Historia

La política exterior española en Europa durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)

La política exterior española en Europa durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)

1.    Introducción

Reflexionamos sobre la política exterior española en relación con Europa durante el periodo de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), basándome en la bibliografía reseñada.

Sostiene Pereira que “los años que transcurren entre 1923 y 1930/1931 fluyeron desde el golpe de timón interno de la Monarquía que se sumergió en el autoritarismo, cuyas directrices de política exterior se perfilarían, a menudo de forma incoherente e improvisada, en la inercia de los objetivos revisionistas y activos, principalmente en el escenario del Mediterráneo Occidental y en un segundo plano en el ámbito hispanoamericano y en el nuevo talante de las relaciones peninsulares. A lo largo de estos años la política europea de la Dictadura y la atención a la Sociedad de Naciones, cuyos valores y principios se encontraban en las antípodas del régimen, se concibió desde un talante eminentemente instrumental”[1]. Otros autores, como De la Torre, otorgan al periodo una valoración menos pesimista: “tampoco la Dictadura fue una experiencia baldía. Primo de Rivera impulsó una política exterior nacionalista, con órdagos representativos de los sentimientos del país, como la fallida “batalla diplomática” (…) para recuperar Tanger y/o, de forma alternativa, lograr para España un asiento permanente en el Consejo de la Sociedad de Naciones. En cambio, no fracasó en su inteligente política de amistad con Portugal, (…) ni falló en sus esfuerzos de aproximación al mundo iberoamericano”[2]

Estructuraré este trabajo de forma cronológica, detallando los principales acontecimientos del periodo y su contexto paso a paso, de cara a concluir si podemos definir esta política exterior española respecto a Europa como “instrumental, revisionista, incoherente e improvisada” (como escribe Pereira y buena parte de los autores) y si al mismo tiempo podemos encontrar algún éxito en ella. Como brújula, utilizaremos la definición que nos da Calduch, “política exterior como aquella parte de la política general formada por el conjunto de decisiones y actuaciones mediante las cuales se definen los objetivos y se utilizan los medios de un Estado para generar, modificar o suspender sus relaciones con otros actores de la sociedad internacional”[3], sin olvidar que también nos indica que “toda política exterior carece de coherencia y eficacia, y por consiguiente de probabilidades de éxito, si no sirve a unos fines claramente especificados y  no aspira a lograr unos objetivos o metas bien definidos”[4].

2.    El Golpe

Ya en su manifiesto del 12 de septiembre, Primo de Rivera hizo una primera aproximación a una posible política exterior: “Queremos vivir en paz con todos los pueblos y merecer de ellos para el español hoy la consideración, mañana la admiración, por su cultura y virtudes. Ni somos imperialistas ni creemos pendiente de un tercer empeño en Marruecos el honor del Ejército, que con su conducta valerosa a diario lo vindica. Para esto (…) buscaremos al problema de Marruecos solución pronta, digna y sensata”[5].

La gestión de la crisis marroquí se configuró claramente como una de las principales motivaciones detrás del golpe. Al mismo tiempo en este texto denotamos un claro sesgo regeneracionista. España estaría en decadencia, debemos recuperar la grandeza pretérita, esa admiración que anteriormente provocábamos en el exterior, pero más basándonos en nuestros valores y cultura que entrando en aventuras coloniales. Más que un plan concreto para solucionar el problema de Marruecos, parece que el manifiesto propuso cierta filosofía sobre el problema, y en cierto modo inclinándose hacia el abandonismo. Eso sí, ya desde este momento vemos claramente como el Protectorado será (como en periodos anteriores) el centro y prácticamente el único polo de atención respecto a la política exterior.

En aquel septiembre de 1923 Primo de Rivera era la principal (y prácticamente única) figura militar que se había mostrado contrario en público a la presencia española en Marruecos. Ya al comienzo de la guerra “comparó el caso de España con el de un viudo que hubiera perdido a una mujer rica y bella (Cuba), se hubiera casado con otra fea e inaguantable (Marruecos) y, además, este segundo matrimonio le hubiera sido impuesto por los amantes de esta última (Francia e Inglaterra)”[6]. En un discurso en Cádiz en 1916 propuso ceder el Protectorado español a Gran Bretaña a cambio de Gibraltar, en 1917 había declarado en la prensa que ni Marruecos ni África eran parte de España, y en 1921 dijo que estratégicamente, enviar a un solo soldado más allá del Estrecho sería perjudicial para España. Incluso, en el mismo año del golpe, felicitó mediante telegrama al Ministro de Estado (Santiago Alba, el mismo que pondrá en su manifiesto como ejemplo de la corrupción), por el canje de prisioneros españoles mediante una elevada suma de dinero, calificando como “desatinada empresa africana” la intervención en el Protectorado. Todas estas opiniones, pese a discrepar del estamento político y militar, estaban en gran consonancia con el sentir mayoritario de la opinión pública, donde nunca había sido bien acogida la aventura africana, existía cierto rechazo a la guerra marroquí y además cundía una sensación de frustración y derrota desde el descalabro de Annual unida a una amplia exigencia de “responsabilidades”.

