2.2. Estado de la Cuestión. Las Historias de Juan de Borbón
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
2.2. Estado de la Cuestión. Las historias de Juan de Borbón.
Existe también una amplísima bibliografía centrada en Juan de Borbón, si bien cunden los ejemplos de panegíricos partidistas y libelos en contra, escritos por todo tipo de historiadores, pseudohistoriadores, periodistas y agitadores.
Luis María Anson publicó su Don Juan en 1994, tras el fallecimiento del Conde de Barcelona. Estamos ante una obra reivindicativa de su figura, en la misma línea que ya anteriormente habían seguido el propio Pedro Sainz Rodríguez, Fernando González Doria o José María Torquero, y posteriormente seguirían Pedro Carvajal o Aquilino Duque. Tiene un estilo novelado y vocación de best seller. Su tesis principal es la presentación de Juan III como autor de la segunda restauración monárquica gracias a los consejos de Pedro Sainz Rodríguez. Respecto a Alfonso XIII, Anson acepta la visión de Seco Serrano, pero a la vez nos advierte que el Rey “tenía una idea decimonónica del juego político en torno al poder”[1], o que se convirtió en un personaje “caduco y vencido”[2]. Estas contradicciones son habituales en el volumen. Así, alaba y defiende constantemente las tesis de Ricardo de la Cierva, pero solo cuando le interesa, pues del mismo modo se aleja de este historiador presentándonos a Franco como el gran antagonista, una figura mezquina, acomplejada y miserable, denigrándole continuamente. Sus juicios tienden a la simplificación, estamos ante una historia de buenos y malos, en la mayoría de las ocasiones presenta los procesos políticos como conspiraciones cerradas y autoexplicativas. Tres son los grandes héroes del volumen: el propio autor (que se presenta en 3º persona, como un personaje más), Don Juan y Sainz Rodríguez, autor no solo de la conspiración militar de 1936 sino de la conversión a los postulados democráticos de la familia real y su posterior restauración. Su éxito editorial ha impuesto esta visión como canónica para buena parte de la memoria colectiva española. En resumen, Vegas Latapié y Sainz Rodríguez se enfrentaron a una República que en lugar de ser una forma de gobierno fue una ideología revolucionaria imparable. Conspiraron frente a la dictadura del proletariado, el comunismo, para imponer la dictadura de la clase media, el fascismo, apelando al Ejercito, único sector de la clase media que tendría la fuerza. Vegas intentando crear una fuerza hegemónica de derechas y Sainz directamente conspirando continuamente con los militares. Anson asegura taxativamente que Alfonso XIII conoció, aprobó y alentó tanto la sanjurjada como el golpe de 1936[3], cuyo objetivo habría sido monárquico, pues solo la muerte de su principal inspirador, Sanjurjo, frustró el plan inicial consistente en una restauración del exrey, quien abdicaría pasados seis meses dando paso a una monarquía juanista. Las relaciones entre las dos cabezas de la casa real siempre estuvieron marcadas por un profundo respeto paternofilial entre ambos. Solo en su presentación como heredero en 1933, algunos monárquicos de Renovación Española insinuaron a Juan la abdicación de su padre y este habría corrido indignado a contárselo al exrey. En todo momento, tanto padre como hijo borbonearon a todo el mundo, dando al adjetivo el significante de ambigüedad, de voluntad de permanecer por encima de la lucha política y calculada estrategia para no caer presa de ningún sector específico. Sainz Rodríguez impuso el pragmatismo tras la muerte del exrey e hizo girar al heredero hacia los aliados, confiado en que la germanofilia impertérrita de Franco le convertiría en un cadáver político. De esta forma durante la guerra mundial planeó constantemente una posible invasión inglesa a las Canarias, donde se formaría un gobierno a lo De Gaulle, presidido por el Conde de Barcelona. Los aliados le presionaron constantemente para que rompiera con el régimen franquista y tras Yalta, el Manifiesto de Lausanne fue el resultado de dicha presión, dentro de una operación que incluiría la invasión aliada de España y la restauración, con la excusa del maquis. Potsdam supuso el abandono de dicha estrategia. Aun así, el autor es contundente en su juicio: “la lucha entre Don Juan y Franco no fue ideológica. […] No era el demócrata y aliadófilo que combatía al germanófilo y totalitario. Las ideas políticas contaron poco. Entre Franco y Don Juan no hubo otra cosa, sustancialmente, que la lucha pura y simple, descarnada, por el poder”[4].
