Historia

Estado de la Cuestión: El Golpe de Primo de Rivera

Estado de la Cuestión: El Golpe de Primo de Rivera

1.    Introducción

        En 1931, Curzio Malaparte publicó un clásico de la ciencia política, Técnica del golpe de Estado, analizando cuales serían los métodos adecuados para alcanzar el poder en un Estado moderno, y como defenderse de los mismos. Dedicó su Capítulo VI a los recientes golpes español y polaco, de Primo de Rivera y Pilsudski. Ambos habrían ejecutado estrategias similares al 18 de Brumario bonapartista, sirviéndose “del ejército como de un instrumento legal para resolver, en el terreno del procedimiento parlamentario, el problema de la conquista del Estado [pretendiendo] conciliar el empleo de la violencia y el respeto a la legalidad, y [queriendo] realizar por la fuerza de las armas una revolución parlamentaria”[1]. El golpe triunfó en España al no existir una democracia parlamentaria capaz de defender las libertades públicas. “La complicidad del Rey es el elemento más interesante […] Sin la complicidad sediciosa de Alfonso XIII, Primo de Rivera no se habría adueñado del Poder, disueltas las Cortes, gobernando al margen de la Constitución. El verdadero ‘deux ex machina’ del golpe de Estado, el único responsable de la dictadura no fue Primo de Rivera, fue el Rey.”[2]. Primo de Rivera no habría sido un dictador, sino un cortesano, que no habría hecho más que obedecer la voluntad del monarca.

En 2003, con ocasión del centenario de su coronación se produjo en España cierta fiebre editorial respecto a Alfonso XIII y su reinado. Así, Carlos Seco Serrano aprovechó para refundir sus diversos estudios al respecto en un nuevo libro La España de Alfonso XIII, simultaneo a un ciclo de conferencias sobre el tema que dirigió en la RAH. El papel del Rey en el golpe seguía siendo el gran titular a la hora de presentar ambos acontecimientos en los medios: Alfonso XIII jamás estuvo detrás del golpe: la culpa de este disparate la tendría Unamuno, quién “se dedicó de una manera desenfrenada a decir que Alfonso XIII le había dado orden a Martínez Anido para que dijese a Primo de Rivera que se pronunciara. […] Alfonso XIII no se ciño jamás al papel de valedor de un partido u otro. Fue un Rey y un ejemplo de magnanimidad”[3]. Entre las posiciones de Seco Serrano y Malaparte encontraremos una enorme gama de interpretaciones respecto al carácter del golpe de Estado, sus apoyos y el grado de participación del monarca en el mismo, configurándose todos estos asuntos como uno de los grandes debates de la historiografía contemporánea española.

El objeto de este Estado de la Cuestión es reseñar la bibliografía más reciente respecto a la ejecución del golpe de Estado de 1923 y el papel del Rey, sin obviar otros aspectos como su carácter, las tramas de la conspiración o los respaldos iniciales. Para ello estructuraremos este trabajo en tres partes diferentes. En la primera revisaremos la historiografía específica del periodo concreto de la Dictadura, deteniéndonos especialmente en la Radiografía de un golpe de Estado de Tusell, la monografía más detallada sobre el asunto. En la segunda parte analizaremos el papel del Rey según sus principales biógrafos. En la tercera y última parte, confrontaremos estos enfoques con la visión contemporánea que la prensa de Madrid dio durante la ejecución del mismo golpe. Para ello analizaremos tres de las principales cabeceras del momento: ABC como clara defensora de la monarquía y los sectores más conservadores; El Sol, órgano liberal que recogerá el golpe con cierto optimismo; y El Liberal, con una orientación republicana moderada, muy crítica con el estamento militar, y siendo por aquel entonces uno de los de mayor tirada. Creemos que revisar estos medios durante la primera semana del nuevo régimen nos puede ayudará a entender mejor como analiza cada uno de los autores anteriores los hechos. Terminaremos con un capítulo de conclusiones.

2.    Las Historias de la Dictadura
Radriografía de un Golpe de Estado

 En 1987, Javier Tusell publicó esta obra centrada en los preparativos y la ejecución del golpe de Estado de Primo de Rivera. En la presentación, invoca su gestación como consecuencia de la gran cantidad de fuentes nuevas que había podido recopilar en aquel momento, constatando la falta de investigación existente al respecto. Si durante la caída de la Dictadura habían visto la luz una gran cantidad de trabajos debidos al furor del momento, desde entonces solo podía invocar la monografía de Ben-Ami como el único ejemplo con “verdadera altura científica”[4]. Las nuevas fuentes reveladas por Tusell se basaban sobre todo en el archivo privado del Dictador puesto a su disposición por la familia, las memorias y diarios inéditos de algún protagonista como los casos de Santiago Alba, Manuel Portela Valladares, Agustín Robles o Natalio Rivas, y nueva documentación telegráfica y archivística rescatada del Archivo Histórico Nacional. Junto a ellas, en buena parte de las ocasiones, sus fuentes provienen de la investigación de la Comisión de Responsabilidades de las Cortes Constituyentes republicanas, la prensa coetánea y las declaraciones que se hicieron en aquel momento. El volumen buscaba “el estilo de un reportaje periodístico, incluso en algún momento casi de una novela”[5], de ahí que el autor no completaría el libro con un listado concreto de bibliografía o nota aclaratoria alguna de las diversas afirmaciones que realiza, añadiendo solo al final de la misma una especie de Estado de la Cuestión que enumera las fuentes secundarias sobre el periodo existentes por aquel entonces.

Tusell estructura el volumen en un Preámbulo y dos partes. En el preámbulo nos hace una dramatis personae del marco general político y social partiendo desde la llegada al poder del gobierno de la Concentración Liberal de García Prieto en diciembre de 1922, así como la situación concreta de los que serán principales protagonistas y antagonistas del golpe. A continuación, en la primera parte nos narra los trabajos conspiratorios desde junio de 1923, para pasar en la segunda a desarrollar el día a día en la ejecución del mismo, con capítulos individuales para cada jornada entre el 12 y el 15 de septiembre.

El autor mantiene tres tesis principales en el libro. Remarca la primera en sus conclusiones: a diferencia de los golpes del 18 de julio de 1936 y del 23 de febrero de 1981, este fue un éxito, un ejemplo de desempeño, pues “contó no sólo con una situación óptima sino que fue, además, bien desarrollado y correctamente ejecutado”[6]. Y sobre todo gracias a Primo de Rivera, quien con audacia y decisión, supo leer correctamente la realidad social del país y elegir el momento histórico concreto, sabiendo “también cumplir con la regla de oro del conspirador: sumar y no restar en torno a su figura”. Pero si bien es rotundo en el capítulo final del volumen, y visto el resultado obtenido por el golpe deberíamos estar a priori de acuerdo con él, la realidad es que durante toda la obra nos ha narrado un proceso que en ningún momento llega a estar claro, con una planificación del golpe (agresivo, con numerosas acciones previstas y dando lugar a un gobierno civil) que no tuvo nada que ver con el que finalmente se dio. Un golpe preparado muy esquemáticamente, con continuas improvisaciones, filtraciones y al borde de fracasar. Podríamos estar de acuerdo con la afirmación del autor respecto a la correcta lectura que hizo Primo de Rivera de la correlación de fuerzas y el estado de la opinión publica en aquel momento, pero nos cuesta más admitir, siguiendo su propia narración, ese genio organizativo.

