerzas predominantes. El nazismo aparece como el gran ejemplo de acción sobre las fuerzas psicológicas colectivas. Para terminar, nos dice que el progreso y la revolución tecnológica ponen en manos de los hombres de Estado nuevas herramientas que posibilitarán multiplicar su poder efectivo sobre estas “fuerzas profundas”.
El último capítulo de la segunda parte la dedica al estudio de la toma de decisiones, destacando su carácter primordial en la tarea del historiador. Tanto desde el punto de vista de su origen y la forma en que son tomadas, a la explicación de las mismas. Primero se pregunta sobre quien es realmente el agente de la decisión, sobre todo en aquellas direcciones colectivas. A continuación, analiza las diferentes formas que toman las explicaciones a esas decisiones, pudiendo ser estas de origen causal o finalista, sin olvidarse de los medios disponibles para poder tomarlas o los objetivos buscados. Descarta que las decisiones sigan las premisas de la Teoría de la Elección Racional y especialmente la Teoría de Juegos debido a la imposibilidad de tener un pleno conocimiento de causa. Termina el capitulo analizando tres ejemplos contemporáneos de decisiones diplomáticas con graves consecuencias, el canje entre Francia y Alemania del Congo por Marruecos, la ruptura de relaciones entre EEUU y Alemania en la Primera Guerra Mundial y la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial.
El libro termina con un capítulo de conclusiones. Frente a aquellos historiadores que basan todo su análisis en las condiciones económicas y demográficas, los que creen que lo esencial son las ideologías e identidades, y los que piensan que lo principal son las decisiones y actos de los dirigentes, los autores aducen la necesidad de integrar todas ellas si queremos un análisis correcto. Estamos en los inicios de una nueva disciplina y aun no tenemos estudios suficientes que corroboren alguna de estas hipótesis. Será cada materia a estudiar y cada especialista quien deba investigar todos ellos y decidir cual debe primar. De este modo, y siguiendo su propio método multidisciplinar entran a analizar dos fenómenos contemporáneos: el colonialismo y las causas de la guerra. Así el colonialismo sería una de las principales causas de conflicto en las Relaciones Internacionales. Sus móviles serían sobre todo económicos y comerciales, en menor medida también demográficos y estratégicos, pero también procederían de incentivos ligados a la psicología de grupos social: expansión ideológica o religiosa, aspiracional de parte de la población o la “misión manifiesta” de algunos países. Pero si entramos en cada caso veremos que unos motivos prevalecen sobre otros, de forma que esas preocupaciones económicas y financieras serían, según el caso, móviles o instrumentos de la acción política. Respecto a las causas de las guerras, analiza la guerra francoprusiana de 1870 y el origen de las dos guerras mundiales. Si en la primera encuentra sobre todo motivaciones ligadas a la acción personal de los hombres de Estado, para la guerra de 1914 encuentra problemas más complejos. Aquí si hubieran tenido más importancia las presiones demográficas y los intereses económicos nacionales, unida a la rivalidad colonial que habría acrecentado las rivalidades y el papel de las iniciativas individuales. Pero sobre todo en los orígenes de la Primera Guerra Mundial encuentra el empuje de los distintos nacionalismos que habrían ayudado a desestabilizar Europa desde 1890 y provocado el estado de ánimo que llevó a la guerra. La reivindicación alemana del “espacio vital” sería la gran causa de la segunda guerra mundial, basándose esta en móviles demográficos y económicos. Pero en último término, el elemento esencial explicativo de su origen estaría en la voluntad de un hombre o un grupo de hombres. La conclusión del libro es clara: “para el historiador, el único medio de evitar los grandes errores en el estudio de las Relaciones Internacionales es conservar una constante flexibilidad de criterio”[13].