De la producción de Ricardo de la Cierva nos centramos en el último volumen que dedicó al personaje, en 1997, cuyo máximo objetivo parece la refutación de las tesis de Anson, a quien acusa de censurar las fuentes directas del archivo personal de Juan de Borbón. Es un libro extensísimo, lleno de digresiones y apariciones de los más diversos temas, desde la masonería al Opus Dei. Pero a la vez nos muestra la visión de los hechos desde el lado franquista y reproduce numerosos episodios del periodo ausentes en otras obras. Para el autor, Juan de Borbón solo fue opositor a Franco durante dos periodos, entre 1942 y 1947 y entre 1968 y 1975, llegando a repudiar en su momento su propio Manifiesto de Lausanne. Alfonso XIII jugó a un triple juego durante la república, aproximándose al carlismo (“viva admiración por el entusiasmo de los carlistas”[5]), y apoyándose en los monárquicos radicalizados, sin descuidar los accidentalistas católicos. Aprobó y alentó la sanjurjada, y el golpe del 36, también liderado por Sanjurjo. Juan se pronunció clara y repetidamente a favor de los sectores más tradicionalistas durante la República, su ideología se alineaba perfectamente con la de Acción Española. Tras el “Alzamiento” se instituyó una comunicación fluida entre la familia real y el alto mando militar, con numerosas gestiones de Alfonso XIII a favor de los sublevados. El exrey habría sido incluso el actor decisivo la hora de convertir a Franco en jefe supremo de la Junta Militar, dirigiendo el voto de los generales monárquicos. Juan de Borbón se mostró en todo momento sumiso al nuevo régimen presentándose como un antiliberal, pero a partir de 1941 la compañía de “aristócratas y políticos cada vez más reticentes con Franco y conectados con el bando aliado”[6] le hizo girar hacia la confrontación, pese a que el mismo dictador le designó por carta sucesor a título de rey. Fueron numerosas las vacilaciones del pretendiente hasta que se produjo la ruptura de 1945, anunciada el año anterior por unas declaraciones a la prensa argentina (que también serán rectificadas inmediatamente). Se subió al carro de los vencedores cometiendo un grave error histórico y político e inaugurando una fase contra Franco: “aparece un fuerte tinte liberal para captar la voluntad de los aliados vencedores más que por convicción propia; pero no se menciona la palabra ‘democracia’”[7].
En los mismos años, 1996, Rafel Borrás publicó una biografía de Juan de Borbón que nos presentaba otra imagen diferente del personaje. El conocido editor, republicano militante, autor también de una extensa bibliografía respecto a la historia de los borbones, nos propone una visión más crítica, en una línea que posteriormente proseguirán otros autores como Julio Aróstegui, José María Zavala o más recientemente José García Abad. Borrás busca un análisis equitativo, respaldándose constantemente en todo tipo de historiadores, desde el mismo De la Cierva a Preston, pasando por Fusi o Powell, de quien adquiere su principal tesis: su papel fue irrelevante, “alguien con quien, de verdad, no se había contado en serio para nada”[8], muy a posteriori se habría creado el mito del papel del juanismo (el inspirador del proceso democratizador de la Transición) como forma de desvincular la monarquía de Juan Carlos del franquismo, utilizando algunos episodios democráticos y antifranquistas del Conde de Barcelona. Pese a esta consideración, el volumen es en numerosos momentos complaciente con su figura. Juan de Borbón creció en un ambiente prodictatorial, antidemocrático y profundamente antipolítico. Creía con fe ancestral que había heredado un derecho a regir España, y desde muy joven se identificó con un ideario de extrema derecha, neointegrista y fascistizante, que hizo suyo y no abandonaría nunca. La familia real se instaló en Italia para controlar los movimientos de los monárquicos que buscaban la ayuda fascista. Alfonso XIII fue un apoyo fundamental durante la guerra y se identificó siempre con el bando sublevado, sin ningún tipo de reservas, al igual que su hijo. Son las potencias aliadas quienes impusieron el Manifiesto de Lausanne, pero para impedir que España pudiera caer en la órbita soviética. Juan se convirtió en “un demócrata converso por conveniencias tácticas del momento”[9], pero durante todos aquellos años se comportó de forma errática y contradictoria.
