6. Ideología de la Familia Real.
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
6. Ideología de la Familia Real.
La postguerra española coincidió con el creciente peso de Falange en el régimen franquista. Serrano Suñer, la figura más cercana al fascismo del régimen, además de antimonárquico, fue hasta su caída en 1942 la principal influencia para Franco, quien cada vez dejaba más claro que no tenía ninguna intención de restaurar la monarquía, sino institucionalizar su propio régimen personal. Serrano viajó a Italia en junio de 1939, reuniéndose con la familia real y con las principales autoridades italianas, con las que “se manifestó dispu1esto a aceptar a los Borbones ‘si éstos se portaban bien’, pero los juicios positivos se detuvieron en el hijo, pues del antiguo Rey habló ‘pesimamente’ […] había afirmado que la vuelta al torno de Alfonso XIII era ‘una imposibilidad física y metafísica’ porque había cometido ‘errores y ligerezas’”[1]. Muchos autores reflejan el hecho de que Mussolini desaconsejó a Franco[2] cualquier restauración monárquica, pues introduciría un elemento de discordia en la fascistización del régimen español. Para el fascismo, español e italiano, la monarquía seguía indisolublemente unida al pasado liberal y además tenía peligrosos vínculos con la casa real inglesa, máxima representante de ese liberalismo.
Alfonso XIII se había establecido en Roma en 1934. Las relaciones con el régimen fascista fueron buenas, lejanas pero correctas y respetuosas por ambas partes, no produciéndose nunca ningún tipo de roce o conflicto con la jerarquía italiana. Solo tras la muerte del exrey la familia real abandonará Italia, debido a la expulsión por las autoridades de Victoria Eugenia[3], miembro de una casa real con la que el país estaba en ese momento en guerra.
Será en el libro de Cortés Cavanillas donde mejor podamos intuir la opinión de Alfonso XIII respecto no solo al fascismo, sino sobre su propia ideología. Más allá de la precaución que debamos tener con el volumen, nos muestra su consideración hacia el fascismo: “años de paz y de magnífica reconstrucción, a más del imperio africano”[4]. Si hay algo que preocupaba al monarca es el orden, en continuo peligro debido a la anarquía que trae la revolución, el marxismo, la bolchevización, los masones, las izquierdas sublevadas, el comunismo, que aparecían continuamente como sus grandes obsesiones. No hay distinción ni gradación entre esos enemigos del orden, eran todos iguales, los elementos rojos. “El bolchevismo -asegura el Rey- es el producto puro y sintético de ese insensato sistema que movió a Europa a pasarse todo el siglo último destruyendo la pequeña propiedad, la única clase social capaz de sostener a los Gobiernos de orden”[5] Francia le parecía la única inmune al peligro comunista “porque cuenta con unos veinte millones de pequeños propietarios”, los reyes de España habían estimulado “el desarrollo de la pequeña burguesía propietaria” y las republicas latinoamericanas se libraron de estas rivalidades europeas gracias al escudo protector que la Doctrina Monroe estadounidense ejercía sobre ellas. La marea revolucionaria era violenta, y frente a ellas solo veía intrigas politiqueras. “Moscú y sus comparsas, que quieren hacer de España un reducto rojo, con la complicidad de una fauna de imbéciles o de insensatos que viven en la inopia de las monsergas democráticas,”[6] Aún (habla en junio de 1935) no habría un partido comunista fuerte en España, pero “los agentes de Moscú trabajan solapadamente y con óptimos resultados para la preparación de un ambiente que facilite la penetración roja y provoque una convulsión propicia al establecimiento de la tiranía proletaria […] en España el socialismo no podrá ser nunca como el escandinavo o el inglés. Si algún día triunfara plenamente, no tardaría ni veinticuatro horas en ser más rojo que el pimentón. Y exclusivamente por culpa de perversión de los pobres de espíritu por parte de la República. ”[7] Ante esta preocupación constante por la deriva revolucionaria, fue coherente cuando manifestaba hablando de Franco en febrero de 1940 que “hoy por hoy, todos y cada uno de los españoles debemos estar como un solo hombre a sus órdenes […] porque nadie podrá negar que ha salvado a España en la hora más trágica y en la coyuntura más difícil.”[8]. Toda esta argumentación nos muestra una concepción ideológica conservadora, inmovilista y lejana a esa imagen de rey regeneracionista, pragmático y liberal de principios de su reinado. El concepto de patria es omnipresente, como justificación y fin de cualquier objetivo, entendida no en un sentido de comunidad, sino de defensa a ultranza de su pasado histórico, su unidad o su identificación con el catolicismo y las clases altas, y siempre amenazada por agentes que no solo provienen del exterior, sino sobre todo del interior, de esa fauna de imbéciles e insensatos que coacciona el correcto orden social.
