9. Conclusiones.
POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)
9. Conclusiones.
En la Introducción proponíamos como objetivo resumir y analizar la actuación de la familia real, y la dimensión del entorno monárquico, entre 1931 y 1945, basándonos principalmente en la bibliografía, sus documentos y declaraciones públicas. Del desarrollo realizado podemos extraer cuatro grupos de conclusiones.
El primer grupo vendría protagonizado por la dimensión del conjunto de los monárquicos durante el periodo. Sí partimos de los apoyos que habían mantenido el sistema político monárquico de la Restauración durante décadas, la nueva constelación de los monárquicos nos parece muy escasa, enormemente aristocrática y profundamente conservadora. El apoyo de las élites y la clase política dinástica desapareció en el momento en que Alfonso XIII tomó el camino del exilio. Los soportes monárquicos provinieron de una pequeña aristocracia cortesana incondicional a la familia real, pero sobre todo de un conjunto de jóvenes muy ideologizados, aristócratas también o de clases muy altas, que además confrontaban directamente con la propia experiencia histórica de la monarquía o incluso con los intereses de Alfonso XIII. Más que una defensa de la familia real o del sistema anterior, utilizaron la monarquía como bandera de enganche para proyectar un programa antidemocrático y antisistema. Todos estos jóvenes procedían ideológicamente del primorriverismo y se concentraban en torno a Acción Española, siendo Calvo Sotelo, exministro de la dictadura y convertido en figura de primer nivel por la Comisión de Responsabilidades republicana, quien consiguió estructurarlos políticamente.
El exrey por su parte, prefirió delegar su representación en esa aristocracia cortesana o en personajes de probada lealtad a su figura, de los que Goicoechea fue el mayor ejemplo. Goicoechea no había sido un político de primera línea durante su reinado, pero probablemente se convirtió en el elegido ante el abandono y las reticencias hacia el monarca del resto de figuras dinásticas. Por primera vez se configuró el alfonsismo de forma partidaria, lejos de la superioridad por encima de las divisiones de los partidos que hasta entonces había enarbolado la monarquía, si bien tampoco consiguió estructurar una verdadera fuerza política, sino más bien un grupo de presión para la defensa de sus intereses. Esto mismo nos lleva a otra conclusión: ni Alfonso XIII ni su hijo Juan pudieron elegir o estructurar sus apoyos, sino que tuvieron que aceptar sin más los existentes. No creemos que la configuración de los monárquicos fuera la deseada por el exrey, más bien tuvo que lidiar con todos los que se ofrecieron. De ahí su posición ante los accidentalistas de la CEDA, manteniendo siempre las líneas abiertas en contradicción con sus propios partidarios. El exrey actuó conforme al modo operandi durante su reinado, intentando situarse por encima de las luchas partidistas pese a que la realidad le imponía la creación de un partido propio. La animosidad republicana hacia la monarquía y el carácter elitista y extremo de estos alfonsinos llevaron a sus continuos fracasos electorales, no configurándose nunca como una alternativa o un verdadero grupo de masas en la España de la época.
Posteriormente se unieron a las filas monárquicas algunas figuras militares, pero siempre de forma individual y también utilizando la institución monárquica más como una base de anclaje para sus intereses que con verdaderas y claras intenciones restauradoras. El descontento militar ante las reformas republicanas fue trascendental para esta coalición. Sanjurjo es el principal ejemplo de los primeros años, Kindelán de los últimos. Cuando estalle la guerra, la identificación será absoluta entre los alfonsinos y el bando nacional, pasando la mayoría de los monárquicos a trabajar directamente a las órdenes de la junta militar y quedando Alfonso XIII de nuevo aislado, con el apoyo tan solo de esa pequeña aristocracia cortesana. De la misma forma, los monárquicos se integraron perfectamente en el nuevo régimen, siendo el grupo diferenciado que menos impedimentos puso a la formación del Movimiento Nacional.
Juan de Borbón no tuvo más remedio que rodearse precisamente de aquellos elementos procedentes de AE, y aunque en comunión con el régimen, enfrentados al franquismo por discrepancias en su dirección. De nuevo no pudo elegir, sino que los apoyos le vienen dados. Vegas Latapié y Sainz Rodríguez son los ejemplos más claros. El pretendiente intentó reconstruir un partido propio, pero la gran mayoría de los monárquicos siguieron leales a Franco, pudiendo tan solo obtener pequeños gestos de las figuras más tradicionalmente unidas a la familia real, como es el caso de Alba o Luca de Tena. Solo consiguió una adhesión con rasgos diferentes, que será a partir de 1942 la de Gil Robles, el único que si pudo ofrecer una trayectoria y un programa diferente al que encontramos desde 1931 en torno a la familia real.
El segundo grupo de conclusiones vendría englobado en la posible identificación ideológica de la familia real. Alfonso XIII se nos presenta como un personaje conservador, con claras ideas contrarrevolucionarias y con una concepción del sistema político donde la preservación del orden establecido aparece como su clave de bóveda. Durante su exilio primó la defensa de su dignidad y sus derechos históricos. Pero al mismo tiempo era una figura desencantada, escéptica y desconfiada, lo suficientemente dúctil para poder actuar políticamente sin ataduras ideológicas. Fue AE quien otorgó esa cobertura ideológica a los monárquicos y a la propia familia real, con Ramiro de Maeztu convertido en el gran pensador que estableció una idea de la institución y del propio sistema político que no solo dotó de argumentario al régimen franquista, sino que proporcionó un sustento doctrinal estructurado y coherente con la tradición y esa ideología conservadora, asimilable a las corrientes más derechistas de la década de los años treinta. Si el exrey se dejaba querer por este entorno, la asimilación por parte del heredero fue completa.
