El PSOE y la Dictadura de Primo de Rivera
El PSOE y la Dictadura de Primo de Rivera
1. Introducción
El pasado octubre, durante una entrevista en El País coetánea a la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, Cayetana Álvarez de Toledo declaró: “Que tengan cuidado no vaya a ser que desenterrando a José Antonio aparezcan los vínculos del PSOE con la dictadura del padre”[1]. La alusión a esta colaboración con la dictadura primorriverista ha sido un argumento constantemente utilizado por posiciones contrarias a los socialistas, tanto desde la derecha como desde la izquierda, de la misma forma que se ha configurado como uno de los episodios más “vergonzantes” y soslayados en la historia del propio partido.
El objetivo de este Estado de la Cuestión es intentar clarificar los diferentes enfoques sobre la materia, tanto respecto al contexto de esta colaboración como a los procesos en que se sustentó y las posibles consecuencias que tuvo dentro del mismo partido. También intentaremos indicar como ha ido asimilando este episodio el propio partido.
Examinando la bibliografía sobre el asunto descubriremos que este fue un tema tratado en dos periodos diferentes de la historiografía española. El primero coincide con el inicio de la Transición, donde encontraremos las únicas obras específicas sobre la materia. El segundo periodo coincide con la etapa final de los gobiernos de Felipe González, años donde se producirá una amplia bibliografía sobre la historia del Partido Socialista. Pero desde ese momento, una vez fijadas todas las posiciones, no encontraremos ningún aporte original más, declinando el interés por la historia socialista en nuestro país. Solo hallaremos toda una serie de obras propagandísticas a favor del papel desempeñado por los socialistas y otras demonizando el mismo.
Estructuraré este ensayo en capítulos temáticos, desgranando la diversa bibliografía según el objeto de su atención. Primero analizaremos las dos únicas monografías existentes sobre el tema, la de Enrique Guerrero y sobre todo la de José Andres-Gallego. A continuación, reseñaremos las diferentes historias del Partido Socialista, comenzando por aquellas publicadas por investigadores independientes, para pasar a las editadas bajo el paraguas del propio partido, terminando con toda una serie de obras y autores que alimentan aun hoy una especie de leyenda negra sobre el periodo. En tercer lugar, repasaremos brevemente la bibliografía general sobre la propia dictadura. Por último, terminaremos con un capítulo de conclusiones.
2. Las Monografías Sobre el Asunto
Solo encontramos dos monografías que analicen la colaboración entre los socialistas y la Dictadura primorriverista, y ambas coinciden temporalmente. José Andres-Gallego publicó en 1977 El socialismo durante la dictadura, que todavía hoy se mantiene como la principal referencia sobre el asunto. Por ello vamos a realizar una síntesis muy detallada de la misma, pues nos servirá como resumen del tema y como guion a la hora de enfrentarnos al resto de la bibliografía. En ella se pormenoriza esta relación, conteniendo los principales episodios, controversias y personajes socialistas, hasta el punto de que en obras posteriores no encontraremos ningún aspecto que no se esté ya mencionado en ella. De ahí que su análisis nos ayude a entender en que consistió.
En esta obra resulta decisivo el momento en el que se publicó, presentándose a sí misma como una síntesis “de lo que se ha escrito acerca del socialismo español en la Dictadura”[2], contrastado ahora con el estudio de fuentes directas. Su autor era un joven catedrático de la UNED y la Universidad de Oviedo, que anteriormente se había especializado en la política religiosa en España. Nunca tendrá vinculación o relación conocida con el socialismo, y posteriormente tampoco retomará este campo de análisis, especializándose en todo tipo de temas de la historia moderna y contemporánea española. El núcleo principal de la obra es su amplio y exhaustivo apéndice documental, que será la base de prácticamente todos los estudios posteriores que se lleven a cabo. Estamos ante un volumen que intenta ser aséptico, buscando la justificación de todos los puntos de vista, y evitando entrar en la valoración de aquellos más polémicos, como serían la posición socialista respecto a la persecución del movimiento obrero y político ajeno al socialismo o la oposición política e intelectual a la propia Dictadura. Su estructura es esquemática, dispersa en ocasiones, perdiendo el hilo argumental. De esta forma, dedica más de la mitad del texto al análisis de la Dictadura, sus bases políticas, el corporativismo y su programa social, o los diferentes contextos del movimiento obrero, con síntesis elaboradas y abstractas. Pero cuando entra en la materia socialista tiende a enumerar cronológicamente sus principales hitos y procesos, con continuos juicios de valor, pero sin un argumentario analítico similar. Así, la obra carece de un epílogo o un capítulo de conclusiones que nos ayude a navegar entre tal cantidad de afirmaciones y datos. El autor nos transmite la sensación de no querer cargar las tintas sobre la actuación socialista, pero su visión de la Dictadura y su sistema corporativo es claramente favorable. Más que mala praxis o intenciones, el problema socialista fue la equivocación, el pragmatismo y su actuación aprovechada de la situación. Como ejemplo, a lo largo de todo el volumen prima la visión contemporánea de Eduardo Aunós, Ministro de Trabajo de la Dictadura y muy crítico con el papel socialista. Aun así, intenta presentar sus afirmaciones de la forma más académica, imparcial y esterilizada posible, intentando huir de todo tipo de impregnación ideológica.
