3.2. El inicio del exilio. Los primeros pasos.
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
3.2. El inicio del exilio. Los primeros pasos.
Del momento inicial del exilio proviene una ruptura en la imagen pública del Rey. Frente a la presentación de un monarca joven (tiene 44 años), moderno, activo, deportista, algo frívolo, campechano y simpático, asistimos a una transformación radical en un personaje trágico y solemne, castigado por el destino, sumido en un inquebrantable sufrimiento, triste y doloso, envejecido prematuramente por los avatares, bombardeado por las desgracias familiares y el abandono o la traición de sus partidarios, vilipendiado y arruinado. Para sus partidarios la causa sería un mal “de carácter moral: la convicción creciente de su impotencia para poner en pie la España que amaba apasionadamente”[1]. Por el contrario, la prensa republicana levantó desde el principio el velo que cubría la información sobre la casa real y comenzó a hacer publicas enfermedades, desavenencias y mil y un cotilleos al respecto, dando la imagen de un rey exiliado playboy, derrochador, conspirador, autoritario, hipócrita, corrupto, ridículo y sinvergüenza.
La realidad parece mostrarnos la conversión de Alfonso XIII en un personaje depresivo, pasivo y desorientado, que intentó durante sus últimos años mantener una dignidad y un papel político decisorio que ya no conservaba. Se comportó en numerosas ocasiones caprichosa, egoísta y altaneramente, tanto con su entorno familiar como con sus propios partidarios. Colocó al frente de todos sus objetivos la reparación de la injusticia que se le ha hecho, estableciendo un tono de queja constante, y personalizando en el respaldo a su figura la lealtad de los monárquicos. Sobre todo durante los primeros años del exilio, se convirtió en un turista irredento, con continuos viajes de placer, cacerías o visitas culturales, descuidando sus contactos o las estrategias políticas.
Pero del mismo modo, públicamente, hasta el inicio de la Guerra Civil, también se mostró conciliador, responsable y desinteresado. Si en conversaciones privadas encontramos múltiples muestras de esa locuacidad irresponsable que le achacan muchos de sus biógrafos, en público mantuvo una constante inclinación por presentarse como el monarca que siempre quiso ser, por encima de los partidismos, preocupado por la realidad de su pueblo, su prosperidad y su convivencia pacífica, si bien a la vez tendió a desacreditar constantemente el régimen republicano y a los partidos de izquierda, presentándolos como extremistas y revolucionarios. Además, durante el periodo republicano, no tuvo problemas en mantener comunicación con todo aquel que quiera acercársele (que solo provendrán del espectro de la derecha política), desde los tradicionalistas a los accidentalistas, manteniendo el borboneo habitual, donde intentaba dejar abiertas sus opciones, agradando el oído del que le escucha, y en muchas ocasiones enfureciendo a unos y otros que se sienten traicionados. Alfonso XIII se consideró hasta su muerte el Rey, una figura superior a la realidad política e imbuida del derecho y la capacidad de decidir en cada momento lo que mejor conviene, a su dinastía y a la nación, sin tener que someterse a los dictados de nadie.
Durante los primeros días del exilio, la familia real se congregó en París, siendo visitados por numerosos partidarios, con muestras de adhesión e incluso cierta expectación y buen recibimiento hacia el monarca en los lugares que visitaba[2]. Junto a ellos se habían exiliado cortesanos de su círculo más cercano y algunos personajes monárquicos como De la Cierva, Cambó o Calvo Sotelo, pero la gran mayoría de la clase política dinástica o bien había abandonado la causa monárquica, como reflejan los ejemplos de Santiago Alba o Sánchez Guerra, o simplemente se había retirado de la vida pública como García Prieto. Como afirma González Cuevas: “tras el cambio de régimen, los partidos dinásticos y los demás grupúsculos que desde la caída de la Dictadura habían intentado reconstruir las fuerzas monárquicas desaparecieron por completo” [3].
Pronto comenzaron las giras turísticas del exrey, quien ya a principios de mayo concedió en Londres una entrevista al director de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena. En este momento desarrolló una postura que mantendrá en el futuro, mostrándose conciliador y generoso: el Gobierno republicano era el gobierno de España, solo el sufragio y la voluntad popular decidirían una futura vuelta de la monarquía, “los monárquicos que quieran seguir mis indicaciones deben, no solo abstenerse de obstaculizar al Gobierno, sino apoyarle en cuanto sea patriótico” [4], Por encima de la monarquía o la república estaba España. “No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar”. Eso sí, no podía oponerse a que estos monárquicos se organizaran en “comité central, una junta o como quiera llamársele, con fines electorales”. Remarcó de nuevo que no había abdicado ni haría cesión alguna en sus derechos dinásticos, que pudo haberse equivocado alguna vez, pero siempre cegado por su amor a España, haciendo el mayor sacrificio de su vida, así como que su salida de España fue buscando no derramar sangre. No reprocha nada a nadie, no tenía odio ni animadversión.
[1] SECO SERRANO (2003) p. 26
[2] Es en estos días cuando se entrevista también con el Gran Duque Alejandro de Rusia, quien publicará al año siguiente un libro sobre monarcas exiliados que contiene declaraciones de Alfonso XIII, Twilight of royalty, R. Long & R.R. Simith. New York. 1932. Son las primeras confidencias que encontramos respecto a su reinado y situación. Cortés Cavanillas las reproducirá casi íntegramente en su libro.
[3] GONZÁLEZ CUEVAS (2000) p. 294
[4] Entrevista con D. Alfonso XIII, en Londres. ABC. 5 mayo 1931. pp.26-27

