8.6. El camino a Lausanne. El Manifiesto de Lausanne.
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
8.6. El camino a Lausanne. El Manifiesto de Lausanne.
El 19 de marzo de 1945 Juan de Borbón publicó su manifiesto dirigido a los “españoles”[1]. En él aseguraba que “la voluntad de Dios” le había situado en el “libre ambiente de esta atalaya centroeuropea” y por tanto puede hablar emancipado de “vendas ni mordazas”. Decía que el sacrificio de su padre en 1931 resultó inútil, pues no pudo evitar “el derramamiento de sangre española”. “El régimen implantado por el general Franco, inspirado desde el principio en las Potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo” era incompatible con las circunstancias internacionales y compromete el “porvenir de la Nación”. Solo “la Monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior, mediante un efectivo estado de derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado”. Aseguraba que desde 1941 ha mostrado su disconformidad con la política de Franco. Por ello le solicitaba que “reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el Poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la Religión, el Orden y la Libertad”. Proponía una “Monarquía reconciliadora, justiciera y tolerante”, cuyas primeras medidas sería la aprobación popular de una constitución, el reconocimiento de los derechos civiles y políticos, el establecimiento de una asamblea representativa, reconocimiento de la diversidad regional, una amnistía política, y “una más justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales”. Por último avisaba que no levantaba “bandera de rebeldía ni incito a nadie a la sedición”, sino que llamaba a la responsabilidad individual de cada uno para no “prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe”.
El texto nos presenta una argumentación radicalmente opuesta a su documento de aceptación en 1941. Todavía conservaba retales retóricos de aquella, como las alusiones a Dios y la religión, o al propio término de Monarquía tradicional, pero utilizado aquí en un sentido contrario a como lo ha utilizado anteriormente o a como lo entenderían desde el tradicionalismo o en el entorno ideológico de AE. También presentaba signos que delatan pequeñas resistencias a avanzar hacia una concepción plenamente democrática, como son el hecho de la continua alusión al orden o esa aprobación inmediata por votación popular de una constitución política. que por la forma en que lo redacta y el lugar donde lo coloca (anterior a todo lo demás) puede indicar que tenía intención de presentar él mismo un proyecto de ley básica que después refrendarían los españoles, en plena coincidencia con la concepción doctrinaria del poder real que sancionaba la propia Constitución de 1876, y que siempre había estado presente en sus diferentes posicionamientos.
Pero en líneas generales, presentó un proyecto de monarquía plenamente parlamentaria, inspirado en el ejemplo inglés. Primero, recuperaba la argumentación del Manifiesto de su padre en 1931: la monarquía es generosa, imparcial y busca la paz en España. Por primera vez en todas las manifestaciones de la familia real durante el exilio, la República ya no aparece como un régimen perverso en si mismo, sino incluso como una víctima, un sistema débil que no pudo evitar “el estado de inseguridad y anarquía creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie”. Luego condenaba sin ningún tipo de doblez o subterfugio a Franco y su régimen, llegando a afirmar tajantemente que lo lleva haciendo desde 1941. Pero sobre todo, establecía un programa de democratización política, e incluso social (su alusión a la redistribución de la riqueza), proponiendo como su mayor anhelo: “la paz y la concordia de todos los españoles”.
Respecto a su objetivo, recepción y efecto, Anson asegura que el Manifiesto fue una exigencia de los aliados, que el dictador prohibió “con grandes amenazas” su publicación, y que “la residencia de los Condes de Barcelona en Lausana, se colma de telegramas. Llegan felicitaciones de todo el mundo. Los observadores internacionales, los columnistas más acerados de los grandes periódicos occidentales dan por hecha la Restauración de la Monarquía en España. […] La izquierda interior y exterior lo acoge con complacencia. […] La clase política de la dictadura está acollonada. Son muchos los que se dan cuenta de lo que se les viene encima. Son pocos los que tienen el valor de Franco para afrontar la victoria aliada.”[2]. De la Cierva, por el contrario, considera que el Manifiesto fue un desatino, que le hizo perder la Corona y que consiguió dividir a los monárquicos, como demostraría la carta abierta que el 2 de abril publicó en la prensa Goicoechea “jefe teórico de los monárquicos […] que calificó la obediencia al Manifiesto de Lausana como ‘delito de lesa patria”[3]. Aróstegui vuelve a ser el más crítico: “los resultados prácticos de aquella manifestación fueron una vez más mínimos, cuando no contraproducentes, pero la política de la confrontación continuó aún durante un tiempo”[4].
Una semana después de su publicación, el pretendiente solicitó a sus partidarios que dimitieran de sus cargos en el régimen franquista. Solo lo hicieron el duque de Alba, de su embajada en Londres, y Alfonso de Orleans de su puesto en la fuerza aérea, siendo temporalmente desterrado por Franco a su finca en Cádiz. El dictador convocó inmediatamente el Consejo Superior del Ejército para asegurar el apoyo de sus generales. Preston asegura que “el hecho de que dispusiera de inmediato una operación para neutralizar cualquier resurgir de los sentimientos monárquicos en el alto mando da una idea de la seriedad con la que Franco se tomó el Manifiesto de Lausana. […] No tomó en cuenta una petición de Kindelán en favor de la restauración e hizo un enorme esfuerzo por justificarse. […] Solo Kindelán desafió lo absurdo de algunas de estas afirmaciones [las explicaciones geoestratégicas que el dictador realizó en esa reunión], por lo que fue recompensado con una amable burla por parte de Franco. Sin embargo, muchos otros generales parecían satisfechos con lo que acababan de oír.”[5]. De como Franco reflejó el episodio pasados los años, Franco Salgado-Araujo anota en su diario el 1 de junio de 1957: “Franco me repite que el manifiesto lo publicó por querer salvar la monarquía y no dejar a España completamente excluida del trato de las naciones del mundo. Es decir, que creía que la monarquía podía atenuar las sanciones decretadas o dar una salida si el régimen fallara”[6]
A medio plazo el Manifiesto quedó en agua de borrajas ante los continuos cambios de posición del pretendiente, que a lo largo de los años hasta su renuncia en 1977 irían desde la reconciliación con Franco, a un nuevo acercamiento a los carlistas o su apoyo a la oposición democrática de izquierdas. Pero a largo plazo, sirvió, de la misma forma que el Manifiesto de 1931, para consolidar una imagen de legitimidad democrática respecto al comportamiento de la familiar real durante el exilio.
[1] BORRÁS (1997) pp. 172-173
[2] ANSON (1994) p. 226
[3] DE LA CIERVA (1997) p. 398
[4] ARÓSTEGUI (2002) p. 102
[5] PRESTON (1994) p.656
[6] BORRÁS (1996) pp. 174-175.