No obstante, desde un principio la dictadura tendría clara la impracticabilidad de una política de abandono. Nada más instaurar el Directorio Militar, Primo de Rivera abrió una serie de consultas y realizó algún gesto simbólico como repatriar quintas a la península. Gonzalez Calbet cita un informe sobre Marruecos del dictador al Directorio Militar en aquellos primeros momentos, donde encontramos resumida su visión geoestratégica: “Mi arraigado y antiguo modo de pensar me hace desechar como modo de engrandecimiento de provecho para España, toda expansión fuera de las fronteras, mucho más mientras en el corazón nacional está clavada la dolorosa espina de Gibraltar, que he entendido siempre y sigo entendiendo, debe ser el objetivo de nuestro único anhelo de reivindicación que, satisfecho, elevaría el concepto propio y ajeno de España a lo más alto, cualquiera que fuese la clase de sacrificios que España tuviera que hacer por lograr esto. Pero ante la resistencia, que no sé si he procurado con la debida tenacidad vencer, de Inglaterra a entrar en tratos sobre este punto y con la esperanza de tener siempre en nuestras manos prenda de cambio que sirva para volver a plantear la aspiración y además para contrarrestar mientras no se realice, la debilidad que para nosotros significa en el Estrecho la no posesión de Gibraltar, juzgo conveniente el seguir conservando en el norte de Marruecos una faja de terreno que nos dé la posesión de la orilla sur del estrecho de Gibraltar”[7].

3.    Viaje a Italia

El 19 de noviembre de 1923 los reyes y Primo de Rivera llegaron a la Estación Termini de Roma donde les recibieron los reyes italianos y el Presidente del Consejo de Ministros, Mussolini. El ansiado viaje oficial de Alfonso XIII a Italia había sido minuciosamente preparado por Santiago Alba y el gobierno anterior de García Prieto y solo pudo realizarse una vez que el contencioso entre el Vaticano y el estado italiano había entrado en vías de solución. También el contencioso marroquí protagonizó en gran medida este viaje, que se convertiría en el último oficial al extranjero del monarca español.

El ejecutivo antes de la dictadura ya había iniciado la búsqueda de aliados. Ante la falta de colaboración francesa, dos eran las principales opciones, una moderada de aproximamiento a Gran Bretaña (apoyando la internalización de Tánger como mal menor para las aspiraciones españolas) y otra más radical de acercamiento a la Italia de Mussolini, reconocido opositor a las posiciones francesas. Primo de Rivera amagó con este aproximamiento al revisionista régimen fascista, llegando a discutirse durante este viaje un borrador de tratado de colaboración antifrancés que no llegaría a buen término por miedo a las reacciones que pudieran darse en las grandes potencias europeas y por la negociación existente ya en aquel momento respecto al Estatuto de Tánger. Parece que tampoco hubo mucha sintonía entre los dirigentes españoles e italianos, pese a la comparación entre ambos que buena parte de la prensa y la opinión publica hacían en aquel momento. De esta forma, al año siguiente cuando los reyes italianos devuelvan la visita en Madrid, Mussolini no se molestará en acudir (precisamente en las mismas fechas del asesinato de Matteotti). Más adelante encontraremos nuevos intentos de acercamiento al régimen italiano, en el momento en que la Dictadura nuevos aliados en su apuesta internacional.

El otro gran hito de la visita a Italia será el altisonante discurso pronunciado por Alfonso XIII ante Pio XI, donde se autodesignará como portavoz de toda la raza hispánica, expresando la intención del nuevo régimen de ser líder de las naciones hispanoamericanas. Es el primer indicador de la que será una de las principales líneas de actuación de la dictadura en su política exterior.

4.    Tánger

A los pocos días del regreso de la delegación española de Italia, el 18 de diciembre, Francia y Gran Bretaña firmarán el convenio sobre la internacionalización de Tánger, conocido como Estatuto de Tánger. Como indicábamos, ya el gobierno de García Prieto había intentado también fomentar las fricciones entre Francia y Gran Bretaña respecto a esta negociación, acercándose a las tesis inglesas de la internacionalización como mal menor. Pero la comunicación del tratado como hecho consumado y la supremacía francesa en la ciudad que dicho texto establecía, colocaron al gobierno español en una posición incómoda a la hora de ratificarlo. Finalmente lo hará un par de meses después, tras conseguir la inclusión de algunas cláusulas menores, como la presencia de funcionarios españoles en las aduanas tangerinas.

1924 es un momento en que todos los esfuerzos de la política exterior española están centrados en buscar una solución al fracaso en Marruecos, ante la pasividad francesa. Primo de Rivera aplicará una estrategia realista y maleable. De un abandonismo teórico inicial, pasará a un abandonismo parcial, replegándose sobre aquellas áreas del Protectorado efectivamente controladas por España y abandonando toda percepción de ocupación de la región rifeña.

Así en marzo declaró a un periodista inglés que era partidario de una completa retirada de Marruecos, pero que no podía abandonarlo por los propios intereses ingleses, ante la posibilidad de que Francia ocupara el territorio y anulara el dominio de los británicos sobre el estrecho. Algunos autores indican que llego incluso a pensar en negociar la retirada a cambio del Peñón. Mas adelante, en mayo, pondría en práctica ese abandonismo parcial ordenando el retroceso de las fuerzas españolas tras la línea Ceuta-Tetuán-Tánger- Larache y disminuyendo los efectivos de 125.000 a 50.000 soldados. Todo esto creará enormes fricciones con la oficialidad africanista, que estallarán en un conocido incidente con Franco y Varela en una comida en Ben Tieb, durante su primera visita a la zona como dictador. A finales de año la retirada se había completado, con la participación del propio Primo de Rivera, en medio de numerosas conspiraciones dentro del propio ejercito africanista que llegó a plantearse la posibilidad de secuestrar al dictador. Marruecos no dejaba de ser un coto cerrado del ejército, quien se encarga totalmente de su administración, buscando los oficiales africanistas mantener el estatus quo.

