Familia Real Española (1931-1945)

3.1. El inicio del exilio. El Manifiesto al País.

POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA (1931-1945)

3.1. El inicio del exilio. El Manifiesto al País.

El 17 de abril de 1931, ABC publicó en su portada el Manifiesto al País[1] de Alfonso XIII. Estamos ante un texto fundacional para el porvenir de la casa real española. Su acierto permitirá mantener una línea argumentativa que entroncará directamente la monarquía de la restauración con la actualmente vigente[2]. Nos presenta una idea de la monarquía española que se convertirá en canónica, siendo la fuente donde acaben bebiendo buena parte de los posicionamientos futuros, pese a los vaivenes de las siguientes décadas.

Es un texto muy breve que contiene cuatro grandes ideas fuerza. La primera fue el reconocimiento sin aditivos de la voluntad popular, España (la nación, la conciencia colectiva) es la única señora de sus destinos, considera que ha perdido su amor, por tanto se apartaba de ella. La segunda es la presentación de la monarquía en términos de imparcialidad política, servicio público y abnegación desinteresada. Su actuación solo se guio por patriotismo y sentido del deber, el interés general fue su único afán, siendo este sacrificio personal que nos ofrece su último acto de servicio. Cabría la posibilidad de que su figura pueda utilizarse como herramienta de confrontación, pero él era el Rey de todos los españoles, podría resistir, pero magnánimamente decide no convertirse en motivo de guerra civil entre compatriotas, él no está en la lucha partidaria. La Patria sabrá reconocer esta inmolación y perdonar si en algún momento se ha equivocado debido al exceso de celo. La tercera idea que nos presenta es la dinástica: era y seguirá siendo el depositario de unos derechos históricos, unas regias prerrogativas, un Poder Real, que suspende pero a los que no pensaba renunciar, pues al fin y al cabo la situación actual no sería definitiva. La cuarta y última es la colocación de la carga de la culpa de esta nueva crítica coyuntura. Al decirnos que espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, sutilmente presentimos que responsabilizaba a la estructura oligárquica y caciquil de su reinado, específicamente a su clase política y al régimen electoral. Él es también un español, y probablemente también había tenido problemas para identificar esa conciencia colectiva. Sí hasta entonces su interpretación del “país real”[3] (siempre con el único afán en el interés público) encaminó sus decisiones, ahora su conciencia personal, su interpretación de ese “país real”, le dice que debe apartarse.

El texto sigue la línea habitual en la que Alfonso XIII se manifestó durante gran parte de su reinado. Más allá de los discursos públicos donde presentaba una imagen de la monarquía y de su propio papel de forma más providencial o retórica[4], la realidad es que el monarca se mostró continuamente en términos muy parecidos al Manifiesto[5]. Habitualmente se señalaba como el máximo servidor de la patria, interprete y garante continuo de la voluntad popular[6] frente a la incapacidad y el partidismo de la clase política o el propio sistema constitucional[7], incapaz de imponer su criterio regeneracionista siguiendo los deseos de lo que consideraba el interés y la opinión pública. Incluso durante su reinado se refieren numerosos episodios donde el monarca anunció o amenazó con su abdicación, al interpretar que la correlación de fuerzas no le era favorable. Su propia salida en 1931 será la última de estas ocasiones. Así que la única diferencia que encontramos en el Manifiesto frente a su anterior modus operandi sería la ausencia de otros artificios retóricos habituales en sus manifestaciones, relacionados con su papel y su idea de cómo sería la propia configuración de España. Esta limpieza será la que otorgue esa capacidad atemporal al texto, permitiendo su trascendencia. Durante su travesía a Marsella la madrugada del 15 de abril, redactó otros dos manifiestos, al Ejército y a la Marina. Pero estos se basaban en esta habitual retórica patriótica, no teniendo trascendencia alguna[8].

Ante la disyuntiva de si estamos frente a un ejemplo de calculada retórica o de genuina introspección, debemos reconocer que en la propia voluntad real pudiera existir la convicción de la veracidad de sus términos. Pero una cosa es tener una convicción y otra muy distinta como podamos juzgar estos hechos. Porque no parece veraz que las elecciones del día 12 le revelaran claramente la situación a la que se enfrentaba. En ese momento estaba enfrentado con la mayoría de la opinión pública, buena parte de las élites e incluso con parte de la propia clase política dinástica. Desde la caída de la Dictadura, durante la que conscientemente ha actuado de forma antagónica a los términos de su Manifiesto (si bien en interpretación de lo que considera el país real), maniobró incesantemente, de forma incoherente y sin ningún tipo de planificación, para mantener el trono y reconducir la situación hacia cualquier solución posible, por contradictorias que estas fueran. Le llegó a ofrecer la Presidencia del Consejo a figuras como Cambó, Alba, Sánchez Guerra o al mismísimo Melquiades Álvarez, y en la mayoría de estas ocasiones los intentos se malograron por su intención de seguir ejerciendo sus prerrogativas regias, sobre todo en los nombramientos que deberían ocupar ciertos ministerios, a lo que se negaron todos ellos[9]. La narración que los testigos nos ofrecen de las últimas horas nos presenta a un personaje abandonado, al que se obliga a exiliarse de forma inmediata y sin remisión posible, no a un patriota sacrificado, generoso y altruista que años después seguirá declarando “creí entonces que yo era un estorbo para la paz de mi pueblo y a él se lo sacrifiqué todo”[10]. Incluso algunos autores, como González Calleja, nos señalan que “nunca descartó la alternativa de la resistencia a ultranza, substanciada en la proclamación del Estado de Guerra”[11]. Pero el discurso oficial dinástico mantendrá esta argumentación basada en el sacrificio personal y la retirada voluntaria, pacífica y democrática, frente a una situación concreta y de dudosa decantación, buscando la estabilidad y la paz entre españoles. Quizá fuera más correcto argumentar que Alfonso XIII fue expulsado tras aglutinarse una coalición mayoritaria de la más diversa procedencia e intereses, que le culpabilizó personalmente de buena parte de los errores cometidos durante su reinado, y sobre todo consideraban a su persona y a la institución que encarnaba como un elemento disruptivo, irreformable y hostil a cualquier solución a los problemas políticos y sociales del país. Todo ello tras perder unas elecciones convertidas en plebiscitarias, donde las candidaturas contrarias a la monarquía ganaron ampliamente en todos aquellos distritos donde el voto podía considerarse más libre, ajenos a la reconocida manipulación del voto caciquil.