La segunda tesis que mantiene, y esta si nos parecería más correcta basándonos en su argumentación, es el absoluto carácter militar del golpe, lo reducido de sus límites, así como su personalización en el propio Primo de Rivera. No encontramos trama civil alguna, ni partido o sector social que le apoye, hasta el momento posterior a su ejecución. Su organización y desarrollo se lleva a cabo dentro de un pequeño grupo de militares, el Cuadrilátero, al que se une el propio Primo de Rivera como cabeza visible, tras descartarse otras figuras con más proyección pública o posibilidad de encontrar mayores apoyos dentro del ejército. Los conspiradores solo podrán responder por las guarniciones de Barcelona y Zaragoza (Sanjurjo), dudando enormemente de Madrid (sede del Cuadrilátero, pero donde su Capitán General Muñoz Cobos mantendrá una actitud temerosa y oportunista). Ante un ejercito dividido, la mayoría de la alta oficialidad solo será informada en vísperas del mismo. Del mismo modo, en sus motivaciones también encontraremos aquellos temas más sensibles a la mentalidad militar, pese a la presentación de un programa regeneracionista más general. Detrás del golpe está sobre todo Marruecos, las tensiones entre el poder civil y el militar, la solicitud de orden en las calles, el desprecio hacia el nacionalismo y el separatismo, sin olvidar un rechazo hacia la clase política y el propio sistema restauracionista que ya venía larvándose en el ejército (y numerosos sectores sociales y políticos) desde años atrás. Por último será un golpe personalísimo, casi en su totalidad de Primo de Rivera. No solo será reconocido por el resto como líder indiscutible, sino que es este mismo general quien decide su curso, ejecución, aliados y sobre todo le otorga carácter. Es Primo quien de puño y letra otorga un programa al golpe y una justificación, hasta el punto de que solo en el tren que le lleva victorioso a Madrid decide por su cuenta la estructuración en Directorio Militar de lo que hasta ese momento el resto de conspiradores presentaban como civil. La mayor muestra de esta personificación del golpe en el futuro Dictador será la discriminación posterior de los componentes del Cuadrilátero, pasando la mayoría de ellos a la oposición en cuestión de meses.

La tercera tesis que nos quiere presentar Tusell es la absolución del Rey. El comportamiento de Alfonso XIII fue modélico, constitucional, sereno y reflexivo, con un único objetivo: encontrar la solución más adecuada pensando en España. El libro constantemente elige el punto de vista más favorable al monarca e intenta refutar punto por punto todas las tesis que tradicionalmente le responsabilizaban de estar en la conspiración o al menos conocerla. Así, son ciertos los comentarios estivales que hace a Saltavella y Maura respecto a la necesidad de un gobierno militar, utilizar procedimientos extraordinarios, o incluso encabezar él mismo una dictadura, pero para Tusell, Alfonso XIII tan solo expresaba su opinión, “tanteaba, con ligereza e indiscreción, algo que, por otro lado, cada día se encontraba en los diarios”[7]. Cuando nos presenta su reunión en Palacio con parte del Cuadrilátero la semana anterior del golpe, destruye sin piedad la credibilidad del testigo que la narró ante la Comisión de Responsabilidades, para posteriormente reconocer dicha visita y su contenido basándose en las conversaciones posteriores del Rey con Petrie y los embajadores inglés y francés. El autor reconoce que hubo “contacto con los conspiradores, pero tardío […] El contenido de la misma nunca llegará a saberse en sus estrictos términos, pero bien podría ser, que en efecto, el monarca no le diera verdadera importancia, […] Alfonso XIII a lo largo de su vida había recibido a numerosos visitantes hablándole en parecidos términos y el resultado final de su acción solía ser nulo”[8]. Además habría informado al Presidente del Consejo inmediatamente. Tampoco parece haber problema en la significación monárquica de los conspiradores, o incluso en el papel de Milans del Bosh (jefe del Cuarto Militar en aquel entonces) o Martinez Anido (también en San Sebastián durante aquellos días y muy cercano al monarca). El comportamiento del Rey durante el golpe es modélico, mostrando su apoyo inicial a García Prieto y a Alba (con quien solo se disgustará cuando salga corriendo hacia el exilio tras entrevistarse con él y sin avisar de sus intenciones- Tusell reconoce aquí que Alba fue honesto y su salida habría sido decidida en el último minuto). Profesional, busca el contacto con todas las capitanías generales antes de decidir su posición. Son los golpistas los que le imponen la situación, incluso con violencia, sabedores que su éxito solo depende del posicionamiento real, mientras el monarca busca constantemente mantener las formas constitucionales, llegando a imponer a Primo de Rivera su jura como Presidente del Consejo pese a sus reticencias. El nuevo régimen se presentaba como provisional, de transición hacia unas nuevas cortes y un gobierno civil. Alfonso XIII se comportó acorde a las circunstancias de un sistema liberal, pero oligárquico. No hizo más que repetir un papel de arbitro involuntario, dando el gobierno a una nueva mayoría, del mismo modo que había hecho durante todo su reinado, más aún ante la desbandada y la incapacidad del gobierno a la hora de enfrentarse al golpe.

La Bibliografía de la Dictadura

Antes de analizar la diversa bibliografía sobre el periodo tenemos que constatar la falta de biografías sobre Miguel Primo de Rivera. Hay varios volúmenes de historia familiar, y una centrada en su persona (de Ramón Tamames en 2004, de quien reseñaremos otro estudio sobre el periodo que publicó tiempo después) que nos aportan numerosos detalles, pero no existe aún una gran biografía de referencia centrada en su persona y que explore en profundidad su figura. Solo hay ligeras reseñas biográficas en el libro anterior de Tusell, y en menor medida en los siguientes.