5.    Alhucemas

La situación cambió a principios de 1925, cuando Abd el-Krim decide atacar una kabila aliada a Francia, lo que provocará el nombramiento del General Petain como responsable de las fuerzas francesas en Marruecos y un cambio radical de actitud del país vecino. El propio Abd el-Krim aseguró más adelante haber caído en la trampa de la retirada, impulsado por los españoles (e incluso financiado) a combatir la zona francesa. El propio Primo de Rivera declararía que la retirada fue “la operación más política, más difícil y mejor ejecutada que se ha conocido desde que en Marruecos actuamos militarmente”[8].

El hecho es que Francia decidirá en ese momento que la solución de la cuestión rifeña era un problema franco-español, donde la colaboración sería imprescindible. En Junio durante la Conferencia de Madrid se firmará un acuerdo bilateral para la acción militar conjunta en Marruecos y el 8 de septiembre se produce el desembarco de Alhucemas, donde 13.000 soldados conseguirán establecer una base de operaciones en pleno territorio rifeño. En mayo del año siguiente se rendirán los principales dirigentes del Estado Rifeño, quedando la zona totalmente pacificada en 1927.

Primo de Rivera pudo vanagloriarse en ese momento de haber dado una solución al problema de Marruecos “pronta, digna y sensata”, difícilmente discutible en el contexto internacional de la época. Marruecos no había dejado de ser un conflicto europeo en la periferia colonial, con participación de actores locales, pero establecido y resuelto en base a las relaciones de poder entre las potencias del propio continente. La guerra del Rif, como la posterior reivindicación sobre Tánger, solo se jugarán dentro del contexto europeo, y Francia y Gran Bretaña mantendrán siempre un papel esencial. Al fin y al cabo, la presencia española en Marruecos no fue resultado de la capacidad negociadora española, sino de las tensiones entre las dos grandes potencias, donde Gran Bretaña no quería tener a Francia como dueño del lado sur del estrecho.

Será en este momento, una vez solucionado el problema del Protectorado, cuando asistamos a cambios en nuestra política exterior, al intento de una mayor autonomía en nuestras relaciones exteriores y a su diversificación a otros ámbitos.

6.    La Gran Ilusión

El 3 de diciembre de 1925, la dictadura se constituye en Directorio Civil buscando asegurar la continuidad del régimen. 1926 será un momento de enorme euforia y afirmación nacionalista, no solo por la victoria en África. También asistimos a un periodo de estabilidad inusual, con expansión económica y pacificación social y política en comparación con años anteriores, e incluso a la realización de hazañas de gran trascendencia emocional en el contexto, como el vuelo del Plus Ultra, el invento del autogiro o cierta recuperación de España en el liderazgo de las naciones iberoamericanas.

Precisamente el 10 de febrero de 1926, el mismo día que el Plus Ultra aterriza en Buenos Aires, Alemania será admitida en la Sociedad de Naciones, si bien su entrada oficial, y como miembro permanente del Consejo, se efectuará a principios de septiembre. En 1924 los laboristas habían entrado en el gobierno británico y la coalición de izquierdas se hizo con el ejecutivo francés. Ambos habían hecho campaña por incluir en la organización a Estados Unidos, Alemania y la Unión Soviética. En un primer momento solo pudieron atraer a Alemania, buscando su integración en el nuevo sistema internacional europeo que al fin y al cabo representaba la Sociedad de Naciones. Como resultado, en diciembre de 1925 se firman los acuerdos de Locarno que permitían dicha incorporación y que otorgaban a la propia Alemania un puesto permanente en el Consejo, lo que abrió el debate de quienes debían sentarse en el Consejo. 

El mantenimiento de su puesto permanente en el Consejo de la Sociedad de Naciones se convirtió en la gran apuesta de la dictadura y seguramente en su gran derrota. Cuando la organización se establece en 1920, se otorgó dicho puesto a España en base a haber sido la mayor potencia neutral durante la Gran Guerra. Frente al “recogimiento”, al aislacionismo y la subordinación, que habían caracterizado las décadas anteriores de nuestra política exterior, la apuesta por integrase en el nuevo sistema de Versalles ofrecía la oportunidad de recuperarse de nuestra marginalidad periférica, de obtener protagonismo en la esfera internacional y de posicionar a España entre aquellas naciones de primer orden. Su perdida, pese al ofrecimiento de un puesto de semipermanencia que hubiera dejado prácticamente igual nuestro estatus quo, se interpretó en España como un paso atrás inaceptable, como una afrenta indignante. Claramente, todos los asuntos y conflictos europeos pasaban de una u otra forma a través de la sede en Ginebra. Otra cosa diferente es que durante los cinco años anteriores nuestra diplomacia hubiera utilizado este puesto simplemente como un signo de prestigio o información, no operando tampoco en base a esos principios que sostenían la organización como la seguridad colectiva, la diplomacia abierta, el compromiso con la paz o los derechos y obligaciones o el replanteamiento de relaciones entre grandes y pequeñas potencias. Desde un principio España concibió a la Sociedad de Naciones únicamente como un instrumento al servicio de sus propios intereses, implicándose directamente solo en acciones que tuvieran relevancia interna, y en el resto se movió dentro de parámetros muy estrechos, con escaso margen de maniobra a la hora de adoptar posiciones.