El juicio crítico y personal es sin duda la parte más complicada de cualquier recensión. Y en este caso confieso que, quizá debido a mi procedencia (politólogo), esta ha sido una obra que me ha resultado de extrema dificultad. Conociendo mínimamente la Teoría de las Relaciones Internacionales, su evolución, principales escuelas y tendencias actuales, la lectura de esta obra provoca cierto asombro, pues está plagada de afirmaciones e hipótesis que hoy en día están completamente descartadas. Pero, por otra parte, considero que la hipótesis general de la obra es absolutamente vigente hoy en día, así como que situada en su contexto marca un hito en el desarrollo de la disciplina de las Relaciones Internacionales. De ahí la necesidad que he tenido de investigar con cierto detalle la carrera y el contexto de los autores y de realizar posteriormente un resumen esquematizado, pero lo más totalizador posible, del contenido del volumen, intentando reflejar de la forma más imparcial sus hipótesis y conclusiones.
Posiblemente, uno de los grandes problemas del libro es su propio título en español, Introducción a la Política Internacional, pues en el contexto actual nos lleva a cierta equivocación. Quizá sería más acertado su traducción literal o incluso Metodología (epistemología) para la Historia de las Relaciones Internacionales. Pues en realidad estamos ante un libro de metodología, de reflexión respecto al enfoque que el investigador puede y debe aplicar a la hora de acercarse a la historia de las mismas. Frente a la tradicional Historia Diplomática basada en la recopilación de documentos y tratados o el estudio de las iniciativas y decisiones de los gobernantes, los autores abren en este volumen nuevas perspectivas dando paso a una historia integral, científica y multidisciplinar. Y lo hacen abiertamente, desarrollando sus hipótesis con multitud de ejemplos que las demostrarían, pero a la vez introduciendo casos que las contradigan, pues en todo momento recalcan la necesidad de profundizar y esperar a estudios en campos que aún no han sido explorados. Lo fundamental es el camino, no tanto los resultados que en ese momento pueden mostrarnos. En todo momento se muestran prudentes respecto al alcance de sus teorías, señalan su incapacidad para afirmar una u otra, ejemplarizando esa “constante flexibilidad de criterio” que mencionan al final del libro.
El camino que Renouvin y Duroselle indican nos lleva hacia la elaboración de la “historia total” que marcaba la Escuela de los Annales, a buscar la lógica detrás de las decisiones individuales y colectivas, a investigar el proceso llevado a cabo para tomar las mismas y su contexto, ampliando los medios utilizados para ello, valorando las condiciones ambientales, económicas, ideológicas o religiosas, y relacionando estas con la mentalidad colectiva. Buscan explicaciones causales, razonadas e integradoras sobre los fenómenos históricos. Y de esta forma, difícilmente podríamos discutir hoy estos planteamientos, pues consideramos que mantienen toda su vigencia.
Otra cosa distinta es toda una serie de factores que hoy ensombrecen el volumen, sin afectar al núcleo principal que mencionábamos. Voy a citar los tres principales que he encontrado. El primero es su desconexión en cierto modo con las circunstancias y teorías contemporáneas de la disciplina en aquel momento. Para un libro de mediados de los años sesenta, ignora toda una serie de procesos y marcos teóricos que a mi modo de ver desvirtúan la obra. La teoría de las Relaciones Internacionales es una disciplina de clara hegemonía norteamericana, con cierta participación inglesa, de allí han partido y desarrollado las principales escuelas y movimientos desde los años 20 a la actualidad. Renouvin ignora completamente en sus textos toda referencia teórica exterior, Duroselle sí intenta refutar en cierto modo algunas de esas teorías, haciendo mención al realismo de Morgenthau, a las teorías de la Elección Racional o al marxismo y la teoría crítica. Pero todas ellas son analizadas en los márgenes del volumen, sin profundizar en ellas, cuando claramente pueden ser un marco estructural de primer orden a la hora de iniciar cualquier investigación histórica, que queramos o no siempre reflejará un punto de vista teórico o ideológico. Echamos en falta dicha estructura teórica en el planteamiento de los autores. Además, tenemos la sensación de estar ante un libro antiguo, desfasado ya para aquel momento por el tratamiento a procesos que en 1964 ya tenían un desarrollo lo suficientemente importante o una dimensión para ser tomados en cuenta. Claro ejemplo es el capítulo dedicado a las “Ententes”, vocablo arcaico para definir procesos que en ese momento ya estaban cristalizados. Lo mismo nos ocurre cuando se refieren al colonialismo, pues creemos que obvia todas las consecuencias teóricas derivadas de la descolonización.