En todo caso, más allá de algunas declaraciones públicas con contenido político, este Manifiesto fue su única proclamación pública hasta 1941, momento de su abdicación. Emitió numerosos telegramas o cartas de agradecimiento o reconocimiento, pero de carácter privado (pese a ser publicados en ocasiones) y sin mayor trascendencia.

[1] Al País. ABC Madrid. 17 abril 1931. Portada.

[2] Ya lo intuía Luca de Tena en 1956 “Gracias a la abnegada actitud tomada el 14 de abril por el Rey de España, la Monarquía secular seguiría siendo una solución natural e histórica” en CORTÉS CAVANILLAS (1956) Prólogo p.XIV

[3] Expresión que Seco Serrano nos dice utilizaba para referirse a la opinión pública y la sociedad española.

[4] Quizá el ejemplo más extremo será su discurso ante Pio XI durante el viaje a Italia de 1923, que llegó a provocar algún incidente diplomático con repúblicas latinoamericanas. La mejor compilación de sus discursos la realizó José Gutiérrez Ravé en Habla el Rey. Discursos de Don Alfonso XIII. Industrias Graficas S.L. Madrid. 1955

[5] Especialmente tras el fin de la IGM, cuando protagonizará varios discursos o declaraciones discordantes con la línea oficial de sus propios gobiernos.

[6] Lario nos indica como en la concepción del poder moderador del Rey en el régimen restaurador, la posición constitucional de la Monarquía, por encima de las luchas políticas e inamovible podrían “reflejar mejor que nadie el interés general y con él el verdadero sentido de la opinión pública, que no estaba correctamente representada en las Cortes” LARIO (1999) p. 60

[7] En 1934, en conversación con Carretero Novillo declarará “tuve que aceptar los hechos consumados, que tienen una fuerza enorme. Pero de esto a que se suponga que a mí me satisfacían el espíritu y la letra de la Constitución que me dieron hay un abismo” CARRETERO NOVILLO (1934) pp. 62-63

[8] PLATÓN (1998) p. 250. El libro de Platón es, dentro de la última bibliografía, el más extenso a la hora de detallar los últimos años de Alfonso XIII. Es un libro periodístico, conservador, crítico con la República y más benévolo con Alfonso XIII. Pero sin lugar a duda es el que mejor refleja las fuentes de cada una de sus afirmaciones, reproduciendo ampliamente tanto detalles de las mismas como la documentación de la época. Por esta razón será la guia que utilicemos profusamente mientras nos refiramos al periodo que llega hasta la muerte del Rey en 1941, sobre todo a la hora de reproducir los textos de cada fuente.

[9] MARTORELL LINARES en “El Rey en su desconcierto. Alfonso XIII, los viejos políticos y el ocaso de la monarquía” en Moreno Luzón (2003) p. 394-397. Nos cuenta como tras la caída del gobierno Berenguer, le ofrecerá la presidencia del consejo a estos cuatro políticos, imponiéndoles en todos los casos ministerios específicos y vetos en otros. Por esta razón, todos ellos fueron desestimando la oferta: “No obstante [Alfonso XIII] amplió sus exigencias al extender su veto al general Goded, ministro de la Guerra constitucionalista in pectore. ‘¡Con este nombre es imposible hacer nada!’, rezongó Melquiades [Álvarez] al salir de palacio, ya rechazada la oferta”

[10] CARRETERO NOVILLO (1934) pp. 87-91. Aun así, en estas mismas páginas le matizará a Carretero Novillo su salida, reconociendo en cierto modo que le obligaron, que no pudo resistir. “La autoridad de un rey, para sostenerse, ha de contar con estas bases, o, por lo menos, con algunas de ellas: el pueblo, la fuerza armada o, en último recurso, con el apoyo de los partidos políticos”. El pueblo le habría dado la espalda, deslumbrado por la novedad y con alegría inconsciente, con un instinto de rebeldía. De los políticos se había rendido hasta su Presidente del Consejo: “sin palabras me decían que yo era el estorbo, el motivo único de sus miedos”, desertaba hasta la nobleza y buena parte de los militares. No le dieron ni “unas horas más para el viaje”. Se amenazó directamente la vida de su familia y “decidí salir de mi Patria por evitar que, a causa de mi persona y por defender mis intereses, se derramara sangre de mis hermanos”.

[11] GONZÁLEZ CALLEJA en “El exrey” pp.405-406. Lo primero que habría hecho al llegar a Cartagena a las cuatro de la mañana es preguntar si se había proclamado el Estado de Guerra en Madrid.