En este entorno, Primo de Rivera decidió convertir esta “batalla diplomática” en una cuestión nacional, de salvación de la dignidad patria, con clara temperatura nacionalista y pseudo regeneracionista. Es también el momento en que durante una entrevista a ABC resucita el asunto de Tánger. Casi dos años después de ratificar su Estatuto, ahora considera la internacionalización un atropello y un expolio. No solo de la nueva Tánger surgía la propaganda bolchevique y todo tipo de operaciones hostiles que perseguían desestabilizar nuestro protectorado y el francés mismo, sino que Francia habría conseguido arrebatar a España el puerto más importante del Norte. Tánger debía integrarse como parte esencial del protectorado español. El dictador consigue elevar los sentimientos patrióticos en un momento de clara coincidencia entre la nación y su gobierno, vinculando ambos objetivos y organizando una gran campaña publicitaria. No hay mejor resumen de su nueva posición que las famosas declaraciones que dará a La Nación en agosto de 1926, momento en que realiza una reclamación oficial del gobierno español sobre Tánger: “Al teatro del mundo no puede asistir España, la gloriosa España, madre de cien pueblos, a anfiteatro, ni siquiera a butaca; debe ir a palco. Es decir, que, si le confían un Protectorado, debe ser sin mutilación, y si se considera que es útil en la Sociedad de Naciones, debe figurar en el rango de las grandes potencias”[9].

Esta política revisionista es un claro desafío a Francia y Gran Bretaña, las potencias sobre las que hasta ese momento ha pivotado la subordinación española. La dictadura girará de nuevo hacia la Italia fascista, interesada en encontrar apoyos a su doctrina del Mare Nostrum, así como en participar en la discusión sobre el puerto marroquí debido a la numerosa colonia italiana allí presente. Mussollini anunciará que apoya la incorporación de Tánger al protectorado español y en agosto firma un tratado bilateral de amistad, conciliación y arreglo, poniendo en guardia a las potencias europeas. Mediante este desafío, Primo de Rivera amenaza con romper los pactos existentes hasta ese momento para forzar la concesión de algunas ventajas.

Cuando el 6 de septiembre Alemania se incorpore al Consejo de la Sociedad de Naciones, con un puesto permanente en el mismo, la oposición radical de otro puesto para España por parte de miembros como Suecia y el interés de otras potencias medianas que ambicionaban lo mismo como Argentina, Brasil y Polonia, llevarán al gobierno español a activar la cláusula del tratado que establece un aviso de dos años para abandonar la organización. España se retira ofendida y disuelve su oficina en Ginebra.

7.    La Canción de Lisboa

Hay cierto consenso entre los investigadores a la hora de asegurar que el papel de Alfonso XIII durante la dictadura se redujo considerablemente a la hora de ejercer su autonomía y capacidad política. Estas injerencias en la política exterior del monarca habían sido numerosas desde el inicio de su reinado, enfrentándose en ocasiones a sus diferentes gobiernos e incluso creando ciertos malentendidos al apoyar, emprender o enunciar posiciones claramente contrarias a las oficiales. Aun así, también se le reconoce que en oposición a las relaciones exteriores en tiempos de la regencia de su madre, nunca interpuso los intereses dinásticos a los intereses de la nación, ni confío en una diplomacia basada en la solidaridad monárquica.

Como veremos posteriormente, Primo de Rivera puso especial empeño en dirigir personalmente la política exterior durante su periodo. Así, parece ser que Alfonso XIII no fue partidario de ratificar en 1924 el Estatuto de Tánger, de la misma forma que posteriormente sí sería un colaborador entusiasta en las reivindicaciones sobre Tánger, la alianza con Italia o en potenciar el proyecto hispanoamericano. Pero en último término, siempre se acabaría plegando a las decisiones y acciones del dictador. Este a su vez le respaldaría con una gran campaña de imagen en el exterior, en un momento de gran deterioro de la figura del monarca, sobre todo en Francia, debido a la publicación de numerosas obras contra su figura, especialmente las de Blasco Ibáñez.

Uno de los principales asuntos en los que Alfonso XIII puso especial atención desde el principio de su reinado fueron las relaciones con Portugal. Tuvo una relación especial con la casa de Braganza, que se vería reforzada con el magnicidio de Carlos I y su heredero y la llegada al trono de Manuel II, a quién en cierto modo habría apadrinado con cierta familiaridad. Precisamente tras el magnicidio, será Alfonso XIII quien se impondrá a la opinión de Maura y decida enviar un buque de guerra a Lisboa en apoyo de la causa monárquica.

Por tanto, la revolución que en 1910 dio paso a la I República portuguesa supuso el regreso a unas relaciones tensas y delicadas entre los dos vecinos que prácticamente se prolongarían durante los inestables dieciséis años que duro la misma. Desde Portugal la posibilidad de una invasión española, o el apoyo que esta pudiera prestar a su oposición conservadora, eran amenazas patentes. España mostró en ese periodo claras ambiciones iberistas, incluso anexionistas, con una patente actuación de Alfonso XIII en favor de la familia real exiliada. Aun así, tras la Gran Guerra y la influencia británica, las relaciones se relajarían, llegando incluso el Presidente Portugués a realizar una visita de estado en 1917.  En todo caso, el golpe de estado que en 1926 dio nacimiento a la II República portuguesa, el Estado Novo, marcaría un momento de transformación radical de las relaciones hispano-portuguesas.

Ya anteriormente Primo de Rivera había dado muestras de abandono de la arrogancia hegemónica con la que España había marcado las relaciones peninsulares. La imposición en Lisboa de un régimen autoritario y de similar tendencia ideológica, conseguiría establecer estas relaciones en parámetros opuestos a los anteriores. Aquí se reconoce el realismo y el buen sentido del gobierno español, la apuesta por abandonar empeños regeneracionistas por objetivos más amistosos de amistad y solidaridad, de buena vecindad. Las relaciones se establecen como bilaterales, recuperando la autonomía de las mismas y sacándolas fuera del juego de las grandes potencias europeas. Incluso podríamos ver el inicio de la doctrina peninsularista y contrarrevolucionaria entre ambos gobiernos que caracterizará la posterior relación durante la dictadura franquista.

