8.1. El camino a Lausanne. Juan de Borbón, Conde de Barcelona.
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA
(1931-1945)
8.1. El camino a Lausanne. Juan de Borbón, Conde de Barcelona.
El primer acto de Juan de Borbón tras la abdicación fue una carta de aceptación[1] a su padre. Allí no encontraremos más que alabanzas a su labor como rey, críticas al antiguo régimen liberal, y exaltación del nuevo régimen español, “gran Cruzada Nacional”. Refiriéndose a su progenitor: “No obstante haber luchado con la infecundidad de formas estatales impuestas por el tiempo, pero desviadas de nuestra mejor tradición, aparecerá ese periodo como uno de los más prósperos de nuestra Historia”. Respecto a sus aspiraciones futuras: “cuando sus designios [de Dios] me lleven a ceñir la Corona de España, lo haré con el propósito irrevocable de restaurar el sentido político y social de nuestra monarquía tradicional […] que sobre nuestra fe católica y sobre la conciencia de nuestra unidad de destino, cimenta la unidad política y la grandeza de España […] cuando llegue la hora de cumplir mi deber y mi deseo de servir a nuestra patria, me esforzaré en asegurar su unidad moral y continuidad histórica”. Toda la carta está en consonancia con sus posicionamientos anteriores y con el propio documento de abdicación real, con una sutil diferencia respecto a éste. Si el monarca ponía como sujeto de su justificación España y la Patria, Juan de Borbón comenzó a poner a Dios. Esta referencia al derecho divino como fuente de legitimidad no fue utilizada por Alfonso XIII durante aquellos años, pero sí lo será por su hijo en sus primeras manifestaciones como jefe de la casa real.
La abdicación y sus documentos tardaron casi un mes en hacerse públicos, coincidiendo con el agravamiento de la salud del exrey[2]. En España no se publicó, siendo ésta la primera muestra evidente del férreo control que el franquismo ejercía sobre el discurso público y las acciones de los monárquicos y la familia real.
Tras el fallecimiento del exrey, comprobaremos como la relación, la argumentación, el tono y los posicionamientos de pretendiente y el Jefe del Estado cambiaron radicalmente. Si hasta entonces Franco se había dirigido hacia Alfonso XIII con deferencia y cuidando mucho de no soliviantar la figura real, con su hijo adoptó una posición paternalista, admonitoria, doctrinal e incluso agresiva en ocasiones. Estableció una comunicación epistolar escasa pero regular, intercambiando largas cartas que fueron deteriorando su relación personal según evolucionaban las posiciones del pretendiente. Estas misivas son la principal fuente a la hora de desgranar la evolución de Juan de Borbón desde febrero de 1941, cuando asumía totalmente la concepción de una Monarquía tradicionalista, hasta la emisión del radicalmente opuesto Manifiesto de Lausanne.
El 6 de marzo de 1941 Franco envió su pésame[3], pero el núcleo de la carta consistía en advertirle respecto a sus consejeros, “un reducido grupo que solamente busca su personal provecho aún a costa del bien patrio”. Avisaba que se había visto obligado a “cerrarles resueltamente el paso por el grave daño que a España causan, al que infringen a la Monarquía y a Vuestra Alteza”, y le advertía: no vaya “a torcerse un porvenir espléndido por habilidades o imprudencias de nuestros comunes enemigos”. Las referencias al entorno del pretendiente fueron una constante en su correspondencia. Durante toda su vida, Franco se manifestó como monárquico y siempre considerará que algún día tendrá que ser un rey quien le suceda al frente de la jefatura del Estado. Pero del mismo modo, nunca aceptó amenaza alguna a su posición. Los monárquicos marcaron para el régimen la línea de oposición posible, y el franquismo castigó en ocasiones a alguna de sus figuras cuando se transgredían ciertos límites, pero con una consideración que en modo alguno tenía con cualquier otro opositor. Los monárquicos estaban perfectamente integrados dentro del nuevo régimen, exceptuando algunas figuras que con el tiempo se habían ido alejando de él y que fueron precisamente las que terminaron configurando el círculo del pretendiente. Del mismo modo, Franco siempre mantuvo cierta consideración hacia la figura de Juan de Borbón, reparando la relación cuando fuera necesario. Hecho inconcebible ya no solo con la oposición exiliada, sino con cualquier otra figura del régimen del que en un momento dado se hubiera distanciado, como fue el caso de su propio cuñado. En el fondo, Franco consideraba que Juan de Borbón era el depositario de la línea dinástica legítima, y por tanto no podía permitirse el lujo de enemistarse completamente.
Juan de Borbón respondió inmediatamente a la carta de pésame[4]. Negó estar detrás de cualquier operación o intoxicación, “hasta hoy no he tenido relación alguna con la marcha de la política, administración y gobierno del Estado español”. Reconocía a Franco como la máxima autoridad sin aludir en ningún momento a una posible restauración, “su inmensa responsabilidad, y no hace falta que le exprese cuán vivos deseos tengo de que acierte”, pero sobre todo utilizaba esta carta para presentarse como “representante del Poder Real, [que] me hace comprender que he de cumplir mi deber con respecto a España […] Este deber lo tengo ante Dios y en conciencia no puedo rechazarlo”.
En este momento inicial, el pretendiente fue sincero respecto a su entorno, todavía no se había formado a su alrededor el círculo de consejeros que encontraremos posteriormente. Él mismo lo evocará en el libro de Sainz Rodríguez[5]: entre 1941 y 1943 solo existía un pequeño consejillo protagonizado por Sotomayor, Areilza y García Valdecasas, tres figuras en perfecta comunión con el régimen. A partir de 1943 nombró una representación oficial en Madrid, presidida primero por Juan Vigón, luego por Kindelán y posteriormente por Alfonso de Orleans. Solo en junio de 1942 salieron de España, ya enfrentados al régimen, Sainz Rodríguez y Vegas Latapié. Vegas recaló en Lausanne, y fue, junto al diplomático López Olivar, las principales figuras en torno al pretendiente desde aquel momento. Son ellos dos quienes pusieron en marcha en 1946 el Consejo Privado que se mantendrá hasta 1969. Sainz Rodríguez se instaló en Estoril, junto a un también exiliado Gil Robles. Desde la distancia, ambos también tuvieron una gran influencia sobre Juan de Borbón durante aquellos años. Anson cree que el principal consejero desde el principio habría sido Sainz Rodríguez, De la Cierva por el contrario, asegura que fue Gil Robles. Pero ambos autores reconocen que la correspondencia y los manifiestos de aquellos años fueron redactados principalmente por Vegas Latapié y López Olivar. Franco por su parte habría llevado esta relación con el pretendiente de forma muy personal, admitiendo únicamente la colaboración de Carrero Blanco, subsecretario de la presidencia en aquel momento.
[1] DE LA CIERVA (1997) pp.152-153
[2] Ibidem p.154. Cita las memorias de Gil Robles, que comenta que “se levantó una oleada de bulos en toda Europa”
[3] Ibidem p.157
[4] Ibidem p. 165-166
[5] SAINZ RODRÍGUEZ (1981) pp.259-260