Como resumen, la obra reconoce a Primo de Rivera una gran originalidad respecto al resto de totalitarismos de derechas de la época: encauzar el movimiento obrero atrayendo al socialismo. Esta relación habría estado llena de baches y frustraciones, pero también de logros. Su gran tesis respecto al Partido Socialista de los años 20 es su fracaso a la hora de convertirse en un partido laborista, siguiendo los éxitos del ejemplo inglés. De ahí el intento de Largo Caballero a la hora de reorganizar y reconvertir las relaciones entre el partido y el sindicato, politizando la UGT. Esta línea estaría en continua tensión con la ampliación del socialismo en sentido liberal y gubernamental como propugnaba Prieto, o con el mantenimiento de la línea purista que personificaban Iglesias y Besteiro. Existió colaboración durante toda la duración de la Dictadura, pero esta se situaría siempre unos pasos al borde del precipicio, debido al recelo socialista y al enfrentamiento entre colaboracionistas e intransigentes, de forma que nunca se habría dado la colaboración plena y abierta. La relación se habría establecido en base a las exigencias éticas y políticas de los socialistas, en muchos casos con disimulo público y contradicciones, y encontrando un claro laissez faire por parte del régimen hacia sus posturas. Pese al riesgo de ruptura del partido, con consecuencias en la posterior República, esta colaboración habría ayudado enormemente a la implantación del PSOE y la UGT, de forma que en 1931 pudieran convertirse en la principal fuerza republicana. La legislación social y la organización corporativa del trabajo habrían sido sus principales logros, hasta el punto de que el papel que el propio Largo Caballero ejercerá posteriormente como ministro de trabajo podría considerarse como continuista con la propia Dictadura.
Respecto al desarrollo de la relación, Andres-Gallego nos cuenta como en la recepción del golpe, el mismo 13 de septiembre, se emitirá un manifiesto conjunto de partido y sindicato donde se condena el mismo como prolongación del militarismo y del desastre de la vieja política, pero a la vez se aconseja una posición pasiva a los militantes (de no dejarse arrastrar por los acontecimientos, “desaconsejando cualquier expresión violenta que dé excusa a la represión”[3] ) y, sobre todo, de espera a las instrucciones de la dirección. Rechazarán una nueva alianza con la CNT y se mantendrán en una postura aislacionista y de condena al régimen durante las primeras semanas. También desde el mismo septiembre deciden continuar la labor de sus representantes en aquellas instituciones donde ya estén. Desde el nuevo gobierno militar se traslada cierta simpatía hacia la serenidad socialista, mientras estos refieren continuamente la necesidad de respetar la legislación laboral existente e incluso su predisposición a profundizarla. El primer contacto lo realizará el líder asturiano minero Manuel Llaneza, quien supuestamente es convocado a una reunión el 1 de octubre con el Ministro de Guerra, conocido suyo, y donde se encontraría “por sorpresa” con el propio Primo de Rivera. La noticia corre inmediatamente por Madrid, y tras la reunión Llaneza se dirige a informar a las comisiones ejecutivas socialistas, que (según asegurarán) eran desconocedoras de la misma. Se establece una línea de negociación directa con el Directorio Militar en la persona del mismo Llaneza, con la aquiescencia de ambas ejecutivas. El núcleo de la negociación será la participación socialista en las nuevas instituciones corporativas y municipales del régimen, así como ciertas garantías para que los socialistas puedan desarrollar su labor, pese a la censura y el Estado de Guerra existente. Desde ese mismo momento se establecerá en el socialismo la división entre dos tendencias que se mantendrán durante toda la Dictadura. La mayoritaria proclive a la colaboración, o colaboracionistas, estará liderada por Largo Caballero desde su liderazgo en la UGT, y apoyada por los principales dirigentes del partido, Saborit, Besteiro y con la aquiescencia de Pablo Iglesias. La minoritaria, los intransigentes, opuestos a cualquier tipo de colaboración, liderada por Prieto, y con el asturiano Teodomino Menéndez y el andaluz Gabriel Morón como principales figuras.
Primero UGT y posteriormente el PSOE endurecerán las condiciones para aceptar esta participación en el nuevo régimen: solo podrán ser cargos representativos (por sufragio o elegidos por el movimiento obrero, no por las autoridades) y en ningún caso se podrán extender esos puestos a otras asociaciones obreras (ya sean libres, católicas o anarquistas). Partido y sindicato se autoproclaman únicos portavoces de la clase obrera. La Dictadura ofrecerá un primer cargo en un futuro Consejo de la Economía Nacional que se rechazará por haberse ofrecido también al sindicalismo católico. Pese a ello, el régimen da muestras de conciliación, el Gobernador de Madrid, Juan O’Donnell llegará a visitar la Casa del Pueblo a finales de noviembre. La primera institución donde se materialice la colaboración será el Instituto de Reformas Sociales y Nacional de Previsión, donde se confirma a los representantes ya existentes con anterioridad, incluso asistiendo a principios de 1924 a todo un cruce de felicitaciones respecto a la labor desarrollada por cada parte. A continuación, se nombra un delegado de UGT para el Servicio de Información Telegráfica Comercial (que no llegará a tomar posesión hasta 1928, pese a la aceptación del cargo). Numerosos puestos representativos en diferentes instituciones del régimen se suceden a continuación.
En febrero de 1924, Largo Caballero lanza su proyecto de reorganización socialista, de unificación de partido y sindicato, siguiendo el exitoso modelo del laborismo inglés, como forma de potenciar la influencia política de la UGT. En marzo, ante la reconstitución de los municipios, ambas ejecutivas denuncian el sistema electoral impuesto, pero “ordenan que las asociaciones adheridas a la UGT y al Partido se inscriban en el censo y designen a los concejales”[4]. Se rechazarán algunas concejalías significativas (como la del propio Largo Caballero en Madrid) al ser puestos nombrados directamente por las autoridades, pero a juicio de los opositores a la Dictadura, o de miembros del mismo gabinete como Aunós: “en algunos pueblos los socialistas renunciaron a sus nombramientos de concejales corporativos, pero en la mayoría los aceptaron, prometiendo una sincera colaboración”[5].