Como plasmación de esta relación más confiada entre los dos países encontraremos actuaciones como el acuerdo sobre el aprovechamiento del Duero, un tratado de arbitraje, la conferencia económica bilateral de 1928 o la decisión de integrar Portugal dentro de la comunidad iberoamericana impulsada por España.  El nuevo presidente portugués, Carmona, visitará la exposición iberoamericana de Sevilla en 1929, manifestando el buen momento diplomático entre ambos países.

8.    El Ministro y Yo

El 20 de febrero de 1927 dimitió el Ministro de Estado, Yanguas Messía. Desde el golpe hasta la instauración del Directorio Civil, el Ministerio de Estado había sido suprimido, asumiendo el propio dictador sus funciones. Ya hemos comentado anteriormente el empeño de Primo de Rivera de llevar personalmente la dirección de la política exterior. Este parece ser el principal argumento detrás de la dimisión del ministro, que apenas estuvo un año en su puesto, si bien también se adujeron discrepancias tácticas respecto a como se estaba manejando la acelerada reclamación respecto a Tánger. El hecho es que, desde ese momento, Primo de Rivera asumirá de nuevo personalmente las funciones de Ministro de Estado hasta que en 1928 vuelva a suprimirlo, convirtiéndole en un despacho de la Presidencia del Consejo de Ministros hasta el final de su mandato. Pese a este personalismo, se reconocen los aciertos que la dictadura tuvo a la hora de emprender la regeneración de la administración exterior. Y la mayoría de estos grandes cambios se realizarán precisamente a partir de este momento, entre 1927 y 1929.

El cuerpo diplomático era visto en aquellos momentos como “un cuerpo elitista y ultraconservador, firmemente monárquico por su vinculación familiar, ideológica y social con la aristocracia, identificados con la derecha social. Un club eminentemente aristocrático, cosmopolita y muy reservado”[10]. Problemas competenciales y burocráticos amenazaban constantemente la unidad de acción exterior y su eficacia, siendo común que presidencia del consejo intentara monopolizar ciertas materias de asuntos exteriores. Esto se agravaría con la instauración del sistema versallesco que incrementaba las vías de cooperación entre los diferentes países e incluso la injerencia de otros departamentos ministeriales más allá del de Estado. Así, la oficina española en Ginebra se habría caracterizado por el personalismo del embajador ante la Sociedad de Naciones, Quiñones de Leon, y por las numerosas complicaciones derivadas de su falta de coordinación con Madrid.

La dictadura hizo un esfuerzo por modernizar la administración diplomática, racionalizando los recursos y ampliando la infraestructura en el exterior. Se unificaron la carrera diplomática y la consular, ampliando el número de legaciones y consulados, sobre todo en Latinoamérica, dotándoles de reglamentos y plantilla, y potenciándose enormemente las relaciones bilaterales. Aun así, también habría cometido numerosos errores, con constantes vacilaciones a la hora de emprender las reformas e incluso contradicciones dentro de las mismas.  

9.    Al Final de la Escapada

1927 y 1928 serán años de intensa actividad diplomática. La dictadura despliega todo su arsenal buscando la modificación de la situación tangerina. Pese a sus amagos de alianza fascista, o las campañas públicas para reactivar el tópico regeneracionista del hispanoamericanismo, la realidad será que estas políticas no consiguieron impresionar a las grandes potencias europeas. Estas, pese al temor que suponía su alineamiento con una potencia subversiva del estatus como Italia, buscarán fórmulas para calmar la ansiedad española. Primo de Rivera, prisionero de sus propias reivindicaciones y de la manipulación del sentimiento popular, no tendrá más remedio que aceptar una solución prudente y contemporizadora con la relación de fuerzas existente. Finalmente, aceptará volver al binomio de colaboración/dependencia franco-británica. Pero será un proceso complicado y lleno de obstáculos.

En un principio, el gobierno español mantendrá su intransigencia y estruendo retórico. Prosigue el coqueteo con la Italia fascista con quien se firma un nuevo convenio de comercio y navegación en noviembre de 1927, del mismo modo que España apoyará su presencia en las negociaciones abiertas sobre Tánger gracias a la mediación británica.

Tras el fracaso de una primera reunión bilateral hispano-francesa, el entonces Nobel de la Paz y Ministro de Asuntos Exteriores británico, Austen Chamberlain, viajará a Mallorca en septiembre para reunirse con Primo de Rivera y proponer una solución tanto al asunto de Tánger como a la reincorporación a la Sociedad de Naciones. Chamberlain propuso una solución que acabaría con el problema, “satisfaciendo el afán de “grandeur” del dictador español y consiguiendo que España volviera a ocupar su puesto en la Liga de Naciones”[11]: una reunión en Madrid de las cuatro potencias interesadas. Francia se enfurecerá ante la insistencia española de involucrar a los italianos en las negociaciones, pues este movimiento tenía claros fines intimidatorios, debido al carácter violento y expansionista del gobierno italiano. Al final se producirá una cumbre en el Quai d’Orsay entre las cuatro potencias, aunque la negociación definitiva se realizará de forma bilateral entre España y Francia. Hay pequeñas concesiones a las reivindicaciones española, como propuestas de desarme y contra el tráfico de armas, así como el control de la policía local por parte española, pero en grandes líneas el nuevo protocolo que se firma el 25 de Julio en París supone una claudicación en toda regla de las ambiciones iniciales. El órdago del gobierno español finalizará en septiembre, con la reincorporación de España a Ginebra, a punto de cumplirse el plazo de dos años que hubiera supuesto el abandono definitivo de la Sociedad de Naciones, y sin haber faltado nunca al pago puntual de su contribución durante el impasse. El sometimiento al orden establecido se camuflará con la otorgación de un puesto semipermanente en el Consejo.