Mi segundo gran hándicap a la hora de abordar el análisis del libro ha sido la cantidad de afirmaciones que desde el punto de vista actual caracterizaríamos como erróneas. Claro ejemplo son las continuas alusiones a un supuesto temperamento moral de los pueblos o los juicios valorativos a la hora de definir las diferentes personalidades de los hombres de Estado. Sin querer extenderme ejemplarizo mis dudas en el primer epígrafe del primer capítulo de la obra, el dedicado a las condiciones geográficas, donde encontramos aseveraciones del tipo: “la actividad óptima del obrero se alcanza en las regiones de temperaturas ‘medias’ […] los grandes Estados modernos se han desarrollado precisamente en las zonas de clima templado” (Pg. 10), o “La naturaleza del suelo ha influido también en el temperamento y el carácter de los pueblos: en las regiones de suelo pobre, donde el hombre se ve obligado a mantener una lucha más áspera con la naturaleza, los habitantes han adquirido un mayor vigor físico- algunos dicen que incluso moral- que les ha permitido lograr un ascendiente político sobre las poblaciones vecinas” (Pg. 17). Estamos ante una gran cantidad de estereotipos que hoy descartaríamos totalmente.
Por último, como tercer factor, también nos extraña la falta de mención alguna al marco político, institucional e incluso al Derecho Internacional, que en esta materia deberían ser medios de conocimiento de primer orden. Cuando Renouvin nos presenta su esquema de “fuerzas profundas” ya nos indica que no puede ser exhaustivo con las mismas, sino que nos está presentando aquellas que a su entender pudieran ser más significativas a la hora de profundizar en una investigación histórica. Un ejemplo es la falta de análisis de la opinión pública, que ellos mismos excusan en la Introducción del volumen. Pero claramente echamos en falta la necesidad de tener muy en cuenta el constitucionalismo comparado, la necesidad de entender en cada caso las circunstancias, normas y contextos políticos que desembocan en las decisiones y las formas de actuar de esos hombres de Estado. Durante la lectura del volumen asistimos a toda una serie de ejemplos y comparativas entre regímenes y estructuras contrapuestas, sin que esta diferencia institucional sea señalada. Así nos encontramos los regímenes de Hitler o Mussolini comparados con la acción de Wilson o Clemenceau, sin aclarar estas diferencias institucionales que creo son fundamentales. Por otro lado, se maneja un concepto de democracia liberal como un tipo uniforme que queda bastante lejos de la realidad histórica.
Pese a estas carencias, personalmente considero que el análisis de esta obra me ha sido de gran utilidad para reflexionar sobre la propia materia de las Relaciones Internacionales, sobre la metodología y la finalidad del trabajo histórico, así como me ha ayudado enormemente a ensanchar mis conocimientos sobre el periodo 1870/1945.
[1] SALES, Véronique (Coord.). Les historiens (BECKER, Annette. BECKER, Jean-Jaques. Capítulo: Pierre Renouvin) Paris. Armand Colin. 2003. (Traducción propia)
[2] RENOUVIN, Pierre. Histoire des relations internationales, Les crises du XXe siècle (t. VIII). Paris. Hachette. 1958 (Traducción propia)
[3] MENDELSKI, Bruno. The Historiography of International Relations: Martin Wight in Fresh Conversation with Duroselle and Morgenthau. Rio de Janeiro. Contexto Internacional vol. 40. 2018. (Traducción propia)
[4] PEREIRA CASTAÑARES, Juan Carlos. De la Historia Diplomática a la Historia de las Relaciones Internacionales: algo más que el cambio de un término. Madrid. Historia Contemporanea Nº7.1992.
[5] RENOUVIN, Pierre. DUROSELLE, Jean-Baptiste. Introducción a la Política Internacional. Madrid. Rialp. 1968. Pg. 32
[6] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 72
[7] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 119
[8] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 143
[9] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 195
[10] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 239
[11] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 351
[12] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 435
[13] RENOUVIN, DUROSELLE (1968). Pg. 514