En junio del 24 los vocales obreros del Instituto de Reformas Sociales pasan a formar parte del nuevo Consejo Superior de Trabajo, con la aprobación de ambas ejecutivas, pese a que en este caso ya hablamos de una decisión gubernativa, sin elección. Los socialistas comenzarían entonces a retorcer sus propias reglas para mantener esta colaboración con el régimen. Será durante el otoño de ese año cuando la escisión socialista se profundice debido a la reforma del Consejo de Estado promovida por el Directorio Militar. Se crean en él una vocalía patronal y otra obrera, designadas por el presidente del Consejo de Trabajo, también sin ningún tipo de elección o recomendación por parte del sindicato. La vocalía obrera se ofrece a Largo Caballero, quien la acepta tras presentarla como una imposición del movimiento obrero al gobierno, que no renuncia a su derecho de designación, pero acepta la “elección” del sindicato. Este cargo será el de mayor rango ejercido nunca por un socialista hasta aquel momento. Andres-Gallego resume la situación: “lo que al principio aparecía como consecuencia de la pasividad de los socialistas ante el pronunciamiento, que les llevaba a poner condiciones al propósito de atracción del Directorio, se ha convertido en actividad positiva para escapar a los requisitos establecidos por ellos mismos y estar presentes en el mayor número de puestos oficiales”[6]. Prieto dimite de su vocalía en la Comisión Ejecutiva del PSOE y las criticas a los socialistas se recrudecen desde todos los frentes de oposición a la Dictadura. Incluso en la prensa británica se comienza a hablar de un posible gobierno presidido por el dictador con “socialistas moderados”. Aun así, partido y sindicato apoyan a Largo Caballero, quien se justifica aduciendo que su colaboración “es con la sociedad española que no podía suspender su vida y renunciar indefinidamente a resolver sus problemas peculiares porque el Poder ejecutivo estuviese en unas o en otras manos”[7]. La mayoría del socialismo está con las tesis obreristas y accidentalistas defendidas por el sindicato. No hay diferencia alguna entre participar en las instituciones de la dictadura militar o en las correspondientes al anterior sistema parlamentario, el objetivo sigue siendo reformista de la situación obrera a expensas del momento en que se pueda establecer una revolución proletaria para la que aún no están preparados. A finales de 1926, el gobierno crea la Organización Corporativa del Trabajo, y bajo el paraguas de los Comités Paritarios, UGT se lanza a una frenética actividad de actos, conferencias y propaganda a lo largo de todo el país, que expande enormemente su organización y actividades, bajo una permisiva actitud de la Dictadura. Es verdad también que durante todos estos años habrá destierros de socialistas, suspensión de numerosos actos, picos de conflictividad laboral e incluso convocatorias de importantes huelgas sectoriales, pero ambas direcciones, partido y sindicato, mantendrán el silencio sobre estos hechos como norma habitual de actuación. Habría existido una clara intención pragmática, oportunista, de no molestar al régimen mientras se pudieran obtener beneficios para la clase obrera.
Pablo Iglesias fallece a finales de 1925 y se celebra un multitudinario funeral. Las relaciones con la Dictadura comenzarán a deteriorarse durante 1927, con la convocación de la Asamblea Nacional y el anuncio de nueva constitución, y la celebración de congresos extraordinarios de los socialistas. Los congresos niegan la posibilidad de acceder a la Asamblea si esta no es electiva, pero los socialistas mantienen contactos con el gobierno para dejar abierta la puerta a su participación si sigue un modelo corporativo, donde “la designación de los representantes obreros correspondiese a un órgano de carácter social”[8]. El Dictador se negará inicialmente al compromiso, y partido y sindicato rechazan por unanimidad la aceptación de escaños en un futuro parlamento. En 1928 se celebrarán nuevos congresos ordinarios de ambas organizaciones, donde la minoría intransigente del partido volverá a ver derrotadas sus tesis. Este será el momento en que se abandone definitivamente la vía laborista, personificada en la comisión mixta electoral partido/sindicato creada en 1924 y prácticamente inoperativa desde entonces a la espera de la convocatoria de unas elecciones que no llegaría a producirse. La síntesis alcanzada durante estos últimos congresos consiste en una identidad casi absoluta entre los dirigentes de partido y sindicato, si bien manteniendo la dualidad del primero como protagonista de la acción política y del segundo como central sindical. En 1929 la crisis del régimen es evidente y Primo de Rivera transige aceptando que los puestos en la Asamblea puedan ser electivos, pero el socialismo volverá a negarse a la colaboración (con la excepción de Besteiro que comienza en este momento su alejamiento de las tesis obreristas de Largo Caballero). Partido y sindicato comienzan a girar su posición en este momento, repudiando completamente la monarquía y acercándose hacia la oposición al régimen, ante la conflictividad aumentada y la falta de apoyos que la dictadura encuentra durante sus últimos meses. Para el autor, “simplemente, se aprecia el posible predominio de una determinada corriente de opinión en los socialistas, y los dirigentes se pliegan a la actitud hegemónica”[9]. En diciembre de 1930, la ruptura con los socialistas sería uno de los principales motivos detrás de la dimisión de Primo de Rivera. La división del socialismo se mantendría durante la República, pero su supervivencia durante la dictadura y la posibilidad de proseguir con sus actividades logró que la afiliación en ambas organizaciones se disparara a partir de 1928, sobre todo en UGT, de forma que pudieron consolidarse como las mejor preparadas y organizadas ante la eclosión republicana.