Asumía la presencia y la naturalidad de la violencia política, en sintonía con la gran mayoría de ideologías de la época. Así su posicionamiento ante la Guerra Civil fue condescendiente con el bando sublevado, donde no veía más que un ejercicio de legitima defensa ante la agresión constante hacia el orden y la España natural. Durante la guerra manifestó en muchas ocasiones su dolor y preocupación hacia la situación, pero este desasosiego era siempre unidireccional, hacia los sufrimientos de la España Nacional.
Respecto a su reinado, defendió constantemente las decisiones que tomó, estaba convencido de que el fracaso llegó precisamente de la falta de instrumentos que el sistema ponía a su alcance. Pero nunca reconoció que en un momento dado, desde la caída de la Dictadura hasta su propio exilio, sí dispuso de todas esas herramientas, con gobiernos plenamente personales que tampoco consiguieron enderezar la situación. Hasta el documento de su abdicación, solo mencionó en dos ocasiones como debéría conformarse una nueva monarquía española. La primera en octubre de 1935, cuando tras explicar que ha tenido que poner firmes a los monárquicos que piden una abdicación diciendo que “el fundamento de la paz y del bien de España radica en la reivindicación que se me debe y la reivindicación será mi vuelta al trono”, comentó que el ideal que defienden los tradicionalistas “no difiere sustancialmente del nuestro en el orden de la futura Monarquía.”[9] Posteriormente en 1940, a Vegas Latapié le dijo respecto a una posible restauración: “Yo liberal ya no voy a ser. Porque soy gato escaldado.”[10] Alfonso XIII no tenía tanto un proyecto concreto de la institución en sí, sino de sus propios derechos personales, a los que sacrificaba cualquier estrategia política. Y dentro de esa concepción manifestaba que la solución a todos los problemas podía estar en un regreso a cierto absolutismo, ya que él estaba imbuido de la capacidad y la legitimidad necesarias para salvar España.
Respecto a Juan de Borbón, Bonmatí nos presenta un personaje identificado plenamente con la “cruzada” franquista. Tras el asesinato de Calvo Sotelo, el heredero manifestaba: “¿No te decía yo que aquí no había más solución que echarse a la calle y acabar a tiros con ellos? Son capaces de todo, absolutamente de todo. ¡Pobre Calvo!… Comprenderás que si ahora no se echan a la calle, España no tiene solución ni nosotros vergüenza. La sangre de ese mártir obliga a derramar hasta la última gota de la nuestra para vengarle y salvar a España”[11]. Ante sus intentos de entrar en combate: “A mí me basta con mi conciencia, y ésta sabe que sólo me lleva a luchar el afán de mezclar mi sangre con la de los demás españoles en el momento supremo de la salvación de nuestra Patria […] Cuando se ha nacido Príncipe de una nación, el primer deber es morir por su felicidad para ser digno de sus súbditos.”[12] Al pasear por las ruinas romanas: “¡Cuánto daría porque mi Patria lograse esa realidad de imperio con ímpetu avasallador a través de las ruinas de nuestras grandezas antiguas!”[13]. Su correspondencia de aquella época también reflejaba esta identificación con los postulados del Movimiento Nacional. En abril de 1939 mandó un telegrama de felicitación a Franco: “la sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España Una, Grande y Libre. ¡Arriba España!”