En resumen, el gran agravio internacional español se resolvió mediante la constatación de nuestro regreso a la esfera franco-británica de influencia y dominación. La presión realizada había sido infructuosa, la realidad imponía la vuelta a los mismos aliados con los que manteníamos no solo una estrecha relación de colaboración, sino de dependencia. Las relaciones con Italia se volverán a enfriar, tras constatar su ineficacia a la hora de solucionar los intereses españoles. Y durante todo este tiempo se constatará una regresión de la imagen internacional de España, vista ahora como una nación caprichosa, extorsionadora y al final humillada por una opinión pública europea indignada.

10. El Resplandor

Durante el último año de la dictadura, una vez sofocadas las pulsaciones revisionistas, España asistirá a dos acontecimientos propagandísticos que tendrán cierto éxito, las exposiciones Iberoamericanas de Sevilla y Universal de Barcelona, en un momento en el que, como hemos visto, nuestra imagen exterior estaba en cierto modo deteriorada. 

Con su reincorporación a la Sociedad de Naciones, la dictadura también intento estar en primera línea de los principales procesos diplomáticos europeos del momento. Así a mediados del año anterior se adhirió al Pacto Briand-Kellog que comprometía a los firmantes a no usar la guerra como mecanismo para solucionar las controversias internacionales. España intentó estar entre los firmantes originales, pero al realizarse este una semana antes de la reincorporación a la Liga de Naciones, no tuvo mas remedio que conformarse en ratificarlo posteriormente. También la dictadura intentó participar en los trabajos que en 1930 cristalizaron en el Memorando sobre la organización de un sistema de Unión Federal Europea, tras el discurso de Aristide Briand en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1929, pero decidió esperar a la presentación del mismo. Ya sería el Duque de Alba, Ministro de Estado con Berenguer, quien tenga un papel más protagónico en el mismo. Por último, la dictadura se apuntó un pequeño triunfo propagandístico al conseguir convocar en Madrid una sesión del Consejo de la Sociedad de Naciones en el contexto de la celebración de las exposiciones, y ayudando a mostrar cierta normalidad de la situación española frente a la desconfianza existente en la prensa española. Estos procesos nos muestran la disposición española a tener un papel más activo en su regreso a su tradicional papel de potencia menor dentro de Europa.

Las exposiciones por su parte fueron un intento de presentar la modernización del país y cierto liderazgo español respecto al mundo iberoamericano. Ya las pretensiones al puesto en el Consejo de la Sociedad de Naciones se habían adornado con la posibilidad de convertirse en puente de comunicación con Iberoamérica en Ginebra. Dichas aspiraciones fueron pronto desestimadas por el propio interés de alguna potencia latinoamericana en la misma organización, como Argentina y Brasil, así como por el rechazo que en la mayoría supuso la pretensión de liderazgo por parte español, mal visto en el exterior por su vertiente nacionalista y hegemonizante.

La dictadura resucitó una doctrina panhispanista, de formación de una comunidad iberoamericana bajo liderazgo español. Este se presentó como un liderazgo nacionalista y tradicionalista, con un marcado carácter utilitarista de cara a mejorar su posición en el sistema internacional. En cierto modo adelanta el modelo de relación con Iberoamérica del primer franquismo, reaccionario, imperialista y marcadamente ideológico. Es precisamente en estos años cuando Maeztu elabora su concepto de Hispanidad, ideal de comunidad hispánica de naciones que aúne los conceptos de cristiandad y madre patria.

Aun así, también se le reconoce al gobierno de la dictadura la intensificación y la mejora de relaciones con el subcontinente americano. Son años en que se establecen cinco embajadas en la zona y se intenta suavizar algunas relaciones complicadas como la existente con la revolución mexicana. En la práctica, se crea una subsección en el ministerio dedicada a América, así como se ponen en marcha diferentes actuaciones como la Oficina de Relaciones Culturales, el Instituto de Economía Americana, el Centro de Cultura Hispanoamericana en Madrid, los Congresos de Comercio Hispanoamericano de 1923 y 1929, o incluso la creación del Banco Exterior y el Banco de Crédito Exterior. También son años en los que se realizan numerosos convenios económicos, educativos y culturales, llegando a plantearse la creación en Madrid de una gran universidad iberoamericana.

Pero más allá de la diversificación de vínculos económicos y culturales, debajo de estos esfuerzos diplomáticos encontraríamos una intención de contribuir a consolidar la imagen de España como potencia de primer orden, voluntarismo que como hemos visto no se correspondía con los resultados obtenidos, partiendo de una errónea interpretación del escenario mundial que obviaba el papel de pequeña potencia que España representaba en el mismo.

Por último, detallar que estos últimos años de la dictadura también verán aflorar la creación de toda una serie de monopolios e industrias que tendrán gran relación con nuestras diferentes relaciones exteriores. En 1922 y 1927 se aprobaron dos leyes restrictivas respecto a la inversión exterior, y el gobierno de Primo de Rivera se caracterizó siempre por un fuerte intervencionismo económico. Así, en 1924 la estadounidense ITT consiguió el monopolio telefónico, pero en 1927 se nacionalizo la industria del petróleo con la creación de CAMPSA. Este intervencionismo gubernamental enfrió en cierta medida las cordiales relaciones que hasta ese momento se tenían con las administraciones estadounidenses, quienes durante aquellos años se habían colocado ya como uno de los principales inversores en España e incluso como tercer cliente mundial de los productos españoles. Francia y Gran Bretaña seguirían siendo los mayores inversores en la economía española, así como nuestros principales destinos de exportación, multiplicando por tanto la influencia de ambas potencias a la hora de establecer una política exterior con algún margen de autonomía. Nuestras relaciones económicas con Latinoamérica o el resto de Europa fueron prácticamente inexistentes durante el periodo.