Solo encontraremos otra pequeña monografía más sobre el tema. Se trata de un artículo publicado un año después por Enrique Guerrero, militante desde la clandestinidad y actual eurodiputado socialista, en una revista de la UNED. En aquel entonces era un licenciado en Ciencias Políticas que ya había editado un estudio sobre la Institución Libre de Enseñanza. En su presentación alude a la falta de historiografía sobre la Dictadura, con la excepción de “algunos trabajos de interés aparecidos recientemente”[10]. Esta sutil referencia al libro de Andres-Gallego nos parece fundamental para entender su propuesta, estamos ante una respuesta desde el entorno socialista al libro anterior. No encontramos su refutación, ni una negación de la colaboración y los hechos, sino una reinterpretación de los mismos y su contexto. En este primer ejemplo de análisis desde la óptica socialista se busca mejorar la imagen del partido y del sindicato que el lector pudiera obtener, pero sin ocultar ni enmascarar excesivamente los acontecimientos. Comienza con una extensa descripción de la Dictadura: siguió una política nacionalista, corporativista e intervencionista, los monopolistas, industriales y el capital financiero habrían sido sus principales beneficiarios. Su corporativismo, al contrario que la sindicación única fascista, habría tenido un marcado carácter católico, siguiendo un modelo de sindicación libre y corporación obligatoria. Pero también se habría separado claramente del modelo italiano a la hora de instituir la Unión Patriótica, muy lejos del Partido Fascista. En resumen, una dictadura, pero lejos del totalitarismo de derechas, fascista y nacionalsocialista que encontraremos después. Por tanto, se puede comprender cierto grado de colaboración. Las relaciones entre los socialistas y el régimen es un asunto polémico, pero mal estudiado, pues se suele solventar solo en base a episodios como las reuniones de Llaneza o el puesto de Largo Caballero en el Consejo de Estado, cuando nos encontramos ante un hecho mucho más complejo. En realidad, desde el principio se opusieron a ella, y rechazaron el frente único, buscando la supervivencia del movimiento obrero, pues no cabía el recurso al choque frontal. Además, atravesaban un periodo delicado por la escisión comunista, y el nuevo régimen se presentaba como temporal. No hubo “ninguna contradicción formal con la línea marcada”[11] a la hora de aceptar la participación en los municipios o en las instituciones como el Consejo de Estado. Durante todo el periodo existió una gran discusión interna en el partido a cada paso dado, pero la verdadera cuestión de fondo habrían sido las relaciones partido-sindicato, saliendo triunfante la “corriente social-ugetista”. Pese a la colaboración con las nuevas mancomunidades, el partido se negó siempre a colaborar en la Asamblea Nacional. Donde sí participo activamente la UGT habría sido en la Organización Corporativa, “acogida con beneplácito desde el primer momento […viendo en ella] el principio de una eficiente organización corporativa”[12]. Los Comités Paritarios eran vistos como un instrumento esencial para obtener resultados para la clase obrera, y de paso imponer la preeminencia socialista ante la situación de los anarquistas durante el régimen y su postura antiintervencionista. Pero la situación de la Dictadura se fue deteriorando debido a la crisis económica y su enfrentamiento con sectores que anteriormente le habían mostrado su neutralidad. Así, “Largo Caballero a principios de 1929 reconocía que los Comités Paritarios no compensaban la falta de libertad política”[13]. La convocatoria de la Asamblea Nacional es un grave error político de Primo de Rivera que los socialistas utilizan para escenificar su ruptura, sacrificando las cuestiones de procedimiento, para alejarse rápidamente pese a las contradicciones. No existiría colaboración del PSOE, pues no habría estado representado en ninguna parte, sino de la UGT, y esta colaboración habría sido absolutamente coherente con su trayectoria anterior y posterior. Solo en el momento de la caída del régimen virarán hacia la oposición frontal al mismo, durante todo el periodo la posición dominante del partido fue no emprender una política clara contra la Dictadura, primando la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores, frente a la conquista de las libertades políticas.
3. Las diferentes historias del Partido Socialista
Las historias independientes
La Historia del Socialismo Español que coordino Tuñón de Lara en 1988 inaugura un periodo de numerosas publicaciones sobre la historia del partido. El volumen que cubre el periodo fue escrito por Josep Termes y Ramón Alquézar. Titulan el primer capítulo dedicado La dictadura y la tentación laborista, lo que nos resume claramente su tesis. En esta obra no encontramos una descripción detallada de la colaboración, prima más el contexto general, las argumentaciones políticas y la posición socialista frente al golpe y sobre todo ante el anuncio de la Asamblea Nacional. Es crítica con la Dictadura y comprensiva con las decisiones socialistas. Se centra sobre todo en los diversos posicionamientos de Largo Caballero y Prieto frente al régimen, el armazón ideológico y político del partido, y la estructuración interna de este y el sindicato. Para los autores, en el momento del golpe, el partido esta debilitado dentro del movimiento socialista, lo que unido a la potenciación del sindicato que llevaba a cabo Largo Caballero desde 1919, hizo que prevalecieran los intereses sindicales sobre los políticos, en “´términos de pragmatismo”[14]. Usando la vía legal, mantuvieron una colaboración interesada con la Dictadura, que no hostilizó directamente al socialismo y siempre tuvo como objetivo su participación en el nuevo sistema político. El motor de la política socialista siempre fue la dirección ugetista, quien busco la unificación del movimiento en un “mismo tronco”, buscando la implantación de un modelo laborista. En resumen, la posición socialista frente a la Dictadura no estuvo clara prácticamente hasta el final, cuando el clima de efervescencia política y de movilización social se habían disparado, incrementando enormemente el peso del partido y el sindicato.