Julio Aróstegui publicó su biografía en 2002, y también nos ofrece una imagen crítica de Juan de Borbón. El volumen tiene un marcadísimo carácter historiográfico. En gran medida su intención fue responder a toda la bibliografía anterior, que calificó de insolvente, y reintegrar el debate a las vías científicas, rebatiendo conceptos, tesis y exageraciones, tanto de los propagandistas como de los opositores. “Don Juan […] fue tan contradictorio como el tiempo que le tocó vivir y con él se ha cometido sistemáticamente el error de pretender encasillarlo sin piedad entre los buenos o los malos”[10], “se le ha intentado convertir en rectilíneo y consecuente a toda costa cuando en realidad es un personaje sinuoso y multifacético”[11] Su formación intelectual y académica fueron muy deficientes, de su ideología debemos dudar pues se expresó continuamente de forma contradictoria, sujetándose siempre a la orientación de sus colaboradores o allegados de cada momento. La Institución y sus derechos históricos habrían sido el único faro que guio sus acciones, no tuvo ningún cuerpo doctrinal. Su entorno fue limitado y estrecho, la relevancia de los monárquicos dentro de la oposición al régimen siempre fue mínima. La intención de maquillar la imagen del pretendiente “haciéndola más cercana al liberalismo democrático, durante la mayor parte de la vida política activa de Don Juan […] es enteramente falsa”[12]. En definitiva “el verdadero problema histórico reside en explicar bien por qué la tradición liberal de los Borbones españoles desde 1834 […] se quiebra a partir de 1931 y se mantiene en el antiliberalismo durante la mayor parte del largo paréntesis que cubre 1936-1977. Como parte de este problema se encuentra la dimensión fundamental de las actitudes de Don Juan de Borbón y la política restauradora del exilio”44. Respecto a los hechos, Aróstegui reconduce los mismos a la historiografía contemporánea, abandonando todo tipo de conspiraciones, afirmaciones sin pruebas y dislates que encontrábamos en obras anteriores. Así, el Manifiesto de Lausanne aparece como un intento de acercamiento a los aliados, pero no existe documento alguno que conecte la Conferencia de Yalta con el mismo, ni con posibles restauraciones mediante invasiones militares. Como el autor expone en sus conclusiones, “la explicación de la Historia no debe, pero, sobre todo, no puede, basarse en la elaboración de juicios acerca de las intenciones de los actores históricos, sino que se basa en los resultados de sus acciones”[13].
Por último reseñaremos un ejemplo de hagiografía con declaraciones de Juan de Borbón y contemporáneo a los acontecimientos. Se trata de El Príncipe Don Juan de España, publicado por Francisco Bonmatí en 1938. Estamos ante una semblanza del personaje con numerosas citas textuales que lo presenta perfectamente alineado a los planteamientos del Movimiento Nacional. Años después, en el libro de Sainz Rodríguez, el propio heredero lo calificará de “bastante exacto”[14].
[1] ANSON (1994) p. 433
[2] Ibidem p. 147
[3] Anson, siguiendo a Sainz Rodríguez, nos dirá que Alfonso XIII estaba completamente informado y había dado su aprobación a la conspiración militar, liderada por Sanjurjo y con el objetivo de devolver el trono al exrey, quien abdicaría y se lo pasaría a su hijo (ANSON (1994) pp.124-126)
[4] Ibidem p. 437
[5] DE LA CIERVA (1997) p.48
[6] Ibidem p. 159
[7] Ibidem p. 395
[8] BORRÁS (1996) p. 291, cita a POWELL, C. “Un personaje complejo”. Madrid. El País, suplemento,1913.1993 don Juan, pág. 16. 2 abril 1993
[9] Ibidem p. 298
[10] ARÓSTEGUI (2002) p. 21
[11] Ibidem p. 26
[12] Ibidem p. 76
[13] Ibidem p. 169
[14] SAINZ RODRÍGUEZ (1981) p. 296