Como anunciaba Tusell, la primera monografía canónica que nos encontramos respecto a la Dictadura es la publicada en 1983 por Shlomo Ben-Ami. Este autor hace referencia a encuentros entre Primo de Rivera y el Rey durante el proceso conspirativo, incluso con una posible visita a San Sebastián en los días previos (que Tusell ignora, pero Ben-Ami tampoco desarrolla, presentándolo como un rumor). Más allá de este detalle, encontramos en esta obra una tesis muy similar a la anterior: la conspiración aquí es militar, limitándose al Cuadrilátero y Sanjurjo, el golpe se adelantó un día al ser ya prácticamente vox populi, solo hubo sublevación como tal en Barcelona y Zaragoza (y quizá Bilbao). Primo estaba aislado del estamento militar, incluso hubo posibilidad de contragolpe por parte de otros generales, “pero el bluff de Primo de Rivera tuvo éxito”[9], gracias a crear la impresión de ser el dueño de la situación, a su favorable acogida por la prensa y la opinión pública, y debido a la falta de vigor por parte del gobierno para luchar, pese a no ser indiferente. El manifiesto “estaba imbuido de la retórica clásica de los pronunciamientos”[10]. Santiago Alba se erige en chivo expiatorio del viejo régimen por representar “los intereses egoístas del centro parásito y moribundo”10 que subyugaba a la economía catalana, por intentar soluciones civiles y diplomáticas frente a la dialéctica de las bayonetas del ejército de África y por personificar la imposición de la autoridad civil frente a la militar. Respecto al papel del monarca, Ben-Ami considera que “en la práctica constitucional del sistema de la Restauración, el Rey era la fuente suprema de poder, y un intento del gobierno de García Prieto de luchar para mantenerse en el poder sin el apoyo del Rey habría sido un paso tan revolucionario como el de Primo de Rivera, cuyo golpe de Estado pronto terminaría en una familiar ‘crisis oriental’”[11]. Alfonso XIII se habría visto como dueño de la situación, y una vez convencido de la lealtad a su figura de las principales guarniciones, decidió rechazar la solicitud del Gobierno de convocar Cortes para el día 17 de septiembre (con las responsabilidades en el orden del día), provocando la dimisión del mismo. El Gobierno cayó más por la retirada del apoyo del monarca que por un colapso objetivo de su voluntad. El Rey se colocó en una posición extraparlamentaria y sancionó con su autoridad la victoria de la fuerza, siendo además plenamente consciente de que había violado la constitución, proporcionando la necesaria legitimidad al golpe. En relación con su coalición de apoyo, si bien también nos presenta el golpe como puramente militar, Ben-Ami indica que “se presentó a Primo como el legítimo heredero del mito regeneracionista”[12], de la misma forma que bebió en las fuentes de la revolución desde arriba de Maura. Tras la toma del poder, habría entusiasmado a las clases más altas y las conservadoras del país, siendo la burguesía y la patronal catalana las que dieran “el tono de euforia”[13]. También habría existido una gran confianza por el nuevo régimen entre las clases medias y la iglesia. Desde los partidos, solo la Lliga Regionalista y la Unión Monárquica Nacional (también catalana) apoyaron inicialmente al golpe, pero los mauristas, los tradicionalistas e incluso la nueva derecha del PSP lo celebrarían con entusiasmo.

Coetáneo al libro de Tusell, 1987, encontramos la siguiente monografía de la mano de Mª Teresa González Calbet, y enfocada en el periodo inicial del Directorio Militar. De inicio afirma que “parece claro que la postura del Rey fue la que decidió el golpe”[14]. El Rey aprovecho el golpe para derribar un régimen moribundo, al que él mismo boicoteaba y hacer efectivo así su propio pensamiento. Frente a las tesis anteriores la autora ve detrás del golpe dos líneas conspirativas diferentes. La primera procedería de un sector de las Juntas Militares de Defensa de Barcelona, reformistas, antioligárquicos y poco afectos al monarca, y el otro sería el Cuadrilátero que comenzaría sus trabajos en junio de 1923, marcados por su africanismo y proximidad al Rey. Primo de Rivera habría actuado como enlace de estos dos grupos, para posteriormente liderar la sublevación. Considera que hubo contactos entre los conspiradores y el Rey, y que este sabía algo del movimiento, pues las declaraciones a Salvatierra (la inevitabilidad de formar un gobierno militar) fueron hechas horas después de la vuelta triunfal de Primo a Barcelona, tras el primer viaje conspirativo a Madrid, el 23 de junio, donde hubo entrevista entre el entonces Capitán General de Barcelona y el monarca. Es más, Gonzalez Calbet cree que solo cuando a finales de agosto Maura expresa al Rey los peligros de que este encabece la presidencia de gobierno dictatorial, se abren las puertas “para que la dirección del movimiento caiga en manos de Primo.”[15] Para la autora “los indicios de cierta connivencia entre el Rey y los futuros golpistas son múltiples”[16], si bien no existiría una prueba definitiva de su implicación. Frente a la simple comunicación telegráfica que defiende Tusell, asegura conversaciones telefónicas entre Primo y el mismo Alfonso XIII la noche del 12 al 13 durante el inicio del golpe, e incluso que este último llegó a cortar la comunicación con el gobierno, retrasando inexplicablemente su regreso a Madrid: “fue absolutamente decisiva la actitud de pasividad del Rey que permitió ganar tiempo a los sublevados”[17]. Así, a lo largo del día 14 la correlación de fuerzas en el Ejercito se irá decantando hacia el golpe. El gobierno dimite ante la solicitud del Rey de reflexionar respecto a la sustitución de Primo y la convocatoria de Cortes. En ese mismo momento, le comunica a García Prieto que encargará formar gobierno a Primo. Respecto a los apoyos, la autora se sorprende por la unanimidad del Ejército a la hora de aprobar el golpe, y nos dice que “la actitud de las clases y sectores sociales ante el golpe de Primo de Rivera es muy ilustrativa del estado de opinión ante el sistema canovista. Ninguna fuerza social importante va a defender ya este sistema, a excepción de algunos políticos o de órganos de prensa que representaban intereses muy concretos, como La Época”[18] . La burguesía en general, y sobre todo la industrial catalana, recogió con enorme simpatía el nuevo régimen, siendo posteriormente bien aceptado por las diversas patronales, los pequeños comerciantes y propietarios rurales, los agricultores y la iglesia. La reacción del movimiento obrero habría sido muy escasa, por su debilidad organizativa en aquel momento. Las fuerzas políticas más afines habrían sido además de los catalanistas de la Lliga, los tradicionalistas, mauristas (con matizaciones del propio Maura) y el PSP. Conservadores y liberales dinásticos se habrían abstenido, sin mostrar inicialmente una oposición radical al mismo. Incluso los republicanos, que llegarían a ser sus mayores opositores, mostraron cierta indiferencia, llegando Lerroux a alabar aquella manifestación de orden. En el fondo de todo ello estaría la oposición global existente al programa reformista de la Concentración Liberal, tanto de los poderes fácticos, como del resto de los partidos políticos (dinásticos o no).