11. Conclusiones

Nos imponíamos como objetivo de este análisis comprobar si podemos caracterizar la política exterior española de la dictadura respecto a Europa como “instrumental, revisionista, incoherente e improvisada” y si podemos encontrar o no algún éxito dentro de ella.

Como primera conclusión destacaríamos que en términos de resultados podríamos considerar el periodo como un gran éxito. Objetivamente, durante buena parte del final de la Restauración, todos los esfuerzos de nuestra política exterior estuvieron monopolizados por encontrar una solución al problema del Protectorado. Y la dictadura encontró una solución más o menos rápida, duradera y estable. África dejó de ser un problema de política exterior hasta bien avanzado el franquismo. Se podría aducir que se fracasó en el intento de integrar a Tánger dentro del Protectorado español, pero esta opción nunca fue un objetivo prioritario de nuestra presencia en Marruecos. Al fin y al cabo, España carece en el momento de la Conferencia de Algeciras de cualquier impulso imperialista. Marruecos no ofrece ninguna ventaja económica o política para España más allá de la simbólica: integrarse, mínima y periféricamente en la Europa colonial de la época. Es un ejercicio demostrativo de su capacidad de aspirar a ser una más de las naciones de primer orden, una especie de imperativo moral por parte de un país civilizado en su relación con el resto del mundo. Por último, la solución militar aportada estuvo en total consonancia con el comportamiento de cualquiera del resto de potencias en sus colonias.

Respecto al instrumentalismo, concluiríamos que es evidente. No solo se muestra en nuestra reivindicación respecto al puesto en el Consejo de la Sociedad de Naciones o a la modificación del estatus quo tangerino, sino a la política seguida en Hispanoamérica. Durante estos años, mas que apostar por las nuevas directrices y valores del sistema internacional que pretendía impulsar la Liga de Naciones (mediante el multilateralismo, la seguridad colectiva y un espíritu conciliador), comprobamos la utilización únicamente de los clásicos procedimientos característicos del sistema westfaliano: relaciones bilaterales que combinan negociación y presión diplomáticas, equilibrios de poder mediante el recurso a las potencias aliadas, con clara subordinación a las mismas. Si bien no existe una resurrección de los viejos sueños imperialistas, sí hay un marcado objetivo de perseguir únicamente objetivos internos, sin ningún tipo de consideración respecto a procesos o conflictos del resto de Europa. Aun así, no es un comportamiento exclusivo de España, pese a la retórica será la misma forma de proceder del resto de países europeos, grandes o pequeños. Fue el propio proceder de los EEUU, que tras impulsar la Sociedad de Naciones decide no integrarse en ella y regresar a su veterano aislacionismo.

Si analizamos las decisiones tomadas a lo largo del periodo, Primo de Rivera aportó finalmente una enorme dosis de realismo y docilidad en sus relaciones exteriores. Pese a las estridencias, ni sus políticas estuvieron en clara disonancia con las de los gobiernos anteriores, ni el escenario que dejó con su dimisión había modificado la posición geoestratégica o las alianzas españolas. Amenaza, pero en ningún momento se deja arrastrar a la aventura italiana. Así que más que una política revisionista, hablaríamos de un comportamiento impulsivo. Hay un momento dulce de su gobierno, donde cree que ha cumplido el objetivo del regeneracionismo, está reconstruyendo la administración y el Estado y por tanto puede impulsar nuevas aspiraciones internacionales, buscando un mayor peso en el escenario, mayor autonomía y rendimiento para las mismas. Así que lanza un órdago vehemente, retórico, nacionalista y desmedido, pues enuncia una serie de reivindicaciones en unos términos imposibles de aceptar por las grandes potencias. Tiene razón Ben-Ami cuando nos dice que Primo de Rivera intentó un ejercicio de Weltpolitik bismarkiana, una actuación grotesca en busca de grandeza y prestigio internacional. Y probablemente con ello buscaba exorcizar el fatalismo y la sensación de decadencia que enmascara el regeneracionismo. Pero en último término, más allá de empeorar temporalmente la imagen exterior de España, las consecuencias de su apuesta no fueron más allá del mantenimiento de la misma posición de inicio.

Pudiéramos caracterizar su política como incoherente e improvisada, pero no más que la realizada durante las décadas anteriores (o posteriores). Durante este periodo la política exterior española se sigue caracterizando por ser excesivamente personalista y falta de planificación. No tiene objetivos concretos o procedimientos reglados, sino que se basa en una serie de generalidades a mantener o alcanzar, respecto a las cuales se van improvisando actuaciones. Así, se destaca la mejora de relaciones con Portugal, pero más que provenir de una intención establecida o del resultado de una serie de esfuerzos, esta mejora parece ser más el resultado del hecho casual de converger en un momento dado dos regímenes políticos de similar ideología. Sí hay cierto impulso modernizador y regeneracionista respecto a la política diplomática, especialmente en relación con Latinoamérica, pero respecto al resto de Europa es inexistente. Y en ningún momento vemos una concepción en España que no sea eurocéntrica.