Santos Juliá firma en 1997 el mejor estudio de la historia del PSOE, analizando desde su fundación hasta 1982. En su capítulo cuarto, Con la Dictadura, presenta como el inicial rechazo socialista al régimen se convirtió rápidamente en una “benevolente neutralidad”[15]. Una neutralidad que no impedía declarar constantemente que los más responsables del golpe habían sido los partidos burgueses, ni tampoco imposibilitaba establecer una línea de acción que desde un principio buscó mantener a los representantes del PSOE y la UGT en aquellas instituciones donde ya estaban y de paso aceptar la representación en las nuevas creadas por la Dictadura. La UGT se habría incorporado al sistema corporativo con facilidad y entusiasmo, no solo por la supresión de sus competidores, sino por la perfecta adaptación entre los nuevos comités paritarios y su tradicional estructura en sociedades de oficios. El sindicato habría entrado de lleno en la acción política, de ahí el intento de Largo Caballero de crear un comité mixto entre ambas organizaciones, imitando el esquema laborista inglés, que se encontraría con gran resistencia por parte de los dirigentes más políticos del socialismo. Esta fusión se realizaría de facto tras los congresos de 1928, donde partido y sindicato compartieron prácticamente la misma dirección. Esta confrontación entre políticos y sindicales llevaría a la creación de tres tendencias dentro del PSOE, que se manifestarían con toda su fuerza durante la II República: el socialismo como la esencia más pura del liberalismo de Prieto, la que supeditaba la coalición con los republicanos a los intereses obreros (y que había sido la más colaborativa durante la Dictadura) de Largo Caballero, y por último, otra liderada por Besteiro y Saborit que partiendo del obrerismo de la anterior, difería de él en la convivencia de un pacto con los republicanos. La obra de Juliá es respetuosa pero muy crítica con la actuación socialista. Abandona las habituales divagaciones respecto al contexto o el sentido de la Dictadura que habíamos encontrado en las anteriores y se centra en el proceso socialista sin perderse en los detalles, pero sin tampoco obviarlos. Nos ofrece una obra que contextualiza a los socialistas en el entramado ideológico de la izquierda europea, presentándonos un análisis que bebe tanto de la historiografía como de la ciencia política y la historia de las ideas. A la vez nos introduce nuevas perspectivas sobre la evolución del propio socialismo durante el periodo: será entonces cuando se refuerce “la visión del socialismo emergiendo del capitalismo”[16], como consecuencia lógica de la experiencia corporativista. Es un momento donde comienza a perder sentido la estrategia revolucionaria, pues la vía reformista elegida exige la expansión y la consolidación pacífica y legal de sus posiciones dentro del aparato del Estado.
A finales de los 80, Richard Gillespie publicó otra historia del Partido Socialista. Dedica muy poco espacio al periodo y no tiene ningún aporte significativo respecto al mismo, más allá de su análisis político. Para Gillespie, los socialistas de los años 20 son “gradualistas”, la posición predominante sería que “el capitalismo tenía que desarrollarse plenamente antes de que pudiesen madurar las condiciones para el socialismo, la primera de las cuales sería una revolución burguesa que merecería el apoyo del PSOE, pero no exigiría su orientación”[17]. Pablo Iglesias habría marcado el partido con dos obsesiones: reforzar la organización y educar a la clase obrera. Ambas estarían en la base de actuación del socialismo durante el primorriverismo.
Dentro de este campo voy a destacar la obra de un historiador inglés, Paul Heywood, quien en 1991 publicó un extenso análisis del socialismo español hasta 1936 desde una perspectiva de izquierdas. El texto es crítico con la actuación del Partido Socialista, destacando la contradicción entre la teoría marxista que defendía y la práctica que realizó de la misma. Al igual que el resto de partidos anarquistas o republicanos, el socialista no tuvo una gran sofisticación teórica, pero sería “una paradoja irónica del socialismo español que la colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera pueda no sólo considerarse como el episodio más lamentable de su historia, sino también como un periodo vital en cuanto que capacitó al PSOE para desempeñar un papel central en la instauración de la II República, […] no solamente evitaron su proscripción, sino que consiguieron también rehacer sus fuerzas de manera no asequible a otros grupos rivales”[18]. El oportunismo tendría un papel importante en la decisión socialista, pero no explica solo por sí mismo su actuación. También deberíamos tener en cuenta la falta de resistencia republicana y el apoyo de buena parte de la intelectualidad y la prensa a la Dictadura, el recuerdo de la traumática represión tras las huelgas de 1917, y la interpretación rígidamente determinista del marxismo de Pablo Iglesias: los dirigentes del PSOE estarían convencidos de un ineluctable desarrollo por etapas hacia el socialismo. En resumen, “el rasgo más notable de la respuesta socialista al pronunciamiento, […] es la ausencia total de intento alguno de analizar el carácter del nuevo régimen”[19].
Por último, las historias centradas en el movimiento obrero español tratan de forma muy tangencial la colaboración. Abello destaca la indiferencia ante la proclamación de una Dictadura que era vista como la personificación del regeneracionismo. Durante ella se habría debilitado el sindicalismo de clase y potenciado el libre. Primo “se mostró reiteradamente conciliador con la UGT y buscó el apoyo socialista por su rechazo a la violencia y su sentido de la disciplina”[20], mientras perseguía el movimiento anarquista. El sindicato socialista amoldo su actuación a la nueva situación política. Nuñez de Arena y Tuñón de Lara creen que la colaboración se basó en un pacto tácito de no agresión. El PSOE vegetó durante toda la Dictadura, oponiéndose por ejemplo a la guerra en Marruecos, pero sin ningún tipo de movilización. Frente a la oposición anarquista y comunista, “el Partido Socialista se había reintegrado al tibio ambiente de la Segunda Internacional […] que ahora se llamaba Internacional Socialista Obrera y vivía la época de completa ilusión reformista”[21]
Las historias partidarias
El resto de bibliografía que encontramos respecto a la historia del partido se divide entre las apologías y las reprobaciones. Entre las apologías hay numerosos ejemplos publicados directamente por la Fundación Pablo Iglesias o diferentes agrupaciones socialistas. En 1986 la Fundación publicó un monográfico con artículos de diversos historiadores sobre la historia del partido. Enrique Moral, militante socialista desde la clandestinidad, es el encargado del análisis del periodo. Retoma muchas de las tesis que ya vimos en la monografía de Guerrero, profundizando en una visión donde la colaboración va quedando difuminada frente a numerosos ejemplos de enfrentamiento y oposición con la Dictadura. No hay aportaciones nuevas al debate, pero se agudiza la presentación épica de la historia del partido, limando cualquier episodio incómodo. Nos resulta también curioso que en todas estas historias emitidas desde la órbita socialista, el sindicato queda diluido en su actuación, será el partido el protagonista casi absoluto de las mismas, lo que también ayuda a obviar las actuaciones más incoherentes con esa épica que se nos quiere mostrar. Las nuevas circunstancias tras el golpe habrían acercado la organización sindical al partido, una tentación laborista, que habría sido finalmente descartada con la plena autonomía de ambos, pese a la identidad de su dirección. La principal característica del periodo es el pragmatismo socialista, el uso de las vías legales, sobre todo por parte de la UGT, como instrumento de propaganda y potenciación. La aceptación del cargo por Largo Caballero en el Consejo de Estado, y del resto de representantes en las diferentes instituciones, es perfectamente correcta y coherente con la tradición, el ideario y las resoluciones de ambas organizaciones. “Era el triunfo de lo temporal sobre lo permanente, la difuminación del mañana tras una espesa capa de humo que brindaba oportunas posibilidades”[22]. Aun así, la ruptura llega en 1929, tras la negativa a enviar representantes a la Asamblea Nacional: “atrás quedaba el viejo pragmatismo que había conducido a actitudes abiertamente oportunistas. El provecho inmediato dejaba nuevamente paso a los principios. El partido recuperaba su papel…”[23].