En 1991, José Luis Gómez Navarro presentó El régimen de Primo de Rivera, definiéndolo como un caso modélico de las transiciones de un régimen liberal a uno democrático, cuando a consecuencia de la crisis de los primeros surgieron toda una serie de regímenes dictatoriales en el periodo de entreguerras europeo. Frente al caso alemán o italiano (países industrializados y con una experiencia democrática previa), España vería la implantación de un régimen dictatorial menos radical. Esta comparativa entre diferentes episodios europeos es una constante en todos los historiadores de la Dictadura, pero aquí cobra una relevancia central en su estudio. Respecto a la actuación del Rey, sigue la misma tesis de González Calbet: “Alfonso XIII consideraba inevitable y deseaba un golpe de Estado militar al menos desde junio de 1923. Además, conocía los preparativos de los golpistas con total seguridad desde los primeros días de septiembre, y con toda probabilidad, desde junio. Durante el verano, el propio Rey pensó en encabezar el golpe. Al final, cuando éste se produjo, D. Alfonso cortocircuitó la acción del Gobierno. Es evidente que el Rey hubiera podido repudiar el movimiento militar, pero no sólo no lo hizo, sino que lo sancionó y lo regularizó concediendo poderes absolutos a Primo de Rivera”[19]. Gómez Navarro resalta las conversaciones y la información ofrecida por los embajadores francés e inglés en los días posteriores al golpe, donde el monarca se mostraba entusiasmado y totalmente implicado, presentándose como verdadero director del proceso. No fue Alfonso XIII el responsable político de implantar un régimen de excepción, pero sí el responsable jurídico y constitucional. La obra se centra en el análisis de la Dictadura, dedicando muy poco espacio al golpe en si mismo. Referente a la ejecución, sigue la teoría de los dos grupos militares conjuntos, con diferentes intereses y procedencia, y respecto a los apoyos, serían estos una coalición a posteriori de todas las “fuerzas de orden”.

Tendremos que esperar 15 años a la aparición de la última gran monografía dedicada al periodo. La publica Eduardo González Calleja en 2005 y recoge sucintamente todos los estudios anteriores hasta aquel momento, mencionando constantemente las diferentes hipótesis de cada investigador. Aquí aparece por primera vez una trama civil del golpe, con miembros del catalanismo conservador, e incluso personajes como el marques de Comillas o el conde Guell, que estarían al tanto de los preparativos. En resumen: “el Rey tuvo […] una clara responsabilidad en el deterioro de la situación política. Tras haberse impuesto como ‘obstáculo tradicional’ en las varias tentativas de democratización del sistema mediante el uso abusivo de la prerrogativa regia y el aliento del militarismo en detrimento del poder civil, Don Alfonso instrumentalizó la amenaza castrense que se cernía sobre el régimen parlamentario para potenciar su propio papel, pasando de árbitro a actor fundamental del juego político”[20] Sus declaraciones a favor de un gobierno personal y autoritario habrían sido más numerosas de lo hasta ahora visto. Solo en verano tras consultar a diversos lideres políticos “desistió de su empeño y dejó el camino expedito a los conspiradores militares”[21]. Gonzalez Calleja añade una tercera conspiración militar a las ya vistas, separando del intento del Cuadrilátero la de Aguilera, de carácter bonapartista, buscando un movimiento regenerador de carácter liberal-democrático. Es a esta última conspiración a la que se añade Primo en un principio, para posteriormente liderar el resto una vez que Aguilera queda desprestigiado tras los incidentes de Julio (que en realidad habrían sido una primera y precaria intentona de Aguilera, fracasada). Los incidentes durante la Diada del día 11 habrían adelantado los sucesos. Para el autor sí habría existido una confrontación entre el monarca y Primo de Rivera, al intentar el primero imponer los habituales procedimientos establecidos para la resolución de crisis de los gobiernos constitucionales, mediante consultas a los partidos, que finalmente fueron desestimadas ante las amenazas de los golpistas. Respecto a los apoyos al golpe, la élite restauracionista habría sido la menos entusiasta, siendo los liberales albistas los más críticos. El resto habría oscilado entre el silencio y la adhesión a un régimen visto como “’medida quirúrgica’ de saneamiento del sistema político, pero confiando en su transitoriedad y en la ponderación de sus reformas”[22]. Toda esta base social sustentadora de la Dictadura se iría desmovilizando a partir de 1926 cuando se vayan desvinculando amplios sectores intelectuales, políticos y sociales, así como parte del Ejército y la propia Corona.  

Por último reseñaremos someramente la monografía más reciente sobre el periodo, publicada por Ramón Tamames en 2008 y prologada por Fernando García de Cortázar. Unos años antes había publicado con Xavier Casals la única biografía de Primo que podemos encontrar. No aporta ninguna tesis nueva, es una historia novelada, con mucho anecdotario, poco análisis y demasiados axiomas, siendo un refrito de obras anteriores y visiones contemporáneas a los hechos (sobre todo las de Eduardo Aunós desde las visiones favorables a la Dictadura, y Joaquín Maurín desde las críticas). Pero sí nos ayuda en gran medida a hacernos una idea de cierta opinión mainstream existente sobre el asunto. Acepta la tesis de las dos conjuras militares de González Calbet (llegando a afirmar que Primo era el Papa Negro, el presidente de las Juntas). El General es una figura de enorme prestigio y capacidad, que recoge la unanimidad de buena parte del ejército y la sociedad española, elaborando en sus notas de aquellos meses un “manual del golpe de Estado- que no tendría que envidiar a la Técnica que luego escribiría Curzio Malaparte”[23]. Durante esos meses estivales, varias muestras públicas de apoyo le habrían autoconvencido de una especie de plebiscito a su persona, decidiéndose a dar el golpe. El Rey estaba totalmente al corriente de los preparativos, perjurando varias veces sin disimulo, pues en realidad: “la suerte a favor de Primo de Rivera estaba echada: el borboneo, aunque en circunstancias sui generis, volvió a funcionar”[24]. Para el autor, “dar el golpe era absolutamente inconcebible sin contar con la cooperación del monarca”[25] Pero en numerosas ocasiones encontraremos a lo largo del volumen que Tamames se apunta a unas tesis y a sus contrarias, si bien por regla general es muy crítico con el monarca, y benévolo con el dictador: “lo que intentó Primo de Rivera: ampliar las clases medias y conseguir un país más estable. Pero no lo logró, a pesar de sus indudables avances económicos-sociales. Le faltó tiempo y sobre todo…doctrina”[26] . La Dictadura fue una ocasión perdida para cambiar el rumbo de la historia de España, posiblemente por no haber “dado más cuerda a algunos de sus grandes colaboradores como Calvo Sotelo, Aunós o el propio Guadalhorce”[27].

3.    Las Historias del Rey y su Reinado

            Alfonso XIII tiene una ingente cantidad de biografías dedicadas, siendo uno de los personajes más discutidos dentro de la historiografía española. En este espacio vamos a revisar los puntos de vista más representativos respecto a la presentación de su figura en los últimos años, pues recogen la mayoría de las líneas historiográficas anteriores, comenzando por aquellas más favorables a su figura y labor para terminar con las más críticas.