Juan de Borbón solo comenzó a significarse a partir del inicio de la guerra. Tenía entonces 23 años y hasta 1945 solo tuvo contacto y formación en la doctrina y el círculo de AE. Además la exaltación que supuso la contienda y su propia situación en el exilio ayudaron a su completa identificación con esta ideología, cuya mayor realización fue el régimen franquista, de ahí que el heredero vio el mismo como natural y perfectamente asumible. Por el contrario, en el comportamiento de Alfonso XIII encontramos más una identificación estratégica: consideraba al régimen como la representación de los suyos, la solución inevitable a la labor que no pudo llevar a cabo. Más adelante, la oposición del pretendiente al régimen a partir de 1942 no nos aparece como el resultado de una revelación o una evolución en sus convicciones, sino como mero oportunismo estratégico al servicio de sus intereses personales.
La tercera conclusión es el cumplimiento de la hipótesis de la que partíamos: detrás de la actuación política de la familia real durante este periodo solo encontramos un interés dinástico, y a este objetivo supeditaron cualquier convicción ideológica, moral, familiar, partidaria o estratégica, improvisando constantemente según las circunstancias o los apoyos que pudieron encontrar, sin planificación alguna y en numerosas ocasiones de forma incoherente. Esta incoherencia denota (como indicaba anteriormente) cierta incapacidad para asumir su propio papel durante el exilio. Con el lanzamiento de Renovación Española, consecuencia de su aislamiento, se convirtió en una figura partidista, hecho incompatible con su función de monarca constitucional, por encima de líneas políticas específicas y de los mismos partidos. Alfonso XIII siguió asumiendo durante la República esta concepción de su figura y sus derechos, intentando mantener su posición superior a las luchas políticas, maniobrando sin remordimientos con unos y otros, aplicando su lógica interna respecto a como debería desarrollar su actuación, y primando por encima de cualquier compromiso la defensa de sus intereses. Este pragmatismo le hizo actuar de forma cicatera con sus partidarios e incluso con su propia familia. Tuvo un comportamiento soberbio y egoísta (sobre todo en los primeros años), con una concepción de la institución que parece reducirse a la defensa de su propia situación personal, sus intereses particulares o su dignidad y legado. A partir de la guerra, su escasa capacidad de acción le hizo acomodar este comportamiento hacia posicionamientos más idealistas y generales, pero manteniendo hasta el momento de su muerte las riendas de lo que consideraba sus derechos personales, indiscutibles e incompartibles.
Juan de Borbón se comportó de forma más generosa, tanto con su familia como con sus partidarios, pero también los intereses dinásticos planearon sobre todos sus actos. Más allá de sus constantes alusiones morales o ideológicas, tiene razón Anson cuando define su comportamiento como una simple lucha por el poder. Su cambio de posición y la ruptura momentánea con el franquismo solo se entiende como la oportunista utilización de un contexto internacional que pudiera ser favorable a sus intereses personales. Pese a sus llamadas a la reconciliación, ni el exrey ni su hijo tuvieron gesto alguno de acercamiento o contacto con político u organización diferente a las más cercanas a estas posiciones conservadoras.
Por último concluiríamos que el Manifiesto de Lausanne nos aparece por tanto como un intento más de alcanzar la ansiada restauración, pura estrategia política sin que detrás podamos denotar una verdadera convicción. Sus posteriores bandazos ideológicos y estratégicos nos confirmarían esta última conclusión. Pero a largo plazo, junto con el Manifiesto de Alfonso XIII de 1931, sirvió para consolidar una imagen de legitimidad democrática respecto al comportamiento de la familiar real durante el exilio. Frente a la elección de Juan Carlos I como heredero de Franco, y gracias a ambos documentos “don Juan […] podía aportar credenciales democráticas y antifranquistas de cierta antigüedad […] Ello impulsó a muchos a hacer suya una visión juanista de la transición, según la cual fue el padre del Rey quien inspiró el proceso democratizador, a distancia y por persona interpuesta.”[1]. Esta visión benevolente ha pasado a ser la oficial en la familia real española, como demuestra el mismo discurso de proclamación de Felipe VI en 2014: “Hace 40 años, desde esta misma tribuna, mi padre manifestó que quería ser Rey de todos los españoles. Y lo ha sido. Apeló a los valores defendidos por mi abuelo el Conde de Barcelona y nos convocó a un gran proyecto de concordia nacional que ha dado lugar a los mejores años de nuestra historia contemporánea.”[2]
[1] POWELL, C. “Un personaje complejo”. Madrid. El País, suplemento,1913.1993 don Juan, pág. 16. 2 abril 1993
[2] Discurso de proclamación del Rey Felipe VI. El Mundo. Madrid. 19 junio 2014. En https://www.elmundo.es/espana/2014/06/19/53a2b0e5ca4741f7548b4579.html