Un par de años después, Juan Ignacio Magdalena firma un ensayo en otra historia socialista editada por la federación castellanomanchega. Es más crítica que la anterior, pero también desliza sutilmente la carga de la culpa hacia el sindicato. Nos presenta como la actuación del partido durante la Dictadura fue polémica, ambigua y rompió la cohesión dentro del socialismo. La colaboración se explica por la debilidad del propio movimiento, replegado en sí mismo y en búsqueda de su propia supervivencia tras las experiencias represivas tras las crisis que suceden a 1917, la ruptura con los republicanos en el 19 y las escisiones comunistas que habrían afectado sobre todo al partido y en menor medida al sindicato. En 1923 el socialismo estaría dirigido por los defensores del intervencionismo, coincidiendo con la posición del propio régimen, alentado además por la moderación de UGT durante los años anteriores. La Dictadura trastocó enormemente la dinámica interna socialista, agudizando tensiones internas, pero también manteniendo intacta su estructura organizativa, pese a carecer de un programa político claro, lo que repercutiría enormemente en su actuación republicana.
Tras los anteriores, durante los siguientes años el propio partido multiplicará toda una serie de obras donde el periodo primorriverista quedará soslayado hasta llegar al más crudo disimulo. Así, en 1993 José Felix Tezanos publica una propagandística Historia Ilustrada del Socialismo Español. El PSOE condena el golpe desde el primer momento, y posteriormente cuando se le pide colaboración solo aceptarán cargos si es por elección directa o en representación de organismos obreros. En el Consejo de Trabajo solo se participa con los mismos representantes anteriores del Instituto de Reformas Sociales. Los congresos de aquellos años rechazan constantemente la participación en la asamblea primorriverista, “a partir de 1929 se recrudeció la oposición contra la dictadura de Primo de Rivera”[24]. Años después, cuando en 2004 se edite un volumen conmemorativo de los 125 años de la fundación, también obra de Tezanos, con la colaboración de Gómez Llorente y José Maria Contreras, las tesis y la narración del periodo será muy similar. El tercer ejemplo de cómo ha evolucionado el tratamiento de este asunto en la historia oficial socialista es mucho más llamativo. Se trata de un documental de 2005, fruto también de la celebración de los 125 años, coproducido entre TVE y la Fundación Pablo Iglesias bajo el título Más de 100 años de Socialismo[25]. En sus casi dos horas de duración, trata de la dictadura a partir del minuto 27:50, explicándonos que Pablo Iglesias firmó el manifiesto del PSOE y la UGT en contra de la dictadura, para pasar a narrarnos el épico entierro del fundador, y sin solución de continuidad analizar las elecciones municipales de 1931. Uno de los últimos ejemplos que podemos encontrar es el catálogo editado para una exposición en Madrid, 2011, de la Fundación Pablo Iglesias, y dedicada a El Socialista. Los textos son firmados de nuevo por Enrique Moral (quien ya habíamos encontrado en la historia de 1986). Aquí comprobamos como se mantiene el proceso de ocultación, ponderando únicamente todos aquellos aspectos que pueden resultar positivos. “Con los derechos y libertades en suspenso, las organizaciones socialistas iniciaron un lento proceso de reorganización, al tiempo que reaccionaban promoviendo un sinfín de actos propagandísticos en cientos y cientos de municipios rurales. La recuperación de las libertades y los derechos constitucionales se configuró como un objetivo casi utópico, que no por lejano dejó de reivindicarse insistentemente todos los primeros de mayo”[26]
Las historias reprobatorias
Frente a estas historias “oficiales”, laudatorias, nos encontramos una enorme cantidad de obras y artículos que cargan las tintas en los aspectos más polémicos o negativos de la colaboración entre Dictadura y socialismo. En muchos casos estamos ante libelos o panfletos, en otros casos ante obras más elaboradas. Sus autores suelen pertenecer a una órbita derechista, siendo en la mayoría de las ocasiones antiguos militantes socialistas o de izquierda, y entre ellos, además de pseudohistoriadores, también encontraremos un gran número de intelectuales, periodistas, políticos y “animadores”. Si bien historiográficamente no aportan mucho, y la gran mayoría se caracteriza por retorcer sus fuentes y la directa manipulación de los hechos, es evidente que tienen una distribución editorial que empequeñece cualquier otra obra de historia y han conseguido establecer, en una gran parte de la sociedad española, una visión negativa e interesada del papel del PSOE y la UGT durante el periodo. Los ejemplos más conocidos son Pio Moa, Cesar Vidal (autor durante su militancia socialista de una hagiografía del propio Pablo Iglesias), Jiménez Losantos (“Durante la dictadura de Primo de Rivera, Largo impuso en el PSOE la colaboración con el régimen y llegó a secretario de Estado de Trabajo, lo más parecido, para los comunistas «libertarios», a ministro del Esquirolaje.”[27]), o incluso Juan Carlos Girauta, exmilitante socialista quién en 2010 publicó La verdadera historia del PSOE: de Pablo Iglesias a Zapatero, libro que ejemplifica perfectamente esta tendencia.