Ya hemos identificado con anterioridad a Carlos Seco Serrano como el historiador más influyente a la hora de trasmitir una imagen positiva del monarca y su reinado en las últimas décadas. En las conferencias que aludíamos nos presenta un personaje más que criticado, difamado, sobre todo respecto a su posición durante el golpe. Solo en 1923 se le habría planteado una disyuntiva entre observar la Constitución o oponerse a sus deberes con España, pero siempre habría abordado sus decisiones buscando el país real. El golpe fue “una reacción contra el terrorismo ácrata desencadenado en Barcelona durante la difícil postguerra mundial, y contra el desbordamiento de las reivindicaciones regionalistas”[28]. Las comunicaciones telegráficas de Primo desmienten cualquier implicación del monarca. Solo aceptó la Dictadura cuando comprobó “que una inmensa mayoría del país la respaldaba, en vista del estado de descomposición y de impotencia a que había llegado la clase política”28. El fracaso posterior “de la Dictadura en su intento de renovar sobre bases reales el artificioso partidismo de la Restauración, implicó el fracaso de la monarquía”[29]

Javier Tusell y Genoveva Queipo de Llano publicaron su biografía de Alfonso XIII en 2003. Nos presentan una imagen compasiva con la actuación real, sin llegar a los excesos de Seco Serrano. Respecto a su estudio de dos décadas atrás encontramos dos ligeras diferencias: “no puede extrañar que [Primo] desempeñara un papel de cierta relevancia de cara a las Juntas de Defensa”[30] y el golpe deja de ser un ejemplo exitoso, pasando a ser una apuesta valiente y arriesgada: “si el golpe de Estado triunfó, la razón estriba a que a la audacia de los conspiradores sólo se contrapuso un vacío de poder”[31]. Respecto al papel del monarca en la preparación y ejecución del golpe, Tusell aprovecha para ratificarse en sus tesis e incidir en su interpretación de aquellos episodios más relevantes y contradictorios, puestos en duda por los libros posteriores a su Radiografía. La principal prueba de cargo para probar la inocencia del Rey sería “el archivo privado de Primo de Rivera, [que] no permite concluir, en absoluto, que los conspiradores dieran por supuesta una inclinación adquirida e irrevocable del monarca hacia ellos, ni menos aún que éste fuera el promotor de la conspiración contra el régimen liberal”[32]. Imposible probar la existencia de algo que, según el autor, no existió. La situación política existente era grave, pero su resultado no garantizaba para nada el triunfo de un golpe. El Rey mostró durante toda su ejecución una actitud que reflejaba su desconocimiento y sorpresa ante los acontecimientos, así como resistencia a ejercer el papel que solicitaban los golpistas. Reitera que con Alba se refirió desdeñosamente a Primo (pavo real), y no le retiro la confianza a García Prieto, sino que solo le solicitó reflexionar. Fue amenazado por los golpistas a tomar una decisión y aun así se impuso a ellos guardando cierta compostura constitucional, mediante una fórmula intermedia de jura como Presidente del Consejo ante el Ministro de Justicia saliente. La verdadera violación de la Constitución habría venido posteriormente, al evitar la reunión del parlamento. Siempre creyó que sería un breve paréntesis restaurador. Quizá fue “imprudente y ligero, […y] tuvo su propia tentación autoritaria, siempre temporal y con el apoyo del ejército y la clase política, pero abortó apenas nacida”[33]. Todos los testigos directos le exculparon y advirtió inmediatamente a franceses e ingleses que no había jugado papel alguno en la conspiración. En definitiva, nunca pudo oponerse, pues “no hubo un autentico apoyo social frente al golpe ni tan siquiera existió un deseo por parte del propio Gobierno de mantenerse en el poder”[34], la opinión pública estuvo mayoritariamente con los golpistas.

También de 2003 data el volumen Alfonso XIII, un político en el trono, donde varios especialistas dan su visión sobre el monarca. Podemos encontrar en él diferentes posiciones respecto al papel real en la llegada de la Dictadura. Mercedes Cabrera elude entrar en la disputa: “poco importa si el Rey conoció de antemano los preparativos”[35]. Habría estado convencido de tener detrás a todo el país, así como de haber obedecido el espíritu y la letra del primer artículo constitucional que señalaba como sus deberes servir y salvar a la patria. Durante aquellos días su mayor irritación habría sido provocada por la visita de los presidentes de las cámaras disueltas (Romanones y Melquiades Álvarez) que fueron a recordarle en noviembre su obligación de convocar nuevas Cortes. Gestionó la llegada de Primo como si se tratara de un relevo gubernamental más y aceptó la suspensión de la Constitución, primer acto del Directorio. “Alfonso XIII había decidido anteponer los supuestos deberes para con España a la defensa del orden constitucional”[36].

Carolyn P. Boyd, una de las mejores investigadoras del pretorianismo y la influencia militar en la España contemporánea, define el golpe como “la culminación de un prolongado pulso entre la oficialidad- o las facciones de descontentos en su seno- y los políticos civiles, bajo presión para democratizar y civilizar las estructuras políticas de la nación.”[37]. Alfonso XIII habría alentado las insubordinaciones militares, debilitando el sistema parlamentario. Apoya la tesis de las tres ramas de la conspiración, remarcando que el “Cuadrilátero era ciegamente leal a Alfonso XIII”[38]. Cree que el monarca se mantuvo deliberadamente distante de la preparación, pero que la evidencia sugiere que estaba informado y no hizo nada por detenerla. Todas las guarniciones, menos Madrid, Barcelona y Zaragoza, quedaron a expensas de las órdenes del Rey. Al final su inacción fue decisiva, incomunicándose en San Sebastian mientras sondeaba la opinión de la oficialidad. En definitiva, el Rey contribuyó decisivamente a la debilidad civil y a la disposición militar a intervenir en política.

Por último, Gómez Navarro se encarga en este libro del capítulo dedicado a la Dictadura, reelaborando sus tesis anteriores: desde el fin de la I Guerra Mundial, Alfonso XIII fue convenciéndose de que un régimen liberal en crisis como el español no podía enfrentarse a la amenaza de las fuerzas revolucionarias existentes, lo que le llevó a “una crítica general del funcionamiento de todas las instituciones liberales en España: partidos, gobierno y Cortes”[39]. Reitera la responsabilidad del Rey en base a los mismos argumentos que utilizó en su obra de 1991, siendo el principal que al firmar el Decreto que concedía poderes ilimitados a Primo rompió el propio régimen constitucional.