[14]. Pero el mayor testimonio de su pensamiento fue una carta al pretendiente carlista, en marzo de 1940, donde renegaba de su formación liberal, asegurando que su padre había “pugnado por aminorar las consecuencias del régimen liberal heredado”[15] y hacía profesión de fe de los postulados de AE como ya advertía “en mi carta de 11 de octubre de 1935”. La carta fue respuesta a una campaña en el entorno de Franco por parte de Fal Conde y Javier de Borbón-Parma. En esta misiva dirigida al último, el heredero quiso dejar constancia de su plena identificación con el ideario tradicionalista. “No puedo concebir […] otro Estado que un Estado católico, ni otra forma de Gobierno que la monárquica, ni otra Monarquía que la tradicional, con sus consejos y con sus cortes, como aquélla que sabía conciliar la autoridad y la firmeza”. Este gobierno debería asegurar “una gran ordenación corporativa nacional, que canalice hacia el Estado aspiraciones e iniciativas y que de él reciba las altas consignas que lleven a España hacia su eterno destino”. Todos los posicionamientos públicos y personales de Juan de Borbón, desde el comienzo de la Guerra Civil hasta bien entrada la década de los cuarenta, estuvieron en consonancia con la doctrina más exaltada del “bando nacional”, interiorizando tanto su retórica como su lenguaje y doctrina. En esto se diferenció de su padre, quien si bien mostró su cercanía a muchas de estas concepciones, jamás llegó a sus excesos dialécticos. Es de estos años de donde procede la imagen de Juan de Borbón como una figura de extrema derecha y antidemócrata. Ayudan a esa presentación numerosos episodios colaterales, como su visita a Alemania en 1938, donde intentó sin éxito entrevistarse con la jerarquía nazi[16].
[1] TUSELL / QUEIPO DE LLANO (2003) Posición 11553
[2] PLATÓN (1998) p. 544. En sus memorias Franco Salgado asegura que Mussolini le habría dicho a Serrano Suñer: “Diga al Generalísimo que no instaure la Monarquía, que el Rey será siempre su enemigo”
[3]Pese a este incidente, parece ser que Victoria Eugenia compartía absolutamente las inclinaciones ideológicas de su marido e hijo. En Julio de 1936 está en Cannes y será ella la primera en jalear a su hijo para que cruce la frontera para combatir con las tropas nacionales. Así mismo realizó gestiones en favor de los sublevados durante la guerra, al introducir al Duque de Alba como representante en el entorno de la familia real inglesa. Posteriormente durante la guerra mundial también ejercerá de emisaria del gobierno español con el británico. Y precisamente el primer acto público al que asistirá junto a su marido (habiéndose ausentado de las bodas de sus hijos y solo asistiendo al entierro de su hijo Gonzalo) será el Te Deum en celebración de la victoria de abril de 1939.
[4] CORTÉS CAVANILLAS (1956) p.466
[5] Ibidem p.428
[6] Ibidem p.451
[7] Ibidem p. 451-452
[8] Ibidem p.462
[9] Ibidem p.458
[10] PLATÓN (1998) p.564
[11] BONMATÍ (1934) p.172
[12] Ibidem p. 226-227
[13] Ibidem p. 249
[14] DE LA CIERVA (1997) p.138. Para las fuentes y documentos de Juan de Borbón es difícil encontrar una obra de referencia. De la Cierva reproduce numerosos documentos, pero en muchas ocasiones de forma incompleta, sin especificar claramente su procedencia o incluso su datación. En este caso, la carta fue originalmente publicada en las memorias de Sainz Rodríguez. El libro de Sainz Rodríguez también reproduce la correspondencia con Franco y con otras figuras de la época, sus declaraciones y manifiestos, de la misma forma que lo hace Anson. Por último Borrás también publica algunos documentos que no podemos encontrar en las obras anteriores.
[15] Ibidem p. 141-143
[16] SAINZ RODRÍGUEZ (1981) p.308. A principios de los años ochenta rememora la visita, pero distanciándose del régimen nazi. Recuerda asistir una manifestación en Nuremberg y un discurso de Hitler que ahora le parecía un “ejemplo de brutalidad”. En otro momento comenta respecto a quienes resaltan sus relaciones con los alemanes (p.258) “Nada…¡Me ponen al hilo directo con Hitler! ¡Las cosas que se inventan!”. Casals en su libro dice que “acudió allí para ver a Hitler y sólo le recibieron figuras de menor importancia” (CASALS (2019) p. 207)