En ellas se busca identificar al PSOE (UGT prácticamente no existe) histórico con los peores defectos del actual. Así utilizan el periodo de la Dictadura para tacharlo de corrupto, interesado, mentiroso, hipócrita y autoritario. Pese a que al mismo tiempo suelen destacar los beneficios y el enorme progreso económico y social que habría supuesto el régimen primorriverista, la colaboración socialista se sataniza como ejemplo de inmoralidad, falsedad y aprovechamiento. Sin llegar a los excesos de algunos autores, una muestra muy significativa es la monografía que Ramón Tamames, personaje complejo pero con solvencia intelectual, le dedicó a la Dictadura en 2008. Es un volumen benevolente con el régimen, pero muy crítico con el monarca y la colaboración socialista. Basa sus afirmaciones en los opositores contemporáneos al socialismo, desde el régimen (otra vez Aunós) y desde la izquierda (el dirigente del POUM, Joaquin Maurín). “Iglesias tenía todas las condiciones de un político provinciano, pequeño cacique en su feudo […] no resultó nada extraño que Pablo Iglesias no se rebelara contra el golpe de Estado en 1923”[28], “el socialismo militante habría tenido fuerzas suficientes para activar el movimiento obrero en sentido contrario a Primo de Rivera, pero no lo hizo”[29], “el socialismo, en su conjunto, se entendió perfectamente con Primo de Rivera, […] Largo Caballero, que rendía homenaje retórico a las formulaciones marxistas, se entregó de lleno a la colaboración con el dictador ”[30], etc…
4. Las diferentes historias de la Dictadura de Primo de Rivera
Podemos encontrar cuatro grandes monografías sobre la Dictadura publicadas en los últimos 30 años. Como veremos, en todas ellas la colaboración se presenta de forma muy similar, el régimen intentó con todas sus fuerzas atraerse a los socialistas, estos se inhibieron en un primer momento y posteriormente colaboran, solo hay ruptura al final del periodo, y las consecuencias fueron positivas para los sectores obreros, con evidentes mejoras en su situación, y para el partido y el sindicato que pudieron afrontar la caída del régimen con su estructura reforzada.
En 1983 Shlomo Ben-Ami publicó la primera monografía destacada de la Dictadura. En ella no entra en las motivaciones socialistas, se centra sobre todo en la actitud primorriverista. Según el autor israelí, el régimen no mostró “la misma fría indiferencia por las masas populares que caracterizó al franquismo […incitó a los patronos] a respetar y aceptar las ‘conquistas sociales’ logradas hasta entonces por las clases trabajadoras.”[31]. Primo de Rivera habría intentado la domesticación del socialismo, llegando a declarar que “nuestra monarquía […] será socialista en la medida en que autorice al gobierno a realizar en España una transformación económica”[32]. El desarrollo legal laboral más avanzado se llevaría a cabo desde aquellas instituciones donde participaban los socialistas, de la misma forma que hubo un gran avance en la formación profesional de los trabajadores o incluso en la implantación de un protoestado del bienestar. En definitiva, “en vez de apoyarse en un movimiento obrero impregnado de la filosofía del régimen y decidido a defenderlo en sus momentos de crisis, Primo de Rivera ayudó a construir una fuerza socialista que, de hecho, era una reserva para la democracia española, y que, en todo caso, no vacilaría en romper su alianza ad hoc con el dictador cuando este no pudiera cumplir sus promesas.”[33]. Ben-Ami también subscribe la tesis de que la negativa a formar parte de la Asamblea por los socialistas supuso una gran sorpresa para el Dictador y habría “limitado drásticamente las perspectivas de supervivencia de la dictadura.”[34]
González Calbet también tiene puntos de vista muy similares. “El dictador parecía querer dotar al país de un sistema bipartidista con división de funciones: la U.P. dirigiría la acción política, el PSOE-UGT la parte social.”[35]. La colaboración se extendió a todo tipo de instituciones, el PSOE pudo por ello convertirse en el único partido, junto al oficial, con un funcionamiento regular y una estructura organizativa asentada. Según la autora hay una clara instrumentación de Primo de Rivera de partido y sindicato, que a la vez se dejan querer hasta prácticamente los estertores del régimen.
Gómez Navarro afirma que “la política social de la Dictadura produjo, pues, hacia 1928, un distanciamiento y enfrentamiento con el régimen primorriverista de dos sectores- las organizaciones patronales y el catolicismo social y político- que habían sido decisivos apoyos sociales del mismo”[36]. El régimen quedo dependiente de la propia UGT, que pese a ser favorecida y beneficiada solo fue un aliado coyuntural, interesado y circunstancial. A partir de 1927 se constataría un distanciamiento político, que no sindical, del socialismo hacia el régimen, pero que nunca se materializaría en un enfrentamiento abierto ni en una movilización activa en su contra.