La última biografía que vamos a reseñar es la publicada por Gabriel Cardona en 2010, muy crítica con la figura del monarca. Exmilitar de la UMD, fue un historiador con numerosas obras sobre el periodo y sobre la historia militar española del siglo XX. Durante su reinado, Alfonso XIII no hizo más que intentar recuperar y asumir plenamente las competencias máximas que le otorgaba la Constitución, tratando a toda la clase política como sus sirvientes. Pese a ello, nos dice respecto al golpe que el Rey “no intervino directamente, quizá porque el golpe le parecía inevitable, dado el desprestigio de los políticos, pues si no se pronunciaba el general Primo de Rivera, lo haría cualquier otro”[40]. El golpe pareció fracasar en sus primeras 24 horas, con numerosos generales en contra (Heredia, jefe del Estado Mayor, o Cabanellas), pero al final Alfonso XIII sería la palanca que lo hizo triunfar, actuando como de costumbre, desautorizando a su Gobierno frente al poder militar. “Sintiéndose en peligro, Alfonso XIII aceptó un golpe militar que no sólo lo defendía a él, sino también a las oligarquías tradicionales”[41]. Cardona nos presenta una hipótesis nueva: probablemente si hubiera seguido el procedimiento habitual, el nombramiento de Primo habría sido aceptado por la mayoría parlamentaria. Pero al impedir la apertura del Parlamento, proclamar el Estado de Guerra, suspender la Constitución y sustituir los ayuntamientos por comisiones gestoras, se instituyo un nuevo régimen totalmente inconstitucional. Este régimen autoritario habría sido muy bien visto por aristocracia, militares, burguesía e iglesia, pero supuso el canto del cisne para la propia institución monárquica.

4.    El Golpe en la Prensa

El 12 de septiembre de 1923, ABC dedicaba gran espacio a las “cínicas provocaciones de los separatistas”[42], no solo vistas durante el homenaje a Casanova durante la Diada del día anterior, sino también en Vitoria, y proféticamente señalaba: “todo eso sigue y seguirá, sin que nadie se preocupe seriamente de corregirlo y es natural que de su fruto”40. Desde un par de años antes, esta cabecera apostaba claramente por una solución autoritaria, de forma que no nos sorprenderá que sea de las que mejor acojan el golpe. Así nos presentará el día 13 un grave movimiento militar, si bien tiene mucho cuidado en tomar cualquier tipo de partido. Tangencialmente, nos informa que el gobierno ha decidido destituir a Primo, que Aizpuru le requirió a deponer su actitud y que “seguramente, el marqués de Estella decidió en el acto adelantar los acontecimientos preparados”[43]. No hay referencia alguna al papel del monarca, más allá de relatar su agenda. El día 14 nos presenta en portada las fotos de los jefes del movimiento militar: Primo, Cavalcanti, Saro y Berenguer, así como titula La protesta militar contra el gobierno y los políticos. Por ahora, el país habría recibido los acontecimientos con tranquila expectación, ni le contrarían ni le entusiasman. Pero todos sus textos son claramente favorables al pronunciamiento, dando el golpe por exitoso e incluso con artículos laudatorios, pero aun anónimos de algún general, la adhesión de la Confederación Patronal Española y las primeras declaraciones del Dictador y su exitoso baño de masas durante la inauguración de la Exposición del Mueble. Publican también el manifiesto de Primo, y el Capitán General de Madrid, Muñoz Cobo asegura que solo esperan la resolución del Rey, del que anuncian su llegada a la capital pero sin posicionarlo (en el andén de partida “el Monarca se detuvo a conversar brevemente con un grupo que formaban los exministros señores Gasset, Matos y Rivas. No se hizo alusión al asunto del día, hablándose solo de los incidentes promovidos por los separatistas en Barcelona”[44]). También se alude a que el Gobierno “tiene el propósito decidido de no presentar la dimisión al Monarca”[45]. En el ejemplar de este día 14 encontramos numerosos pasajes cortados por la censura, pero se trata de la censura gubernamental que busca limar el apoyo al golpe. A partir del día siguiente, se instaurará una censura militar de signo contrario, pero de la que no encontraremos muestras en ABC. El día 15 nos informan de la dimisión del Gobierno aceptada por el Rey, la llamada a Primo de Rivera a formar Ministerio y la constitución del Directorio de generales. En ningún momento se manifiestan las intenciones del monarca, presentado siempre como una figura neutral y pasiva a los acontecimientos. Solo hay una pequeña nota que nos informa que Alfonso XIII y Primo han conversado telefónicamente. A partir del día 16 el periódico perderá el tono de neutralidad benevolente para convertirse en todo un ejemplo de hagiografía hacia el nuevo régimen y el Dictador. Durante los siguientes días todo serán alabanzas, adhesiones, felicitaciones y constatación de la ingente actividad desarrollada por el nuevo gobierno. También se referirán los diferentes posicionamientos de los políticos dinásticos o incluso de los socialistas, presentados siempre en términos de abandono o expectación. Tendremos que esperar al día 20 para ver en portada la primera foto del Rey con el Directorio, pero en ningún momento durante aquellos días se reflejará la más mínima insinuación respecto al posicionamiento del monarca. Se limita a su función constitucional, firmando todo lo que se le presenta y cuidándose mucho de involucrarlo en un sentido u otro. Con variaciones, este será el tono utilizado respecto al monarca en los tres periódicos que analizamos, su figura es tratada como un actor pasivo a los acontecimientos, una magistratura superior, que pese a ser decisiva, está por encima de los vaivenes políticos.

El Sol nos anuncia el día 12 que posiblemente el Gobierno nombraría ese mismo día un nuevo Gobernador Civil para Barcelona, “cargo que desde hace años presenta siempre bastantes dificultades”[46]. El golpe es recibido como rebelión militar, el gobierno se esforzaría por aparentar tranquilidad frente a un Primo sublevado que pediría “al Rey que aparte a los políticos de la gobernación del Estado”[47]. Si ABC nos daba el día 14 una visión donde todo ya estaba decidido y solucionado, El Sol por el contrario presenta una situación de claro impasse político, donde Primo y Sanjurjo están dispuestos a sostener su actitud pase lo que pase, incluso en un posible uso de la fuerza, y todos esperan “la llegada del Monarca, a quién se le ha reservado con toda galantería la ardua misión y la seria responsabilidad de decidir”[48]. Se presentan las reacciones de todo el espectro político, desde los comunistas a los conservadores dinásticos, e incluso se refleja el malestar del Gobierno ante el retraso en la llegada del Rey, pero ese mismo día en portada ya encontramos un editorial que alaba sutilmente los hechos, relacionándolos con la aparición de las Juntas en 1917: “¡Lástima que se haya puesto un trecho de seis años entre el propósito y la realización!”48. El día 16 anuncia la resolución del golpe, con la llegada del Rey a Madrid, la toma del poder por el Directorio y el Estado de Guerra decretado, pasando el día siguiente a remarcar el cambio político que el nuevo régimen supone bajo el gran titular de “Se han suprimido los cargos de presidente del Consejo, ministro y subsecretario”[49]. También a partir de este día avisará a sus lectores que la publicación ha sido revisada por la censura militar. Durante todo este tiempo presentarán los hechos de forma imparcial, recogiendo todo tipo de impresiones y reacciones, pero sin marcar claramente la línea editorial del diario. Solo el día 20 encontraremos otro suelto donde se reconoce el éxito del movimiento pero se le critica levemente por su populismo antipolítico. Tendremos que esperar al día 27, cuando en un editorial en su portada, sin firmar, marque claramente el apoyo al golpe: “Cuando ya la situación de España parecía insostenible, cuando los males que nosotros nacimos para combatir habían llegado al punto de arrojar al país en la disolución, un alzamiento militar ha venido a barrerlos. Apoyamos leal y resueltamente esta situación: primero, porque era la única posible, y segundo, porque empieza a cumplir nuestro programa, y seguimos creyendo, como el primer día, que en nuestro programa está la salvación de la Patria”[50]. El mismo Ortega y Gasset ratificará la adhesión con un articulo en portada semanas después: “si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero”[51].

