3.7. El inicio del exilio. La monarquía según Alfonso XIII
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
3.7. El inicio del exilio. La monarquía según Alfonso XIII
Todo hace suponer que la caída de la monarquía supuso una gran sorpresa y conmoción para los monárquicos españoles. Alfonso XIII vio cumplidos sus peores temores de que una revolución se llevara por delante su corona, de la misma forma que tras el fin de la Gran Guerra había sucedido con monarquías tan consolidadas como la alemana, la rusa o la austrohúngara.
Si queremos hacernos una idea de la concepción que Alfonso XIII tenía sobre su labor y el sistema político español, podemos acercarnos a sus propias declaraciones. Las principales durante el exilio fueron las recogidas en los primeros días por el Gran Duque Alejandro, la entrevista que en julio de 1934 le realiza Carretero Novillo y las confidencias que Cortés Cavanillas publicará en la década de los cincuenta. De todas ellas deducimos que Alfonso XIII creía que fue un monarca perfectamente constitucional, y precisamente por ello había fracasado su reinado. El problema de fondo residió en la propia configuración del sistema, en una constitución anticuada que imposibilitaba su capacidad a la hora de actuar. Su gran inconveniente había sido no tener los instrumentos necesarios para poder intervenir más en los procesos políticos y de esta forma erradicar los intereses partidistas y solucionar los problemas sociales del país. Reconoció que abandonó la constitución en 1923, pero con el beneplácito de todo el mundo y con el objetivo de salvar a España de derivas revolucionarias, y garantizar su progreso y paz social. Se consideraba un Rey liberal (que no demócrata en el sentido que podemos interpretar hoy en día), no tuvo ningún problema en gobernar con unos y otros, en aceptar cualquier tipo de programa, no era partidista. Pero sus palabras reflejaban una visión personal de la sociedad española y sus élites políticas como inmaduras e inestables, que necesitaban esa autoridad por encima del propio Estado que podría permitir reconducir las crisis. Su papel no podía limitarse a la triada de Bagehot (aconsejar, impulsar, advertir), sino que debería haber estado más cercano al poder moderador, en la interpretación más conservadora de la desarrollada originalmente por Constant[1].
[1] LARIO (1999) pp. 47. Poder moderador como “cuarto poder, […] el nombramiento libre de los ministros, el de disolver las Cortes, la sanción y el indulto”. Esta “posición de Poder independiente, autónomo producía también el temor de que se convirtiera de hecho en un poder superior e incontrolado; ya no necesitaría la firma de los ministros, que pertenecían a un Poder distinto”

