Familia Real Española (1931-1945)

8.5. El camino a Lausanne. Las manifestaciones del pretendiente.

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8.5. El camino a Lausanne. Las manifestaciones del pretendiente.

Tusell nos dice que “la actividad política de los monárquicos tendió a disminuir a partir del primer cuarto del año 1944. Es muy posible que Don Juan estuviera francamente preocupado por el efecto que en sus propios partidarios había producido la ruptura con Franco”. Esta ansiedad del pretendiente se reflejaría también en una carta a Juan Vigón en abril de 1944, donde tras la ruptura solicitaba una entrevista directa con Franco, “en el lugar que quiera”, “comprometiéndome desde ahora, si me convence de que estoy en el error, a ponerme incondicionalmente a sus órdenes e incluso a su servicio en bien de España”[1]. La redacción de esta carta nos muestra su procedencia directa de manos del conde de Barcelona, frente a la elaboración y retórica de todos sus manifiestos y cartas oficiales del periodo, que habían sido claramente redactados por diversos consejeros. Esto nos hace preguntarnos qué pudo transmitir privadamente durante los numerosos contactos y encuentros que mantuvo durante aquel tiempo. Si públicamente su posición era diáfana, desconocemos si ideológicamente también había sufrido la evolución que sus cartas reflejan. Más allá de las declaraciones contradictorias que posteriormente harían quienes entonces lo rodeaban, las mejores muestras que encontramos de su pensamiento a partir de 1943 fueron una carta que le remite al carlista conde de Rodezno en abril de ese año, y otra a Romanones en junio.

A Rodezno comenzaba recordándole “los gravísimos deberes que Dios me ha impuesto al designarme, por medio de la Historia y de nuestras leyes tradicionales, para ceñir la Corona de España”[2]. Aseguraba su “propósito solemne de restaurar el sentido político y social de nuestra monarquía tradicional”. Se proclamaba “continuador y heredero” de los “principios y derechos” del pretendiente carlista Carlos VII, así como se remitía en sus opiniones a la carta que ya había enviado en 1940 a Javier Borbón-Parma, citando párrafos de la misma. Rodezno circuló ampliamente el contenido de la carta, lo que provocó otra de Romanones al pretendiente, recriminándole que abjurara del liberalismo y recordándole que “una Monarquía tradicional […] no es la Monarquía Constitucional y Parlamentaria restaurada en 1876, aquella de la que sois titular. Sería la vuelta no a la Monarquía tradicional, sino a la tradicionalista, a la absoluta” que tanto esfuerzo y sangre había costado erradicar. Juan de Borbón le contestó inmediatamente, asegurando que no había entendido bien su carta, que su propuesta era perfectamente compatible con los requerimientos que le hacía, pero que “hay que continuar nuestra Historia y no perseguir la imposible empresa de estancarla, haciendo revivir un momento determinado de la misma, sea éste el año 1876 o el absolutismo del siglo XVIII. Al decir esto, soy fiel al concepto preciso que tengo de la ‘tradición’ que no consiste en copiar servilmente al pasado, sino en proceder como hubieran procedido los grandes reyes y gobernantes de nuestra Historia ante los problemas del presente.”[3]. En otro momento de esta carta especificaba su propuesta de esa nueva monarquía: “la restauración de la monarquía llevará consigo la promulgación de una o varias ‘leyes fundamentales’ de obligatoria observancia, tanto para los súbditos como para el soberano, y todas las leyes- así las Fundamentales como las de inferior rango jurídico-político- habrán de ser hechas por la concorde voluntad del Rey y de los organismos reflejo de una auténtica representación nacional”.

Estas dos cartas nos muestran que tanto Juan de Borbón como su entorno mantenían las mismas premisas tradicionalistas que en años anteriores, la doctrina de AE. En ellas retuercen sus argumentaciones para hacer compatible su cambio de posicionamiento, la solicitud de esa monarquía integradora, neutral y pacificadora, con sus convicciones anteriores. Un ejemplo claro fue otra carta, a Alfonso de Orleans en febrero de 1944, donde en la misma frase nos dice “[refiriéndose a su negativa a ‘la comunión con el credo falangista’] equivaldría, por mi parte, a la negación de la esencia misma de la Monarquía Tradicional española, que debe ser un régimen abierto a todos, en que la adscripción a un partido no atribuirá a nadie ventajas ni privilegios, y, por otra parte, a hacer inoperante, a priori, la primordial misión que las especiales circunstancias del momento histórico imponen a la Monarquía restaurada: la conciliación de todos los españoles”[4].

En enero de 1944 hizo unas declaraciones a La Prensa, de Buenos Aires[5], que fueron la causa inmediata de la ruptura con Franco. Es la primera vez que públicamente presentaba su nueva posición. No podía prestarse a “que la Monarquía restaurada aparezca como coronamiento o remate de la estructura creada por el régimen actual”, el cual, como ocurrió con el republicano, “no han conseguido ni conseguirán armonizar el orden con la libertad en el interior, ni tampoco podrían ser factores positivos en el orden internacional futuro.” La futura Monarquía [tras asegurar que es ‘contrario a cualquier forma de poder absoluto’] será un Estado de derecho en el que, gobernantes y gobernados deberán estar sometidos a las Leyes, dictadas por la concorde voluntad del Rey y de los organismos legislativos, constituidos por una auténtica representación nacional”.

[1] DE LA CIERVA (1997) p. 366

[2] BORRÁS (1996) p.163-167. Esta cita corresponde al contenido de la carta a Rodezno y la de Romanones.

[3] DE LA CIERVA (1997) pp. 267-268

[4] SAINZ RODRÍGUEZ (1983) p.330. Según DE LA CIERVA (1997) p. 357 Alfonso de Orleans “se quedo perplejo ante esta larga carta de su sobrino […por sus] actitudes contradictorias e incoherentes, como si el borrador se debiera a dos plumas mal conectadas, la de Oliván y la de Vegas”

[5] Ibidem p. 329