En El liberal sí que encontraremos una visión más crítica respecto a los hechos, pero rápidamente será intervenido por la censura. Ya el día 12 abrían en portada con un artículo de Unamuno donde solicita a Alba, como Ministro de Estado, que “republicanice” la corona. El golpe se presenta el día 13 como dificultades del Gobierno, titulando “los partidarios de la guerra en Marruecos y los responsables del Desastre, apremian con serias conminaciones”[52]. El 14 ante la confirmación del golpe titula en primera página “¿Qué hace el Rey? ¿Qué hace el parlamento?, El Pueblo, como las guarniciones, en actitud expectante”[53], los golpistas son el gran somaten, la cabeza del partido de la guerra. Avisan de la dificultad de concretar los acontecimientos debido a la censura y reflejan ampliamente los diferentes informes contradictorios respecto a la situación y llegada del Rey. Desde el día 15 ya avisan que están bajo los efectos de la censura militar, pero aun así titulan que el Rey llegó, “por fin”, y el tono general de todos sus artículos denota la responsabilidad y el juego del monarca, así como de la alegría de los sectores más reaccionarios. Como ejemplo, al anunciar la despedida triunfal de Primo de Barcelona subtitulan: “Se da un ¡Viva el Mussolini español! y el obispo le bendice”[54]. Este será el acento utilizado durante los siguientes días, remarcando el entusiasmo militar, cargando las tintas sobre otras dictaduras en las noticias internacionales y llegando a publicar algún artículo de opinión con críticas moderadas como el de Angel Ossorio el día 18, o el de Juan Guixe el día 20. El liberal imprimirá todos sus textos tirando siempre de ironía y doble sentido: “La ‘Gaceta’ sale cada día mejor. Las disposiciones de ayer”[55], en un lenguaje ambivalente y al límite del desbordamiento, muy fácil de descifrar probablemente para sus lectores.

5.    Conclusiones

Respecto a la posición de Alfonso XIII en relación con el golpe, la primera conclusión que podríamos extraer tras analizar esta bibliografía es la disonancia que encontramos entre cierta unanimidad de los diferentes investigadores a la hora de establecer los hechos y las fuentes utilizadas y por otro lado, la disparidad de conclusiones que se realizan de las mismas. Estamos ante un suceso donde el posicionamiento y los sesgos de cada autor definen enormemente la exegesis de un acontecimiento que se muestra sumamente maleable. Tusell es completamente honesto en la utilización de fuentes de su Radiografía, pone a nuestra disposición la totalidad de las existentes, incluso las más divergentes para sus tesis, hasta el punto de que serán prácticamente las mismas posteriormente utilizadas por el resto de historiadores. Pero entre su interpretación y la de González Calbet, Gómez Navarro, Cabrera, Boyd, González Calleja o Cardona media un abismo. De aquí mismo deriva la segunda conclusión, en realidad no estamos ante una verdadera disputa historiográfica. Encontramos cierta coincidencia entre todos estos últimos investigadores a la hora de evaluar la actuación del monarca. Es más que probable que conociera con anterioridad los preparativos o al menos la intención de sublevarse de los golpistas, el movimiento coincidió totalmente con los deseos y la interpretación que el propio Rey hacía del proceso político según todas las fuentes, su comportamiento durante la ejecución del golpe ayudo sin lugar a dudas a que este triunfara, en ningún momento tomo decisión alguna contraria al mismo o mostró cualquier atisbo de oposición, pudo sentirse en algún momento presionado por las circunstancias pero manteniendo siempre las mejores relaciones con los golpistas, y sobre todo, pese al intento de revestir sus decisiones con una pátina constitucional, refrendó de buena gana todas las disposiciones surgidas del Directorio que en cuestión de días anularon el régimen constitucional existente. En definitiva, podría tener razón Malaparte cuando indicaba la figura del Rey como indispensable para el éxito del golpe. Incidiendo más o menos en unos episodios o en otros, cargando más o menos las tintas en su actuación y personalidad, pero la gran mayoría de los investigadores estarían de acuerdo con este esquema general. Todos, menos la línea que representan Seco Serrano y Tusell, que entronca directamente con toda la historiografía benevolente y disculpatoria con la figura de Alfonso XIII que encontramos desde el mismo momento del golpe. Es la relevancia de ambos historiadores, la especificidad de la Radiografía como única monografía al respecto, y el indudable apoyo que sus tesis encuentran en buena parte de la sociedad y los medios españoles, lo que convierte este asunto en un debate acalorado que en realidad no debería llegar a ser[56].

Referente a la caracterización del golpe podemos concluir que este tuvo un carácter estrictamente militar y en su preparación encontramos solo un reducido grupo de conspiradores. Estos hicieron una correcta lectura de la correlación de fuerzas existente y por ello el golpe (más bien un pronunciamiento similar a ejemplos decimonónicos) triunfó. Pero también echamos de menos mayor profundidad en el estudio que hasta ahora se ha realizado de la conspiración. Los puntos de vista que se ofrecen son todos unidireccionales y sus fuentes proceden en su gran mayoría de los propios conspiradores. Creemos que hay campo para una mayor investigación, de la misma forma que con los años comprobamos que las diferentes monografías han ido ensanchando y aumentando los protagonistas y las tramas. Falta mayor profundidad en las reacciones y relaciones con el resto del Ejército o con las fuerzas políticas. El análisis que hemos hecho de la prensa de la época también concuerda con esta visión militarista del golpe, así como de la amplia aceptación por buena parte del establishment existente. Ambas características son aceptadas por la práctica totalidad de los autores. El golpe fue bien recibido y tuvo la adhesión posterior de las principales “fuerzas del orden” de la época y la benevolencia de la buena parte de la sociedad española. Pero esta adhesión fue a posteriori, ningún sector social habría tenido protagonismo durante la preparación más allá de algunos militares.