En resumen, si comparamos la situación de origen y la existente el día en que el dictador se exilia en Francia, podemos aportar al periodo otros cuatro adjetivos: productivo, tumultuoso, continuista y descorazonador. Productivo por el innegable éxito que supuso el triunfo en Marruecos, así como por el intento de activación y diversificación en diversos ámbitos de nuestra política exterior. Tumultuoso por los vaivenes que supusieron la arriesgada apuesta por Tánger, poniendo en cuarentena la totalidad de nuestras alianzas y mediante la utilización de una retórica militarista, nacionalista y fuera de contexto incluso para la Europa de la época. Continuista, pues al final todas las decisiones se tomaron dentro del mismo marco del sistema de alianzas, subordinaciones y objetivos de décadas anteriores. Y descorazonador por la oportunidad perdida. Solo a partir de la II República asistiremos al intento de introducir una nueva política exterior más acorde con el impulso de la Sociedad de Naciones y con lo que hoy entendemos como Relaciones Exteriores. Pero lo hará en un contexto internacional mucho más dañado, en recesión y completamente alejado del espíritu conciliador que Europa vivió fugazmente durante una parte de los años 20. Probablemente si durante aquellos años hubiéramos aplicado políticas similares, sin el aventurismo que supuso el ejercicio de Primo de Rivera, hubiéramos avanzado enormemente en nuestra política exterior y ahorrado muchos inconvenientes a la propia imagen del país. De este modo, la sensación que en aquel mismo momento se tenía respecto a la posición de España queda claramente resumida por Azaña cuando comenta que “España era un Estado mediatizado no sólo en el interior, sino en el exterior. No sólo los españoles todos no teníamos derechos políticos, sino que el conjunto del ser español, el conjunto de la nación española, no eran conocidos ni respetados en el extranjero, sino que eran sólo unos siervos de intereses dinásticos. (…) Así es que nosotros, los republicanos de todos los colores, y nuestros aliados los socialistas, cuando hemos tomado la gobernación del país, no sólo hemos organizado un régimen libre, sino que, además, hemos emprendido la obra de restaurar el nombre de España en el mundo entero, con su autoridad moral y política, para situarla donde le corresponde por su masa y su historia[12]

 12. Bibliografía

Del ARENAL, C. Política Exterior de España y Relaciones con América Latina. Iberoamericanidad, Europeización y Atlantismo en la política exterior española. Madrid. Fundación Carolina / Siglo XXI de España Editores. 2011

BEN-AMI, S. El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). Barcelona. RBA Libros. 2012.

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13.  Listado de Imágenes
  1. Fotografía de José L. Demaría López «Campúa», publicada en La Esfera el 1 de diciembre 1923. Pie de foto: “SS. MM. los Reyes de Italia y España, el Príncipe heredero y Mussolini y Primo de Rivera en las maniobras militares de los señores Centocelle”.
  2. 4. “Anuncio del gobierno de Primo de Rivera en 1923 en Madrid”
  3. 6. Fotografía de José L. Demaría López «Campúa», publicada en La Esfera y Nuevo Mundo, 1923. “Audiencia del papa Pio XI a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia en el Vaticano en 1923”.
  4. 8. Archivo ABC. “Marruecos, 1925. Guerra de Marruecos. Francisco Franco, Miguel Primo de Rivera, José Sanjurjo y Leopoldo Saro”.
  5. 10. “Primo de Rivera pronuncia un discurso ante los reyes”
  6. 12. Fotografía de 1910, Castillo de Windsor, Londres, durante los funerales de Eduardo VII. En pie, Haakon VII de Noruega, Fernando I de Bulgaria, Manuel II de Portugal, Guillermo II de Alemania, Jorge I de Grecia y Alberto I de Bélgica. Sentados vemos a Alfonso XIII, Jorge V y Federico VIII de Dinamarca.
  7. 12. Sin Fecha. “Los reyes de España y Portugal”
  8. 15. EFE- “Madrid, años 20: El rey Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera, montados en un coche descapotable. A la derecha, de pie el ministro Severiano Martínez Anido”.
  9. 18. Archivo ABC. 9 de mayo 1929. “Primo de Rivera y los reyes durante la inauguración de la Exposición Iberoamericana de Sevilla”

 

 

 

 

[1] PEREIRA CASTAÑARES, J.C, NEILA HERNÁNDEZ, J.L (2007). P. 126

[2] De la TORRE GÓMEZ, H., JIMÉNEZ REDONDO, J.C. (2019). P. 179

[3] CALDUCH CERVERA, R. en PEREIRA CASTAÑARES, J.C. (2017) p. 38

[4] CALDUCH CERVERA, R. en PEREIRA CASTAÑARES, J.C. (2017) p. 51

[5] PRIMO DE RIVERA, M. Manifiesto del Golpe de Estado, 12 de septiembre 1923 en https://beersandpolitics.com/manifiesto-del-golpe-de-estado

[6] TUSELL, J. , QUEIPO DE LLANO, G.G (2012) Pos. 3724

[7] GONZALEZ CALBET, M.T (1987). P.191

[8] GONZALEZ CALBET, M.T (1987). P.199

[9] Declaración periodística de agosto de 1926, citada por SUEIRO SEONE, S. «La política exterior de España en los años veinte: una política mediterránea con proyección africana», en TUSELL, J., y otros (2000). p. 153

[10] PEREIRA CASTAÑARES, J.C, NEILA HERNÁNDEZ, J.L. (2007). P.136

[11] TUSELL, J. , QUEIPO DE LLANO, G.G. (1986). P. 74

[12] AZAÑA, M.: «La República como forma de ser nacional» (alocución pronunciada en la sesión de clausura de la asamblea del partido Acción Republicana, el 28 de marzo de 1932), en Obras Completas, vol. II, México: Oásis, 1967, p. 224