Por último, González Calleja asegura que “Primo de Rivera fundamentó su política social en la atracción a la UGT, con el objeto de ‘nacionalizarla’ y transformarla en órgano de gestión y colaboración de clases”[37]. El balance habría sido muy positivo para UGT pues llegaría a controlar el 60% de los representantes obreros en los Comités paritarios, con mayor participación en los órganos superiores de la estructura corporativa. La llegada al poder del laborismo en Gran Bretaña habría favorecido la actitud posibilista de UGT, planteando la posibilidad de aunar al PSOE en la misma dirección. El socialismo fue condescendiente, asumió mayor espacio en las relaciones laborales, y obtuvo una primacía en el movimiento obrero que resultó esencial para entender las opciones posteriores de partido y sindicato. El cambio de rumbo solo se haría evidente en 1930, pero “la concepción sindical de la política, confirmada en los años de la Dictadura, influiría en gran parte de las decisiones que el socialismo tuvo que adoptar en los años treinta”[38].
5. Conclusiones
Como primera conclusión estableceríamos que estamos ante una materia carente aún de mejores análisis en profundidad y una investigación histórica más extensa. El inicial de Andrés-Gallego aparece claramente como el manantial del que han bebido el resto de estudios, probablemente debido a su minuciosa enumeración de los diferentes hechos, pero sus fuentes en la mayoría de los casos se limitan a la documentación pública de partido y sindicato y la consulta de dos fuentes directas contrarias (Aunós y Maurín), decisión que encontraremos prácticamente en buena parte del resto de la bibliografía. Quizá tan solo las de Juliá y Heywood se apartan de ello y buscan un análisis más complejo. También ambos casos son excepcionales, por la extensión que dedican al asunto, pues habitualmente lo encontraremos tratado de forma muy tangencial, tópica y genérica. Creemos que hay campo suficiente para una investigación más detallada que parta de premisas diferentes.
La segunda conclusión es que encontramos cierta unanimidad a la hora de valorar la colaboración. Existió, con enormes discrepancias y tensiones, fue claramente buscada y protegida por el régimen, tuvo resultados visibles para la situación de las clases trabajadoras, se mantuvo hasta el final de la Dictadura, pese a ciertas incoherencias mantenía la lógica política y social socialista hasta aquel momento, sin suponer un trauma doloroso, promovió dentro del movimiento la hegemonía de la estrategia reformista frente a la revolucionaria, con una clara dirección sindical, provocó también la escisión de diferentes corrientes dentro del partido que estallarían en años sucesivos, y su existencia tuvo como resultado que partido y sindicato asistiesen al nacimiento de la República en mejores condiciones organizativas que el resto de fuerzas políticas, sobre todo respecto a las de izquierdas.
Ahora bien, pese a esta unanimidad en el tratamiento, también destacamos que nos encontramos ante un episodio que ha sido especialmente manipulado, siendo soslayado en ocasiones y en otras utilizado como arma arrojadiza contra los socialistas. La trascendencia del papel del PSOE desde la Transición ha provocado que el propio partido asuma una visión épica y edulcorada de su propia historia, donde episodios como la colaboración con una dictadura no pueden tener lugar, con una clara falta de valentía, autocrítica y honestidad a la hora de enfrentar su pasado. Pero a la vez, también denotamos la utilización de este episodio por sus opositores de forma maniquea, retorcida, tergiversada y adulterada, buscando reforzar una imagen negativa del socialismo, su historia y la propia capacidad de acción de cualquier organización de izquierdas. Esta visión de la colaboración socialista con la Dictadura como un episodio infamante se ha instalado con enorme fuerza en la memoria colectiva española. Quizá este uso refuerce la propia presentación del mismo por los socialistas, en un círculo vicioso de difícil ruptura que dificulta enormemente la presentación de los hechos tal y como fueron.
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[2] ANDRES-GALLEGO (1977). P.9
[3] ANDRES-GALLEGO (1977). P.74
[4] ANDRES-GALLEGO (1977). P.105
[5] ANDRES-GALLEGO (1977). P.110
[6] ANDRES-GALLEGO (1977). P.118
[7] ANDRES-GALLEGO (1977). P.126
[8] ANDRES-GALLEGO (1977). P.161
[9] ANDRES-GALLEGO (1977). P.175
[10] GUERRERO SALOM (1978) P. 59
[11] GUERRERO SALOM (1978) P. 72
[12] GUERRERO SALOM (1978) P. 77
[13] GUERRERO SALOM (1978) P. 79
[14] TUÑÓN DE LARA (1988) P. 181
[15] JULIÁ (1997) P. 125
[16] JULÍA (1997) P. 137
[17] GILLESPIE (1991) P. 37
[18] HEYWOOD (1991) P. 146
[19] HEYWOOD (1991) P. 153
[20] ABELLO (1997) P. 103
[21] NUÑEX DE ARENA / TUÑON DE LARA (1979) P.209
[22] AA.VV. El socialismo en España (1986) p.204
[23] AA.VV. El socialismo en España (1986) p.211
[24] TEZANOS (1993) P. 91.
[25] Más de 100 años de Socialismo. TVE / Fundación Pablo Iglesias. Dirigido por Pedro Carvajal. 2005. En https://www.youtube.com/watch?v=SqmK2cK_xnI
[26] MORAL y OTROS (2011) P.66
[27] JIMENEZ LOSANTOS, F Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos. La esfera de los Libros. 2019. Edición Kindle. Capítulo. “El Comunismo no estaba solo en el URRSS”
[28] TAMAMES (2008). P. 161
[29] TAMAMES (2008). P. 156
[30] TAMAMES (2008). P. 159
[31] BEN-AMI (2012) P. 258
[32] BEN-AMI (2012) P. 260
[33] BEN-AMI (2012) P. 272
[34] BEN-AMI (2012) P. 340
[35] GONZALEZ CALBET (1987) P. 256
[36] GÓMEZ NAVARRO (1991) P. 515
[37] GONZALEZ CALLEJA (2005) P. 160
[38] GONZALEZ CALLEJA (2005) P. 333