Por último constatamos la desaparición de una línea de investigación muy seguida por la historiografía marxista de décadas anteriores, un ejemplo podría ser Tuñon de Lara, y que mantenía la tesis de que el golpe abortó un posible desarrollo democrático del sistema que en aquellos momentos protagonizaría el gobierno de Concentración Liberal. La practica totalidad de los autores estiman que el sistema restauracionista se encontraba en una profunda crisis, con un Gobierno desnortado e incapaz de hacer frente siquiera a un pronunciamiento como este. No habría existido posibilidad de un desarrollo democrático viable en aquel momento, ni en la intención, ni en la capacidad del ministerio de García Prieto. Sólo sería precisamente la experiencia y el fracaso de la Dictadura, la que permitiría un desarrollo democrático tras su desaparición.

 

6.    Bibliografía

ALVAREZ REY, L. Bajo el fuero militar. La Dictadura de Primo de Rivera en sus documentos (1923-1930). Universidad de Sevilla. Sevilla. 2006.

BEN-AMI, S. El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). RBA. Barcelona. 2012

CARDONA, G. Alfonso XIII, el rey de espadas. Editorial Planeta. Barcelona. 2010 (La edición a la que hemos podido acceder es un archivo pdf sin numeración en sus páginas, las referencias son a la página concreta del pdf)

GÓMEZ NAVARRO, J.L. El régimen de Primo de Rivera: reyes, dictaduras y dictadores. Catedra. Madrid. 1991

GONZÁLEZ CALBET, M.T. La dictadura de primo de Rivera. El Directorio Militar. Ediciones El Arquero. Madrid. 1987.

GONZÁLEZ CALLEJA, E. La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria 1923-1930. Alianza Editorial. Madrid. 2005.

MARTORELL, M, / JULIÁ, S. Manual de historia política y social de España. RBA Historia. Barcelona. 2012.

MORENO LUZÓN, J (ed.)- Alfonso XIII. Un político en el trono. Marcial Pons, Ediciones de Historia. Madrid. 2003.

MUÑOZ, G.M., Viaje historiográfico por la figura política del rey Alfonso XIII. Logroño. Historiografías, revista de historia y teoría. N.º 12. 2016

SECO SERRANO, C (Coord.) Alfonso XIII en el centenario de su reinado. Real Academia de la Historia. Madrid. 2002.

TAMAMES, R. Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo. Planeta. Barcelona. 2008.

TUSELL, J. Radiografía de un golpe de Estado. El ascenso al poder del General Primo de Rivera. Alianza Editorial. Madrid. 1987.

TUSELL, J. y QUEIPO DE LLANO, G.- Alfonso XIII. El rey polémico. Taurus. Madrid. 2011. Edición Kindle.

 

[1] MALAPARTE, C La técnica del Golpe de Estado.  Editora Zig-Zag. Santiago de Chile. 1934. P.107

[2] Ibidem P.  110

[3] ASTORGA, A. Seco Serrano asegura que Alfonso XIII jamás estuvo detrás del golpe de Primo. ABC. Madrid. 23 mayo 2002

[4] TUSELL (1987) P. 13

[5] Ibidem. P. 14

[6] Ibidem P. 258

[7] Ibidem. P. 128

[8] Ibidem P. 133

[9] BEN-AMI (2012) P. 67

[10] Ibidem  P. 63

[11] Ibidem P. 69

[12] Ibidem P. 79

[13] Ibidem P. 86

[14] GONZALEZ CALBET (1991) P.20

[15] Ibidem P. 60

[16] Ibidem P. 62

[17] Ibidem P. 71

[18] Ibidem P. 81

[19] GÓMEZ NAVARRO (1991) P. 129

[20] GONZÁLEZ CALLEJA (2005) P. 27

[21] Ibidem P. 28

[22] Ibidem P. 48

[23] TAMAMES (2008) P. 49. Tamames se equivoca aquí al atribuir a Primo los primeros pliegos elaborados por los conspiradores, que en realidad son obra de Cavalcanti.

[24] Ibidem P. 59

[25] Ibidem P. 238

[26] Ibidem P. 247

[27] Ibidem P.241

[28] SECO SERRANO (2002) P. 23

[29] Ibidem P. 25

[30] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2011) Posición 7108

[31] Ibidem Posición 7298

[32] Ibidem Posición 7171. Respecto al archivo del Dictador, entregado a Tusell por su nieto Miguel Primo de Rivera y Urquijo, deberíamos destacar la afiliación monárquica desde finales del franquismo de la familia Primo de Rivera. Creemos que difícilmente hubieran puesto en circulación ninguna fuente que pudiera enturbiar su compromiso monárquico.

[33] Ibidem Posición 7298

[34] Ibidem Posición 7319

[35] MORENO LUZÓN (2003) P. 109

[36] Ibidem P. 110

[37] Ibidem P. 215

[38] Ibidem P. 235

[39] Ibidem P. 341

[40] CARDONA (2010) P. 184

[41] Ibidem P. 187

[42] ABC. Madrid. 12 septiembre 1923. P. 9

[43] ABC. Madrid. 13 de septiembre 1923. P.13

[44] ABC. Madrid. 14 de septiembre 1923. P.8

[45] ABC. Madrid. 14 de septiembre 1923. P.9

[46] El Sol. Madrid. 12 de septiembre 1923. P. 2

[47] El Sol. Madrid. 13 de septiembre 1923. P. 1

[48] El Sol. Madrid. 14 de septiembre 1923. P. 1

[49] El Sol. Madrid. 16 de septiembre 1923. P. 1

[50] El Sol. Madrid. 27 de septiembre 1923. P. 1

[51] El Sol. Madrid. 27 de noviembre 1923. P. 1

[52] El Liberal. Madrid. 13 de septiembre 1923 P. 1

[53] El Liberal. Madrid. 14 de septiembre 1923 P. 1

[54] El Liberal. Madrid. 15 de septiembre 1923 P. 3

[55] El Liberal. Madrid. 20 de septiembre 1923 P. 2

[56] Es significativo un artículo donde el propio Tusell alude a esta controversia: “los historiadores han acercado mucho sus posturas acerca de un pasado tan controvertido como el español, pero la sublevación que en la madrugada del 13 de septiembre de 1923 llevó al poder al general Primo de Rivera sigue teniendo aspectos muy controvertidos referidos a aspectos básicos de la interpretación histórica”. Tusell, J. Un golpe que cambió la historia. EL PAÍS. Madrid. 14 septiembre 1923. En https://elpais.com/diario/2003/09/14/domingo/1063511559_850215.html